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Un cuento chino

El Diario de Tandil nos cuenta la historia de una casa que siempre miramos por su belleza y que es un completo misterio con su arquitectura oriental camino al Dique.

Todo cuento se merece un protagonista, en este caso hay uno a su medida. Hablamos de Juan Carlos “Coco” Rodríguez. Un emblemático personaje del “Tandil  de los años felices”. Su partenaire no se queda atrás, Elisa Concetti porta un apellido ilustre y ocupa otro lugar central en este relato que acaba de comenzar.

Coco” Rodríguez proviene de una familia humilde, laburante. De pibe supo ganarse el pan en cuanta changa encontrara por ahí. Era carismático, entrador. Ese don le abrió las puertas de un oficio que más tarde resultaría ser el trampolín para salir de la “malaria”.

Muchas veces se suele decir que el tren pasa una sola vez en la vida. Para “Coco”, ese tren, fue un taller chapista. Seguramente alguno de ustedes pensará que esto es una vaga exageración, pero no se crean. A mediados del siglo pasado la movilidad social estaba ligada al trabajo. Al esfuerzo y la dedicación. Hoy esto se mantiene en cierta parte, pero las relaciones económicas e interpersonales han modificado el esquema.

Nuestro personaje comenzó de empleado, luego tuvo su propio taller y hasta llegó a ser el referente de una gran multinacional con pasado en Tandil. En ese lapso supo acumular una fortuna considerable y su rostro se hizo conocido en los ambientes distinguidos de la sociedad tandilense.

Una tarde en Confitería Norma

Elisa irrumpió en su vida una tarde, a fines de la década del ’50. La “alta sociedad” de aquella época acostumbrara visitar la Confitería Norma. Allí bebían café, probaban alguna que otra delicia y discutían los temas de actualidad.

Los Concetti son una familia relacionada con la metalmecánica. Desde sus talleres salieron obras majestuosas, como turbinas para empresas hidroeléctricas o trabajos para aerolíneas internacionales. Tandil siempre tuvo al campo como principal motor de su economía, pero antes del turismo estaba la metalmecánica. Un fenómeno que distinguió a nuestra ciudad del resto y fue preponderante en su desarrollo económico.

Elisa estaba aquella tarde entre familiares y amigas. Su belleza la hacía sobresalir del resto. Por lo menos lo hizo ante la mirada del joven Coco Rodríguez, que se mostraba orgulloso de pertenecer al selecto grupo privilegiado de la acomodada sociedad tandilense.

Este la miró detenidamente por varios minutos. Observó sus gestos, su forma de hablar. Se detuvo en su soltura, ese carisma que todavía perdura en su forma de ser. Tomó impulso y le dijo algo a la pasada. Ella se sorprendió y lo siguió con la mirada. Coco volvió sobre sus pasos y se presentó. Le dijo quién era, pero sobre todo le dijo quién sería en un futuro:“Usted es lo más hermoso que vi en mi vida. Algún día nos vamos a casar”. Frontal y desinhibido, se llevaba el mundo por delante.

Lejos de asustarse, ella le sonrió y con delicadeza le retiró la mirada. Elisa tenía 18 años y no estaba acostumbrada a una presentación de este tipo. Sin embargo hubo un flechazo. Coco era buen mozo, su fama comenzaba a comentarse entre las jóvenes de la época. Con solo 20 años era un hombre prospero que comenzaba a dar que hablar entre el género femenino.

De a poco se fueron sucediendo más encuentros. Bailes, fiestas, reuniones sociales. Él se acercaba y la cortejaba. Un día se animó a darle un beso y comenzaron un noviazgo interminable. Aquí vale hacer una aclaración. Esta historia de amor nació hace casi 60 años y se mantiene hasta la actualidad. En el medio hubo algunos “baches” que hicieron temer un final incierto, pero créanme que el amor triunfó a pesar de todo.

El romance iba viento en popa, Coco se había ganado rápidamente el cariño de la familia Concetti. Eran una de las parejas afamadas de la época. Todo era color de rosa. Pero un día tuvieron un impasse.

Nuestro protagonista no estaba dispuesto a dar el SI tan fácil. Sentía que le quedaban cosas por vivir. Fue así que en medio de una crisis, él tomó la decisión de decirle “hasta luego”. No fue un adiós y se lo aclaró de inmediato. “No podemos seguir siendo novios, Elisa. Pero créame que cuando tenga todo listo la voy a venir a buscar para casarnos”.

Ella, desolada, no le creyó ni un ápice de lo que le estaba diciendo. Se sentía profundamente enamorada y no quería perderlo.

La casa de sus sueños

Cada uno siguió con su vida habitual. Se cruzaban muy de vez en cuando. Él siguió con su estela para convertirse en uno de los chapistas y carroceros más destacados del pueblo. Todavía se recuerda su alegría en cuanta peña se hacía por aquel entonces. Era muy amiguero y le gustaba salir a divertirse.

Elisa lo sentía cada vez más lejos. Nunca dejó de amarlo, pero ya se había hecho la idea de que Coco no cumpliría aquella promesa de Confitería Norma.

Así se fueron pasando los años, las amigas de Elisa una a una pasaban por el altar y ella seguía en la dulce espera. Nuestro galán tenía un plan al respecto.

