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Dos serranos, de Bélgica a Sudáfrica

Manuel e Iñaki, dos primos tandilenses, unirán esos dos países en bicicleta. De Amberes a Ciudad del Cabo es el desafío y sueñan con completarlo

No sé si será algo en el agua, en el aire o alguna influencia de las sierras más antiguas del planeta. No sé si vendrá de los pueblos originarios que habitaron estas zonas o en la genética de las distintas comunidades provenientes de Europa que fueron poblando y formando a Tandil. Lo cierto es que pareciera que se fue construyendo en algunos tandilenses, con el correr del tiempo, una necesidad de épica, de hazaña humana. En esa lista se puede encontrar a Eduardo Olivero, uno de los pioneros de la aviación en Argentina, héroe de guerra italiano y primero en unir Buenos Aires y Nueva York en vuelo. A René Lavand, que conquistó al mundo creando ilusiones a una mano y en cámara lenta. O al actual Martín Rodríguez, el atleta solidario que está a punto de unir Ushuaia y La Quiaca a puro trote. Ahora, se engrosa la lista con Manuel e Iñaki, dos primos tandilenses, que están pedaleando de Amberes, en Bélgica, a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.

Hay momentos en la vida en que se hace un click. Algo dentro de uno se mueve, cambia, se quiebra. Algunos le prestan más atención a esos movimientos internos. Otros los dejan pasar. Pero lo cierto es que no volvemos a ser los mismos después de aquél quebrarse profundo de nuestro ser. Algo así les ocurrió a dos primos nacidos en Tandil. Ambos estaban disconformes con la vida que llevaban. Uno, Iñaki Rossi (27 años) -que había estudiado psicopedagogía en el ISER- llamó en agosto del año pasado a su primo, Manuel Fernández Rosso (29 años), que estaba en New York desempeñándose como arquitecto. “La vida superficial de aquella sociedad no me llenaba” dirá Manuel durante un chateo que mantuvimos. “Mi primo estaba en una especie de crisis parecida a la mía y un día me llamó diciéndome que dejaba todo para que nos lanzáramos al viaje de nuestras vidas”. Y le propuso la excusa perfecta para comenzar un viaje, una travesía, una hazaña. Unir a fuerza de pedaleo, Amberes con Sudáfrica, recorriendo la costa oeste del continente africano. Unos 18 mil kilómetros recorriendo más de 20 países, con un tiempo de duración aproximado de dos años. Bicicletas. Carpa. Y tratar de dormir y comer lo que se pueda.

Tantos kilómetros tiene el alma humana, que Manuel e Iñaki se lanzaron en esta recorrida, más para encontrarse a ellos mismos que a algo que esté por fuera de sus cuerpos. Y allí van. “Este viaje tiene una fuerza artística, dándole lugar a nuestras pasiones. La fotografía y la escritura para Iña y el dibujo para mí”, dice Manu.

Y utilizando estas artes es que van relatando su travesía en una web que denominaron dibujandoapedal.com.

Empezaron en invierno, juntándose en New York. Desde allí fueron en avión hasta Alaska para conocer “un lugar emblemático y buscado por todo mochilero: el autobus mágico donde murió el personaje Alex, de la película “Hacia rutas salvajes” (“Into the wild”, Sean Penn, EEUU, 2007)”. Allí estuvieron recorriendo en “modo mochilero” 3630 km de aquel Estado a lo largo de dos semanas. “Y de ahí tomamos un vuelo a Bélgica -yo estudié allá y además mi madre es belga, acotará Manu- porque tenía que hacer un trámite”.

“Iñaki me dijo: vamos a Bélgica, compramos dos bicicletas, pedaleamos hasta España y, si todo sale bien, atravesamos el continente africano por la costa oeste”. Cualquiera hubiese mirado a Iña y luego a cada uno de los lados, como para cerciorarse de que nadie escuchó semejante cosa. Pero Manu confiesa: “no le costó mucho convencerme”.

Salieron en febrero desde Amberes -en donde compraron las bicicletas y, no es casualidad que sea aquella la ciudad de nacimiento de sus abuelos- para llegar “al infinito y más allá”, que en este caso queda en Sudáfrica. Como clonando lo que habrán sentido sus antepasados al irse desde su Bélgica hacia “tierras desconocidas”.

