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La obra de Lucio

Lucio Angeloni coordina «La Casita de la Unión», un espacio comunitario para contener a niños y jóvenes en la zona de Villa Aguirre.

Uno de sus ejemplos es el de “La Casita de la Unión”, un espacio comunitario y de referencia que coordina Lucio Angeloni de 33 años en el Paraje la Unión, una zona rural pasando Villa Aguirre. Este joven, nacido en Mar del Plata, y que vino a estudiar Ciencias de la Educación a Tandil, comparte y promueve este lugar de pertenencia y contención para muchos chicos y jóvenes que viven en el barrio. Todo comenzó hace 7 años, cuando llegó al lugar como profesor de Educación Física hasta llegar a ser coordinador junto a un equipo que busca cada día darles nuevas esperanzas y entereza a la pequeña comunidad de vecinos.
 
“La Casita de la Unión” ya existía hace muchos años atrás, nació como un comedor en tiempos convulsionados del 2002, donde la crisis económica obligaba a crear espacios de emergencia para darle de comer a muchos niños cuyos padres habían quedado desempleados y ya no podían afrontar el gasto de llevar un plato de comida a sus casas.
 
“Nace con una casa de madera, al padre Raúl Troncoso le habían donado estas tierras y funcionaba como un comedor”, explica Lucio, “luego con los años se construye un edificio más consolidado y se rompe con la lógica de dar de comer y se le agregan actividades lúdicas, recreativas, que tienen que ver con la población más pequeña del barrio, estamos con chicos de 5 a 17 años y también muchas veces con las familias”.
 
Gracias a una mejora en la situación económica, los años fueron pasando y el lugar dejó de ser un humilde comedor de madera a convertirse en una casa que alberga los sueños de muchos chicos y chicas. Como dice Lucio, “romper con la lógica de dar solamente de comer” fue un gran avance, ya que permitió empezar a utilizar el espacio para nuevas actividades y no quedarse sólo en la emergencia de servir platos de comida. Nuevos horizontes se abrieron y el lugar comenzó a tomar protagonismo para muchos vecinos que se acercaban para ver cómo podían participar de ese nuevo lugar de referencia en el barrio.
 
“Laburamos en el marco de una ley provincial que es de promoción y protección de los niños”, comenta Lucio entre mates y bizcochos, “son centros donde se trabaja en cuestiones más lúdicas, recreativas, durante el día, para que el pibe pueda estar en el lugar. Es el único espacio en este barrio, no hay una escuela, un centro de salud, solamente está “La Casita de la Unión”: es el lugar donde vienen los pibes, pasan los veranos y los inviernos”.
 
El lugar depende de la Asociación Civil “Pajaritos de la Calle”, un gran referente de la integración social de Tandil fundado por el padre Raúl Troncoso, y como lo explica Lucio, es un punto fundamental en esa zona cercana al Barrio San Cayetano y Villa Aguirre. Para muchos es un lugar donde reunirse con otros, compartir, jugar, ser escuchados, expresarse, aprender, buscar ayuda: las razones para existir son múltiples y se reinventan cada día con la participación de los niños y jóvenes que le dan vida con sus alegrías y preocupaciones, sus anhelos y luchas. “Pasó de ser un comedor a un Centro de día, y ya hace varios años que se convirtió en un lugar de recreación, de apuntalamiento en lo educativo”, dice Lucio una fría mañana mientras la estufa de la sala empieza a regalar algunos calores. Esta tarea educativa la realizan en articulación con el equipo de Orientación escolar y promueven acciones coordinadas con las escuelas más cercanas, en San Cayetano y Villa Aguirre.Todo con la misión de mejorar la calidad de la enseñanza para todos los chicos. “También hace 4 años que tenemos el proyecto de la murga, se formó la murga del barrio y participamos todos los años de lo que son los carnavales. Es algo muy importante para el barrio porque logra salirse de su lugar y por el significado que tiene la murga de llevar nuestra voz al carnaval de la ciudad, poder expresar lo que está pensando el barrio, lo que quiere decir a través del baile y las canciones.
 
