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Marcelo Gómez: «Mi lugar es Tandil»

Linda nota sobre el gran formador que tiene el tenis de Tandil. El Negro.

-Por Sergio Danishewsky (Clarín).

El hombre es dueño de un saber reconocido en el deporte superprofesional. Pudo ser millonario y famoso. Tuvo todo para despegar hacia destinos inimaginables. Y sin embargo eligió la calma de la familia, la comida con amigos, el placer de la docencia, un rato más de práctica en el club, el aire de la sierra. El hombre, Marcelo Gómez, es el dueño de una historia que es también una secuencia de elecciones de vida. La historia de un tipo sencillo, al que se le ilumina el rostro con igual intensidad cuando escucha la palabra maestro y la palabra tenis. Eso es el Negro Gómez. Un maestro de tenis…

A Tandil lo llevó una mudanza familiar desde Río Cuarto. Papá Pedro y mamá Nora le propusieron una infancia sencilla y apacible, que tomó un rumbo inesperado a los 11 años cuando el pibe entró a Independiente para acompañar a un amigo. El club ya era conocido por parir a algunos de los mejores tenistas del momento, pero no fue ese prestigio lo que sedujo al Negro mientras veía por primera vez de cerca el polvo de ladrillo, sino lo bien que le daban a la pelotita esos dos chicos que -sabría después- se llamaban Guillermo Pérez Roldán, el hijo del director de la escuela, y Franco Davin, a quien el destino volvería a poner en su camino.

Se quedó en el club y aprendió a jugar. “Era bastante bueno, pero no lo suficiente como para dedicarme a eso. No tenía tanto talento ni tanto dinero”, recuerda. El probable tenista le dio paso al estudiante de ingeniería en Sistemas, y éste al ayudante y peloteador en la escuela de Don Raúl. “Dedicate a lo que te guste, pero dedicate con todo. Poné todas tus ganas y confiá en vos”, fue el consejo de papá. Otro chico de Tandil, más promisorio que él, necesitaba un acompañante en una gira sudamericana. Y allí fue el Negro, apenas cumplidos los 20, para entrenar a Mariano Zabaleta y para terminar de vincular al tenis con la docencia en un viaje iniciático para ambos.

“Ya había pasado mi edad para competir, y empecé a darme cuenta de que lo mío era formar, enseñar. Sentía que los demás jugaban por mí, que cada progreso de ellos era también un triunfo mío. Entendí lo valioso de esforzarse y me di cuenta de que podía enseñar tenis y transmitir valores. Hay profes de técnica, hay entrenadores. Y también hay formadores. Eso me siento, un formador del carácter, del modo de competir y de ganar”, cuenta hoy en el CeNARD, recién llegado de Estados Unidos donde condujo, como parte del equipo de Desarrollo de la Asociación Argentina de Tenis, a un grupo de 15 juveniles que logró tres títulos en el tradicional Orange Bowl.

Gómez gesticula moviendo unas manos enormes, se acomoda el pelo, avisa que lo esperen porque ya termina. Y sigue. Dice que sí, que quizás Tandil tenga algo especial, el clima, la tranquilidad, la tradición tenística. Y que puede ser que él también tenga algo que ver para que Zabaleta, Juan Mónaco, Machi González y Diego Junqueira crecieran y llegaran a ser profesionales. Y Juan Martín Del Potro, claro. El chico al que esculpió diez años y que lo obligó a tomar la decisión más importante de su vida. 

“Después de viajar mucho tiempo con Juan, de formarlo como tenista y de compartir de todo, su papá me pidió que dejara todo y me convirtiera en su coach. Como lo sigue siendo Marian Vajda con Novak Djokovic. Era dar el gran salto. Era dejar todo y viajar por el mundo. Pero sentí que no era mi lugar. Mi lugar es Tandil, mis hijos, mi familia, mis amigos, seguir formando buenos jugadores y buenas personas. Le agradecí mucho, sentí que perdía un hijo, un brazo. Pero no”, resume.

No será la primera vez que el Negro Gómez se emocione en la charla. Se le recuerda la consagración de Del Potro en el Abierto de Estados Unidos en 2009: “Un día le pedí a Juan, que era un chico, que me contara su mayor deseo. Me dijo ‘ganar un torneo’. Animate a soñar, le dije. Contame un deseo grande. ‘Ganar el US Open’, me dijo. Cuando lo ganó, cuando lo vi subir las escaleras para saludar a su equipo, sentí que yo también estaba ahí. Pero no estaba. Y no me arrepiento. Elegí otra cosa y la vuelvo a elegir cada día”.

Fue Franco Davin quien tomó el trabajo que rechazó Marcelo. El que jugaba con Guillermo Pérez Roldán la primera vez que el Negro Gómez se acercó a una cancha de tenis. Hoy, transmitiendo la importancia del esfuerzo y del trabajo en equipo, mientras mezcla en una práctica a muy buenos jugadores con principiantes, eligiendo a veces usar pelotas gastadas y no nuevas para que se entienda que cada cosa tiene valor, el protagonista de esta historia disfruta de cada momento. Tiene mujer (Natalia), tres hijos (María Emilia, Lautaro y Victoria) y una pasión enorme por lo que hace. Tiene apenas 45 años, y la sabiduría de esos viejos a los que conviene escuchar en silencio. 

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