“Un viaje así, en donde todo es completamente distinto, te inspira. Mezquitas, paisajes, fuertes, edificios, camellos, musulmanes. Cada lugar colabora de inspiración para el proyecto”, asegura Manu, apoyado en la tecnología de las redes para que se “escuche” su mensaje a través de un chateo. Como queriendo refutar que haya incompatibilidad entre los códigos binarios y los humanos.

“Ninguno de los dos conocíamos nada de África. Y pensamos: si no lo hacemos ahora, ¿cuándo? ¿a qué vamos a esperar? Nos pusimos en contacto con otros viajeros que habían hecho rutas parecidas y fuimos armando el camino. Aunque, la verdad, siempre se van cambiando un poco los planes”, continuará Manu. Pedaleante, no hay camino, se hace camino al andar, bien podría haber escrito Antonio Machado.

A pesar de no tener mucha experiencia en viajes en bicicleta y confesar que “sinceramente no estábamos para nada entrenados”, un día frío, después de comprar lo que necesitaban comenzaron a girar las ruedas en dirección a España. “No sabíamos si íbamos a llegar ni cómo sería el viaje. Lo único que teníamos era mucha motivación y ganas de conocer”.

En Europa fueron casi dos meses en los que pasaron por Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Holanda, Francia y España. En la localidad española de Salobreña (Andalucía), les hicieron un reportaje radial –que se puede escuchar desde el portal- en el que Manu dice, casi en clave de axioma, que para realizar el viaje “hay que sacrificar cosas, pero se gana siempre mucho más de lo que uno deja”.

Antes de cruzar a Marruecos -en ferry, desde Málaga a Melilla- la gente les advertía con pequeñas sutilezas como “se los van a comer los leones, hay muchas enfermedades, se están arriesgando demasiado”. Pero nada detendrá a nuestros protagonistas. Iña y Manu siguieron porque “quisimos viajar para tener nuestra propia interpretación del continente. Por ahora no nos pasó nada de eso. En cambio, encontramos mucha hospitalidad y generosidad en la gente que vamos conociendo”, contraponen.

En este punto me es imposible dejar de pensar en sus familiares. En sus madres, con esa mezcla de orgullo desesperado ante la audacia o la terquedad, según se lo mire. “Casi les agarra un infarto cuando les dijimos que nuestro destino era África”. Luego dirán que “ahora están un poco más tranquilas”, aunque tengo mis sospechas de la veracidad de esa última afirmación.

Claro que tomaron precauciones, como por ejemplo, vacunarse contra el cólera y el tifus. “Hay mucha desinformación. La gente cree que lo más peligroso son los leones, y en realidad son los mosquitos”, aseveraron pisando suelo africano.

Llevan ya dos meses en África. O tres mil kilómetros. Las medidas de tiempo –o de cualquier cosa- se basan en convenciones. Así que, habrá que ver cuál es la manera que más le cuadra a cada experiencia. Ahora se encuentran, desde hace unos diez días, cruzando el desierto. En El Aaiún (Laayoun, en francés), la ciudad más importante del Sahara Occidental. La República Árabe Saharaui Democrática la considera su capital, pero en la práctica se encuentra ocupada y administrada por Marruecos. No sé si en ese contexto los días o meses sirven de algo. Parece más acorde medir el tiempo en kilómetros, o en leguas, como se hacía antaño.

Allí están transitando el mes de purificación musulmana, llamado Ramadán, tiempo en el cual tienen prohibido comer o beber desde que sale el sol hasta que se esconde. Iñaki y Manu advierten que “tenemos que estar muy despiertos para acordarnos de comprar todo por la noche. Escondernos cuando comemos durante el día”. Cuentan que no hace mucho “nos vieron cocinar arroz atrás de un árbol y alguna gente vino muy ofendida a criticarnos. Fue ahí donde tomamos conciencia de que teníamos que ser más cuidadosos”, afirman desde el chat.

“Dibujando a pedal no es sólo conocer maravillosos paisajes, es mezclarse con su gente, sus modos de vivir, tratar de entender que les inquieta, cuáles son sus deseos, sus miedos, en qué creen. Lo hacemos en bicicleta porque no queremos perdernos de nada. Además nos hace sentir libres, nos da autonomía, nos abre a la gente”, se puede leer en el perfil de Facebook que abrieron al que llamaron, obviamente, “Dibujando a pedal”.

“En bicicleta uno ve las cosas más despacio. Los paisajes se van transformando a medida que uno avanza a fuerza de voluntad, y uno está mucho más expuesto a todo. Al frío, el calor, el viento”, escriben Iñaki y Manuel.