Estamos trabajando mucho en lo que es la cuestión de la comunicación, que se sepa que existe el barrio, que está”, cuenta Lucio entusiasmado.
Agarrarse de las manos y mirarse a los ojos
Junto a él, están Jésica León y Gisela Morey, que trabajan en el área educativa, y Eliana
 
Mena, que es trabajadora social y se ocupa del seguimiento de la vida de los chicos y el contacto con las familias. A ellos se suman un equipo de talleristas, Ignacio Díaz que da clases de teatro, Maxi Najot de canto y Alan Terragni que es el profesor de educación física.
 
Todos están muy orgullosos de “Los revoltosos de la Unión”, el gran grupo de murga que crearon y donde los chicos y jóvenes participan activamente con sus trajes, cantos y bailes en cada carnaval. “Más allá de lo que presentamos en el Carnaval de Mi Tandil”, explica Lucio, “tratamos de laburar la comunicación entre nosotros, entre los pibes, solo ver que los chicos se pueden agarrar las manos y mirarse a los ojos durante tres segundos es muy importante para nosotros. Porque rompe ese código de comunicación que muchas veces es el grito, el insulto, la violencia.
 
Notamos hace mucho tiempo que los pibes entre ellos no se escuchan, muchas veces la comunicación era a través de una piña, un golpe para hacer entender algo,  veíamos que en las actividades era muy difícil agarrarnos de las manos porque no querían estar con el otro al lado, así se logra empezar a reconocer que el otro está ahí, que es un compañero que tiene la misma edad, que va al mismo colegio, que vive al lado de mi casa, que viene a la Unión.
 
Estamos laburando en eso, en mirarnos un poco a los ojos, parece medio cursi pero es algo muy importante que nosotros lo identificamos hace un año y estamos haciendo los talleres de expresión corporal, de teatro, de canto para escucharnos las voces, escucharle la voz a mi compañera, respetar los tiempos, que es algo que faltaba”.
 
Lucio toma conciencia de lo importante que es la labor del equipo, y cómo en esas pequeñas acciones, que pueden ser imperceptibles para otros como mirarse o agarrarse de las manos, puede estar la clave para mejorar los vínculos en una comunidad: “somos la primera línea del Estado, estamos ejecutando política pública y estamos en lo capilar de lo social, muchas veces nos vamos a nuestras casas con mochilas de fracasos, de frustraciones. No nos concebimos como personas que venimos a dar la luz sino como trabajadores de niñez y adolescencia, somos los ojos del Estado y los que también impartimos política pública”.
 
Cada día, a la tarde, van alrededor de 25 chicos y jóvenes de entre 5 y 17 años a la Casita, anotados hay cerca de 50, pero los asistentes van variando de acuerdo al clima y distintos factores. Además de las distintas actividades de apoyo escolar, acompañamiento, talleres y murga, los chicos toman la merienda todos juntos.
 
“Creo en la política, a mí movió el querer transformar la realidad”, explica Lucio, “tal vez me agarró en un momento muy idílico de mi vida, pero es lo que hoy me sigue moviendo, el creer en cambiar las cosas, creo en la acción política, hoy no milito en ningún lugar pero si he militado en la Universidad y en la Secundaria. Creo en el poder de la política para cambiar las cosas,como otras personas pueden venir de la Iglesia u otros lugares y son muy válidos”.
 
Uno de los grandes problemas que tiene el barrio es el acceso, ya que las calles son de tierra y cuando llueve se hace muy difícil de transitar, y además el transporte público solo ingresa cinco veces por día a esa zona, lo que da como resultado una comunidad aislada, donde los jóvenes no pueden interactuar con el resto de la ciudad de Tandil, “esos pibes no pueden ir al centro, no pueden ir a un club, a veces no pueden ir al colegio, eso lo tiene que arreglar el Estado, no lo va a arreglar la “Casita de la Unión” sino el Estado y ver qué es lo que está pasando, que no haya cloacas, que los pisos sean de tierra”, cuenta Lucio, “y eso agregado al mundo que estamos viviendo hoy que es un mundo de consumo y los pibes lo ven, nacieron con eso, el consumir nos hace mejores, sino tengo esto no sirvo, sino tengo el último celular y la última pilcha no sirvo, y eso genera un montón de frustraciones  pero es propio del sistema en qué vivimos, de la oferta y la demanda, del mercado sobre lo auténtico, lo propio”.
 
 

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