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Villarreal, el líder espiritual del ascenso de Talleres

Fue el jugador más joven de aquella final del ‘98 con Belgrano. Volvió a la “T” cuando ya pensaba en el retiro e hizo doblete.

No le importó ser el más chico de todos, en el partido más grande de la historia del fútbol cordobés. Pidió patear el quinto penal y Ricardo Gareca, el DT que tiempo atrás lo había puesto en primera, volvió a confiar en él.

La secuencia de aciertos y yerros terminaría dándole a su tiro un carácter definitorio ese 5 de julio de 1998 en el Chateau. El acierto prolongaría la ilusión de Talleres; el error, sin más, le otorgaría el título a Belgrano.

De frente a la popular norte, Javier Villarreal quedó mano a mano con el destino de aquella final por el ascenso, cara a cara con el arquero rival. Justo él, que en sus épocas de baby fútbol jugaba a ser “el Mono” Navarro Montoya cada vez que se le daba por desobedecer el mandato paterno de Julio Héctor, que lo hizo “número 5” y lo dirigió en Chacarita de Alta Gracia.

Aquel primer gol de “Villa” con la camiseta albiazul le dio pasó al “punta y hacha” decisivo: el remate de Cristian Binetti en el travesaño y la posterior conversión de Roberto Luis Oste. Aquella primera gran alegría en el fútbol le llegó a los 19 años, con 42 partidos “en el lomo” y encaminado hacia el Mundial Sub 20 que sería en Nigeria un año después.

El segundo esplendor de la “T”, que comenzó con la llamada “Final del Siglo 20” y el consecuente regreso a Primera División y que tuvo su “pico” con la obtención de la Copa Conmebol ‘99, lo encontró lejos –primero en el sentimiento (Belgrano) y luego en la distancia (Córdoba de España)– de barrio Jardín.

Después volvería la época de cosecha, ya con la camiseta de Boca Juniors, entre 2001 y 2004: un campeonato local, dos copas Libertadores y una Intercontinental, en el esplendor de Carlos Bianchi como entrenador.

Volver, con la frente alta

El paso por el club de la Ribera representó un punto de inflexión para Javier Villarreal, tanto para su carrera futbolística como en su vida personal. El propio mediocampista reconoce que hubo un antes y un después, un “clic”, en 2003.

“A través de un amigo, Fernando López, me acerqué a la iglesia evangélica y conocí a Dios. Empecé a leer La Biblia y entendí muchas cosas, y sobre todo encontré paz en mi corazón”, cuenta el jugador que en 2012 volvió a Talleres tras un nuevo desafío.

Cuando empezaba a delinear su futuro como DT (ya tiene una oferta de Paraguay para trabajar en inferiores), “Villa” decidió agregar el último folio a su legajo de jugador. Más allá de las dudas, propias y ajenas. Y resultó otra página dorada para una carrera que también lo hizo transitar por Grashoppers de Suiza, Colón, Racing, Banfield y los paraguayos Libertad, Cerro Porteño y Nacional.

“Este ascenso es un regalo para ellos”, afirma señalando a su esposa Natalia (“Es fanática de Talleres”, cuenta) y sus cuatro hijos: Lautaro (13 años, delantero de la novena albiazul), Alejo (10), Victoria (9) y Emanuel (6). ¿El futuro? “Aún no lo tengo resuelto”, asegura.

Tiempo de barajar y dar de nuevo para Javier Villarreal. Aunque ya tenga una carta en la manga: los lunes, de 7 a 9, despunta como comentarista de fútbol en la FM 102.1, la radio de la iglesia “Comprometido con Jesús” de barrio Empalme.

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