Por ejemplo, en Marruecos, en donde viven 26 millones de personas, les llamó la atención que “por la calle ves casi siempre hombres. El té verde es como el mate, y cuando alguien te saluda se toca el corazón en demostración de cariño. La mayoría de la gente habla por lo menos dos idiomas y cuando llegas a un pueblo se te acercan a preguntarte si necesitas algo. Un huésped es siempre bien recibido, incluso aunque se trate de una persona que apenas te conoce. Es común que te inviten a comer pero tenés que hacerlo con la mano derecha porque la izquierda es la mano impura. Ves a hombres agarrados de la mano, ya que es señal de amistad, y la familia es lo más importante”.

“Por ahora, los paisajes infinitos, el silencio del desierto tiene mucha magia, pero todavía nos quedan más de 17 países, y 16 mil km hasta llegar a nuestro objetivo: Sudáfrica”, enumeran.

Además ponderan a la bicicleta: “Nos dimos cuenta que te humaniza, te acerca a la gente. Ven tu sacrificio y te abren las puertas. La gente nos abrió las puertas en Alemania, Francia, España. Y en Marruecos, en algunos pueblos, las personas se peleaban para que fuéramos sus huéspedes”.

Un clásico de cualquier argentino por el mundo es que al instante la gente empiece a nombrar a Maradona y a Messi. Y el caso de Manu e Iñaki no es la excepción: “siempre nos nombran a Messi y a Maradona. Igual conocen muchos futbolistas en Marruecos. Nos han nombrado a Batistuta, a Caniggia, a Riquelme, a Saviola, a Di Stéfano”. Siempre que nombran Argentina, les hablan de fútbol. Siempre. Pero se sorprendieron con algunos marroquíes que sabían sobre la guerra de las Malvinas y les preguntaron sobre eso. “También nombran el tango y uno hasta puso uno de Gardel cuando fuimos a su casa”, relatan con asombro.

Después de un ratito de ver “manuel está escribiendo” en la base de la ventana de mi Facebook, el chateo me depara un “Aunque no lo podamos creer, cada vez escuchamos más gente que sabe de la existencia de Tandil. Por Del Potro. Y eso nos llena de orgullo. Que nuestra ciudad esté representada por una persona como él y que, gracias a él, nuestra querida ciudad sea conocida, nos pone muy contentos”, me escriben.

Los diez días que llevan por la ruta desértica los acostumbró a ver jeeps y turbantes. Además suman una imagen literaria: “Los camellos andan solos como las vacas, y es la completa desolación. Pero el paisaje infinito nos está conmoviendo”. Paisaje infinito dicen. Y me hace pensar que todos los paisajes podrían ser calificados de infinitos. Pero el desierto puede ser “más infinito”, si es que se me permite esa errónea construcción.

Estamos solos en el mundo. “Acompañadamente” solos. Y, sin embargo, “gracias a viajar en bicicleta la gente tiene más compasión de uno. Así es que nos quedamos, por ejemplo, a dormir en la casa de un electricista que contrabandeó algo de comida para nosotros. Hemos dormido en restaurantes, estaciones de servicio y hasta en una mezquita. Hay mucha generosidad. Nos invitan a comer a sus casas gratis, nos desea buena suerte. Estamos viendo con nuestros propios ojos la hospitalidad de este continente”.

Uno de los hilos conductores del viaje es la felicidad. La propia y la ajena. Por eso, se propusieron ir pidiéndole a la gente que se les va cruzando en esta travesía, “dibujar la felicidad”. El resultado se puede ir viendo en dibujandoapedal.com. Resulta interesante cómo, ante la misma consigna, cada uno de nosotros respondería de manera personalísima y, por supuesto, diferente.

Al igual que en una película, en la que nos identificamos con un personaje, esta historia invita a la empatía. Y, a la vez, nos enfrenta con nosotros mismos. “No postergar las cosas que uno desea hacer excusándose en otras cosas”, soltarán al aire en el pueblito español durante la entrevista radial. O, “si tenés ganas de hacer algo, hacelo. Tené confianza en vos y llevalo a cabo. Dale para adelante”. Frases que en mayor o menor medida, creo, tocan una cuerda interna en cada uno de nosotros. Son la piedrita que, por más ínfima que sea, cae al espejo de agua hasta ahora quieto y lo llena de mínimas vibraciones concéntricas. Algunos le prestan más atención a esos movimientos internos. Otros los seguirán dejando pasar.

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