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Un personaje fundacional… y menospreciado

Elías El Hage lo hizo de nuevo. Excelente nota sobre un pionero del tenis de alta competencia en Tandil, que por sus métodos y su forma de ser nunca alcanzó el reconocimiento que se merecía.

Pelotitas

(Por Elías El Hage) A usted el tipo nunca le cayó bien, quizá por una cuestión de piel, porque en realidad el Gallego es un tipo especializado en caerle mal a la gente.

Pero eso, mi estimado, no amerita negar la realidad. Y la realidad es que con él, con el Gallego Raúl Pérez Roldán, bien podríamos decir que empezó el tenis en este lado del mundo. Que a él le debemos lo que somos, aunque poca gente lo recuerde o lo reconozca.

Se lo digo yo, se lo puedo firmar en esta pelotita. ¿La ve? Bueno, yo también, como usted y como algunos otros, vengo de vez en cuando por Richieri, como de la bajada del Lago o al revés, como del centro, por 9 Julio en contramano. A gamba vengo. Por la vereda, por el lado de la pared hasta que paso la zona de las piletas, la terraza donde teníamos una vista única de todo el club, y me topo con la ligustrina. No exageradamente alta ni tampoco enana. Lo justo. Una ligustrina acorde a lo que hay del otro lado: las canchas de tenis. Dos canchas había en el club, creo, cuando llegó el Gallego. Lo trajo, dicen, Duggan Martignoni. Uno de los más grandes presidentes que tuvo esta Institución. Y si no lo trajo, lo dejó entrar, y fue una de las grandes cosas que le pasó a este club. Porque la historia no se puede contar desde el rencor, o desde las pequeñas miserias. Se lo digo yo, que al fulano nunca lo quise mucho. Pero la historia de la escuelita de tenis del club, al menos la historia con mayúscula, empezó a escribirla él. A tal punto es así que voy a decirle lo que usted probablemente crea una temeridad: sin Pérez Roldán, sin el Gallego, no hubiera existido un Del Potro. Y entre uno y otro han pasado algo así como cuarenta años. Toda una vida. Dos generaciones. O, para ser más precisos, tres generaciones, tenísticamente hablando. (Digresión: si usted está buscando una pelotita de color blanco, muy antigua, a la que quizá su madre compró en Casa Barolo, le aclaro que yo la encontré primero, hace algunos días, derruida, camuflada entre el marchito ligustro del olvido. Sigamos).

El Gallego era y todavía debe serlo un tipo duro. Duro con él mismo, duro con sus alumnos, duro con sus hijos que también fueron sus alumnos. A Guillermo yo lo vi acá, peloteando, cuando la raqueta era más grande que él. Para entonces ya había cuatro canchas y sobre el polvo de ladrillo de ese modesto emprendimiento Pérez Roldán comenzó a construir el modelo de escuela que estamos hablando, que era como decir la Pagoda China del tenis. (Perdone por la nueva digresión, pero la Pagoda China fue a las casas de Tandil lo que el Gallego al tenis: una rareza de la época).