Para pedirle la mano a Elisa y remontar tantos años de ausencia primero necesitaba darle estabilidad con una casa. Pero no podía ser una casa normal y corriente. Menos viniendo de él, que era un tipo preocupado y ocupado en el diseño.

Una tarde estaba saliendo de Tandil camino a la Escuela Granja y vio un pino que le llamó la atención. Recordó una foto de Oriente en una revista y hubo un click en ese momento.

De chico lo atrapaba el diseño, por eso empezó a jugar con los autos. Era un tipo muy creativo, que junto a Hugo Escribano y Fito Marcovecchio diseñaron un vehículo que todavía muchos recuerdan.

Aún quedan en la casa esas revistas de diseño. Quizás en algunas de ellas fue que vio una pagoda o un edificio con estilo oriental que le trajo el pino a la mente. En un santiamén supo cómo sería el palacio que construiría para Elisa.

Hizo venir a un carpintero de Mar del Plata para que le dé una mano con el techo, lo tuvo meses viviendo en Tandil. Primero levantó una parte, la que da a la esquina. Vivió un tiempo en solitario, pero siempre sabiendo que esa casa tendría dueña.

A principios de los ’70 Elisa viajaba con una prima hacia la zona del dique. Cuando subían por Alvear, Coco reconoció el auto y le hizo señas de que pare. Estas desoyeron el pedido y siguieron de largo. La sorpresa fue a la vuelta, cuando Coco se paró de sopetón en medio de la calle y obligó a que se detuvieran.

A Elisa el corazón le salía por la boca. No sabía que decir, como reaccionar. Invitó a toda la comitiva a visitar la casa en construcción. Adentro estaba una tía, quien enseguida la miró a Elisa y le dijo: “Esta casa la está haciendo para vos, ¿no te pones contenta?”.

El encuentro fue breve, incomodo les diría, pero fue el preámbulo de algo que estaba por venir. Eran vísperas de pascuas, Coco se apareció en el Instituto donde ella estudiaba cocina. Elegantemente vestido, se había preparado mucho tiempo para ese momento: “Elisa, ya tengo la casa lista, un auto en la puerta y el televisor para que me esperes del trabajo. Quiero que nos casemos en 15 días”.

Volviendo al año 1972, Elisa no dudo ni un instante. Si lo había estado esperando casi 15 años, como no iba a querer unir su destino al hombre que amaba. Coco pasó por los formalismos de la época. Tocó el timbre de la familia Concetti y pidió la mano de Elisa. En menos de 15 días se hizo la boda.

La casa puertas adentro

Fuimos muy felices en esta casa. Mi marido era una persona muy alegre. Cuando llegaba del taller se ponía un kimono y se ponía a bailar. Tomábamos mates en el frente mirando a la gente desfilar para el dique. Él disfrutaba de la casa, siempre conseguía algún adorno nuevo. No importa si era japonés o chino, le gustaba lo oriental. Un artista amigo que se llamaba Murillo nos hizo muchos trabajos en hierro que todavía guardamos con cariño”, explicó Elisa a ElDiariodeTandil.

En medio de la nota con Juan Carlos, Gabi (los hijos del matrimonio) y Elisa recorrimos la casa. ¿Quién no tuvo el interés de saber que había realmente en la “Casa China”?. La construcción está dividida en dos partes. La primera, ubicada sobre la esquina, es la construida en primera instancia. Allí se conserva el estilo oriental que le impregnó Coco. Llaman la atención algunas esculturas, un sable samurái y los cuadros con tipografía china.

Su hijo siguió sus pasos relacionado con la filosofía y el diseño. Gabi es tan alegre como nos lo imaginamos a él. Elisa en cambio, es un show aparte. Primero rehúsa a posar para las fotos pero la convencimos con un poco de insistencia.

Se ríen recordando las anécdotas que se tejen sobre la casa. “No sé porque se creó un aura de misterio. Muchas veces nos han pedido el lugar para fotos de casamientos o cumpleaños de 15 o sino otros tocan timbre para preguntar dónde están los japoneses”, comenta Carlos. Las falsas historias de emperadores, japoneses, chinos y hasta fantasmas se fueron pasando de generación en generación, pero es momento de derribarlas.

Ni piensan en mudarse a pesar de que les han llegado muchas ofertas. La casa está tan identificada con el padre que es una forma de tenerlo presente luego de su temprana partida.

Esta casa fue su sueño, no me puedo ir de acá”, agrega Elisa. Ya no viven en apocas de opulencia, pero no se quejan. Es más, se los ve felices y orgullosos de lo vivido.

La “casa china” no respeta un estilo tradicional, intervienen diferentes estilos. Además cuenta con la originalidad de que se encuentra entre tres calles y frente a otra casa que no es menos llamativa. Su atractivo radica en lo extraño de su forma.

Coco se me fue joven, antes de llevarlo a la Clínica por última vez recorrió con la mirada cada espacio de la casa. En ese momento supe que se estaba despidiendo. Con el tiempo muchos me preguntan porque no volví a rehacer mi vida, yo les digo que no puedo dejar de comparar. Tuve la suerte de conocer al amor de mi vida”, finalizó Elisa con su marcado histrionismo.

A partir de este momento derribamos todos los mitos que encierran la “casa china”, pero valió la pena conocer esta historia de amor que motivó su nacimiento.

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