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Chapeaux para la Chechu

La popular conductora y empresaria contó detalles de su vida en una nota con El Diario de Tandil

Docente en varios rubros, artista, periodista, modelo, conductora, empresaria y un largo etcétera. Cecilia Corán nos contó su una vida signada por el trabajo y la familia. "Chechu" es nuestro Personaje de la Semana.

Martes, cerca de las tres de la tarde, horario extraño para entrar en un restó como Chapeaux. Pero es difícil encontrar otro rato para sentarse a charlar con Cecilia Corán, no porque ella no quiera, la enorme cantidad de actividades que lleva a cabo le rebalsan de la agenda. Porque hay que decirlo, Cecilia es, ante todo, una laburante. Pero empecemos desde el principio…

Aunque ya es todo un personaje tandilense, Chechu es ayacuchense y a mucha honra. En la vecina localidad estudió "todo lo que había para estudiar, menos deporte lo hacía todo". Desde chiquita el curriculum se fue llenando. Profesorado de música, de francés, estudios en dibujo, literatura, expresión corporal, desfiles, teatro y hacía locución con el papá que era sonidista. El crecer entre bafles y equipos en eventos, la fue soltando desde temprano. "Papá iba a hacer carreras de karting y yo hacía la locución. La primera vez que incursioné fue a los ocho años, papá tenía un sistema de bocinas en todo el centro, se pasaba música y tenía mi espacio, me encantaba", nos va contando, sentada en una de las mesas del coquetó local de avenida Alvear.

A los 21 se casó con un tandilense y cuando Sofía, su primera hija, tenía un año y medio se vinieron a Tandil. "No conocía a nadie, pero cuando las cosas se tienen que dar, se dan. Ese día me salió la titularidad en un cargo como docente, y a los días en otra escuela", repasa. Así, dio clases en todos los niveles, pasando por ejemplo por el Colegio Manantiales, el Jardín de la Sonrisa (Colegio de la Sierra) y en los jardines 904 y 911 (en este último tuvo de alumno nada menso que a Juan Martín Del Potro).

Fue borrón y cuenta nueva. Más allá del background que tenía, acá por el momento era una ilustre desconocida. Formó un grupo teatral y empezó a hacer obras para chicos. Se arriesgó, alquiló El Cielito y lo explotó. Asomaba la Cecilia conductora infantil.

"Nos llamaron del canal y nos hicieron presentar un proyecto. Pero claro, no teníamos ni plata, ni estudio donde grabar. Empezamos grabando en Piruetas, donde ahora está la Afip. Era una hora semanal de programa pero trabajábamos todos los días. Pero no ganábamos un peso, la consigna era no perder. Chiquirrisas fue un boom, hasta me cambiaron el apodo, pasé a ser La Chiqui. Fue maravilloso", relata. Así aparecieron personajes como Chaplin, la gitana, los tres mosqueteros o la paisana con el Rudesindo; y hasta sacó cds con sus temas. Un fenómeno.

"Un día, alguien del canal sin que nosotros supiéramos, mandó el material al Martín Fierro. Cuando vino la nominación, casi me descompongo, no lo podía creer, era impensado en esa época", dice sobre la primera vez que los postularon al premio más grande de la tele del interior, cuando le ganaron a otros programas que, comparando el nivel de producción, eran unos monstruos. Y en total acumula hasta el momento siete nominaciones, ganando tres como mejor conducción femenina y mejor programa infantil.

En el 2000, otro giro importante, le ofrecen la co-conducción del noticiero. "Ya me habían dicho años atrás pero no pude. Pero la vida siempre da una segunda oportunidad. Fue toda una revolución para mí", afirma. Sin ser periodista, desacartonó la noticia, cambió la dinámica a la que los noticieros locales nos tenían acostumbrados.

Pegadito a eso, arrancó el magazine La Ciudad, que hasta el día de hoy continúa imponiéndose en los mediodías tandileros. "Son 16 años que no almuerzo en mi casa", dice y ríe. Confiesa que ese formato "le pega más", y agrega que "fue toda una revolución para la televisión tandilense. Se propuso hacer todas las notas en vivo, eso le dio un cambio, otro aire. La repercusión es tremenda".

Ceci tuvo que reinventarse como periodista y revela que "es difícil encontrar un equilibrio, mantenerse tantos años, que la gente te respete. Pero la gente lo valora, siempre me pongo en lugar del otro. Cada vez que voy a hacer una nota, pienso que esa persona fue a la peluquería, se buscó que ropa ponerse, quien la maquillaba, le avisó a toda la familia, están nerviosos. Ahí tenemos que estar nosotros, aunque sean tres minutos, tenes que hacer sentir a esa persona lo más cómoda posible para que lo pase bien".

Como toda rosa, tanta repercusión tiene sus espinas. Como le llegaron los elogios de tanta gente, las malas lenguas, esas que envidian lo linda e imponente que es, dijeron de todo. Se abre y nos cuenta que eso "me dolía mucho. Por tener cierta belleza, todo me cuesta el doble: tengo que romper el prejuicio, que me conozcan más allá de si les gusta mi cara o no. Nací así, en un momento me di cuenta que no tenía que sentir culpa. Parece muy frívolo, pero uno termina dándose cuenta que no tiene la culpa. Me encanta arreglarme, verme bien, toda la vida fui igual, desde chica siempre fui perfeccionista con todo, y también lo soy con mi imagen. Esto no me pasaba en Ayacucho, porque vieron toda mi historia. Acá la gente creía que surgí de golpe. Soy así, dejé de preocuparme por lo que decían los demás y eso me relajó".