Ahora bien, ¿sirvió la dureza? Toda una generación lo recuerda. Haga la prueba. Así como hoy vino usted a pispear la ligustrina, vaya a saber en busca de qué pelotita perdida, salga a la calle y pregunte. Pregunte a gente que lo tuvo de profe. A los hermanos Villarramos, a Eduardo Infantino, al gordo Scarcella, a Virginia Alpa, a los Marzoratti, a Puerta (no a Mariano sino a José Luis, el hijo del mueblero de Casa Ostende). Pregúntele, ya que está, a Graciela Pérez. Me temo que nadie, le aseguro, ha podido olvidarlo. Decir eso ya es decir mucho. Todos sabemos por qué razones un profe queda en la memoria de un alumno. Se podrá decir que fue un tipo muy árido, pero ninguno le va a negar lo que fue. O sea, un pionero, se lo digo a usted que le gustan las imágenes fundantes. Fue el Juan Fugl de la raqueta. O mejor dicho, de la enseñanza. Porque Pérez Roldán fue más hacedor de formadores, de maestros, que de tenistas. El Gallego. Raúl, para los amigos. ¿Usted cómo lo llamaba? Ya que si usted anda por acá, le reitero, como un fantasma del pasado, es porque alguna razón tendrá. ¿Nostalgias? ¿Melancolía del indómito primer saque, del envenenado slice de revés, de la emboscada de un drop imprevisto, esos tiros que le permitían el brazo de acero, la muñeca mágica de la juventud, es decir la savia de la vida? Como verá, estoy ironizando, usted seguramente fue un tronco con buenas intenciones y, sobre todo, sin disciplina. Bueno, sea como fuere, nada de eso habrá de encontrar aquí, mi estimado. Luce lindo con las Topper flamantes que compró en Dexter, el pantaloncito multicolor, el cuerpo adelgazado. Pero ni usted, ni la raqueta, ni la vida, ni nadie, somos los que fuimos. Tampoco, me supongo, el Gallego, a quien hace una pila de años que no veo. En el mural que el Municipio le dedicó a Del Potro y a otras perlas tenísticas del Independiente, acá, frente a Richieri y por Avellaneda, se olvidaron de poner el nombre del Gallego. Se lo digo yo, repito, que no lo quería mucho. Pero hubiera sido un acto de justicia. Si esta ciudad lo vio jugar al mismísimo Vilas fue porque el Gallego lo trajo. A jugar, en 1972, un partido exhibición en el gimnasio del Independiente. En ese momento, se lo juro, nadie sabía casi nada de tenis en el pueblo. El Gallego puso a cinco o seis tipos en la tribuna para que le dijeran a la gente cuándo tenía que aplaudir y cuándo hacer silencio. Así como se lo cuento.

Ahora bien, deje de buscar esa pelotita imposible. La de color blanco. La que venía en un tubo de tres pelotitas que también vendía el mismísimo Pico Deportes en su negocio de calle 9 de Julio, cuando ni soñaba que muchos años después su hijo Piquito habría de convertirse en lo que hoy es. Esa pelotita que usted la tarde de un verano sofocante de 1975, desconcentrado ante la visión del magnífico trasero en bikini de una profe de natación que tomaba sol en la terraza del club, mandó groseramente a la ligustrina después de engancharla con el marco de la raqueta, esa pelotita la tengo yo. Es un objeto que debería ir al museo, pero yo la encontré y no la presto, perdone mi egoísmo. Es una pelotita que actúa como símbolo ¿entiende? Porque todas las pelotitas que en ese entonces iban a morir contra la ligustrina, habían nacido con el destino marcado. El destino de la derrota, o del extravío. El destino de haberse perdido para siempre. El destino de un tenista frustrado: un saque ridículo, la bola que pegó en la silla del umpire y se perdió entre las ramas, una volea grotesca que salió para cualquier lado, un pretendido globo que tomó demasiada altura y se desplomó sobre el ligustro de Richieri.

Esa pelotita, mi estimado, ya no tiene nada que ver con su vida, ni con la mía, ni con la del Gallego. Es un punto perdido en el cosmos del pasado. Y como dijo el filósofo Homero, que nunca jugó al tenis: “Dejemos que el pasado sea el pasado”. Ahora sí, anímese y entre. Vamos, sígame. Vamos a la cancha. Venga. Déjese llevar sobre la cálida alfombra del polvo de ladrillo. Si a los quince años la raqueta de madera Dunlop le pesaba una tonelada, ahora esta Wilson le parecerá una mariposa dentro de su mano. Saque, mi estimado. ¡Y no me saque de abajo aunque haga una eternidad que no juega! ¡No pierda la dignidad! Que si el gallego Raúl Pérez Roldán lo llega a ver sacando de abajo, tendrá muy bien merecida la patada en el culo que entre él y yo habremos de pegarle sin culpa ni piedad.Un  

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