En todo el relato, en ningún momento deja de aparecer la familia. Como al principio nombró al papá como guía, hoy lo nombra a su marido, Marcelo Kabalin.

Dice que tras su anterior separación y antes de conocer a Marce, "estaba muy apagada, no podía explotar. Él es una persona muy libre de pensamiento, encontré mi alma gemela. Me banca, me apoya, me da aliento, como yo a él. Tenía la autoestima muy baja, aunque me decían que estaba bárbara, me sentía horrible. Sentirme libre fue lo que me dio el crecimiento. Voy a trabajar al Casino haciendo el Café Concert, está mi marido ahí y no pasa nada. Llegar a esos puntos con una pareja, es maravilloso".

Así, lejos de las cámaras, encararon el proyecto de Chapeaux juntos, que desde hace tres años es una realidad, ya en sus dos versiones: el restó, en Alvear al 500, y el multiespacio en frente, en el ex Yamó. En tren de confesiones, dice que "cada emprendimiento me dio mucho miedo. Hoy ya estoy fogueada, pero me daban temor porque no tenemos red. Pero nos pasó algo maravilloso, cuando compramos este terreno con un crédito que saqué estando de docente, que era la plata justita, empezamos a proyectar, yo quería hacer el salón de eventos Chiquirrisas acá, pero vimos que pasaban tantos autos que Marcelo quiso abrir un restó. Como siempre llegamos a ponernos de acuerdo, hicimos las dos cosas".

"Trabajamos con libertad, con mucho amor, con ganas, estamos toda la familia juntos, Paulita (su segunda hija) da una mano, Gonzalo (el tercero) pasa música", cuenta con una sonrisa de oreja a oreja. El amor, en muchas formas, y lo espiritual, son cosas que mencionó repetidamente: "Para levantar esto, nos quedamos sin plata. Mucha gente nos ayudó, diciendo que en algún momento hice algo por ellos y ni me acordaba? todo vuelve. El día de la inauguración dijimos que íbamos a devolver todo lo que la gente nos dio. Hicimos dos años de jueves de cenas gratis, para que quien no se animaba a venir, venga, que se pague la gaseosa y yo les regalo el plato de comida. Eso fue maravilloso, ojalá algún día lo pueda volver a hacer".

"Es tanto el amor. Me acaba de llegar un mensaje por el cumple de 80 del domingo pasado, lo leí y terminé llorando, eso no tiene precio. Si bien esto es un negocio, me ayuda mucho la otra parte, la espiritual. Estar con esa personita especial que viene a festejar, muchos chicos con discapacidad que los papás no pueden o en otros lugares les dicen que no, acá siempre se puede todo. Les hacemos que tengan un día especial, y eso te llena el alma", dice y los ojazos celestes inevitablemente se le humedecen.

Cuando termina con todo (TODO con mayúsculas) lo que hace, dice que "cocinamos rico, una noche cada uno con Marce, y brindamos por cada día de la vida. Marcelo hace poco tuvo un accidente, que no le pasó nada gracias a Dios, pero fue un sacudón". Por su parte, ella también sabe de golpes duros y de salir firmemente adelante: "Cuando me separé me estalló un cáncer de piel. Empecé tratamientos, muchas operaciones. Cada lesión que me sacaba no sabía como me iba a quedar la cara. Me hice dos tratamientos con láser muy fuertes, estuve 40 días internada a oscuras. Tuve que hacer un laburo de cabeza muy importante".

A pesar de la emoción y lo lindo de la charla, hay que ir cerrando porque hay que sacar las fotos y se tiene que ir, una vez más, casi corriendo a hacer otra de las mil cosas que hace. "A veces, cuando estoy cansada, mi marido me dice que deje algo. Pero no quiero dejar nada, amo todo lo que hago y ojalá lo pueda seguir haciendo por muchos años más", dice y empieza a posar para la cámara.

En la charla, obviamente no podía dejar de mencionar a su hija mayor (La hermosa Sofía Macaggi, por si alguno de los lectores no sabe). Dice que cada vez que la ve en la tele o donde sea, "siento orgullo. Ella allá es hija de nadie, le pasó lo mismo que a mí acá, pero mucho más difícil y se abrió camino sola. Tiene muy claro todo lo que quiere y lo que no quiere, puso muchos límites. La respetan y quieren mucho en el medio. Me da orgullo, no por la fama, sino por su laburo, por no bajar los brazos. Lo mismo que Paula, mi otra hija, que se acaba de recibir de psicóloga y ya está trabajando. Todo ese esfuerzo y ese camino lo hicieron solas, una puede acompañar, pero si ellas no ponen la garra?"

Docente en varios rubros, actriz, música, periodista, modelo, conductora, empresaria y un largo etcétera. Queda preguntarle que le falta hacer: "¿Sabés con que sueño?, quiero hacer un show musical, que ya lo tengo en la cabeza pero no tengo tiempo. Quiero que sea con bailarines, humoristas, con un buen vestuario, llevar una gran revista al teatro. Ya hablé con mucha gente que me acompañaría, muchos convocados. Tengo que sentarme a escribirlo".

Y seguro que lo va a hacer.

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