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Del Potro, el que imanta a todos

-Por Miguel Angel Bertolotto para Clarín.

¿Cuántas veces se habrá dado vuelta Juan Martín Del Potro para acceder a las fotos que le pedían chicos y grandes, hombres y mujeres, anónimos y famosos? ¿Cuántos autógrafos habrá firmado en esas dos horas en el Palacio Alsina? ¿Cuántos gracias habrá pronunciado ante la catarata de felicitaciones que le llegaban de los unos y de los otros? Algunos se acercaban con timidez, le tocaban el hombro para pedir permiso y le extendían su pedido. Otros, más decididos, ya iban con las cámaras digitales o con los celulares listos para accionarlos. A todos, eso sí, se le iluminaban los rostros cuando lo tenían a centímetros primero y cuando se iban con el deseo cumplido más tarde.

Juan, en esa mesa que se llevó el mayor rating de la noche festiva, accedía, accedía y accedía, siempre con una sonrisa, con un apretón de manos o con un abrazo, sabiendo lo que significa su figura a esta altura de la soirée . Porque si hay algo que está claro es que Del Potro trascendió el tenis. Y no sólo por su tenis sublime, ése que lo tiene en la elite del deporte. También lo hizo (lo hace) por su conducta, por su trabajo, por su entrega, por su personalidad, por sus ganas de que su evolución no se detenga ante nada. Sin querer serlo, ni mucho menos, Delpo es un ejemplo para otros deportistas también de renombre. Cuando Clarín lo juntó para una foto con Felipe Contepomi, Walter Pérez, Germán Lauro y Paula Pareto, las miradas de ellos cuatro alcanzaron una luz similar a la de aquellos admiradores mencionados en el primer párrafo de esta columna. El magnetismo de Del Potro dominó la escena. Ni siquiera los protagonistas del fútbol, los actuales y las viejas glorias, eclipsaron el brillo del coloso de Tandil.

Más allá o más acá de esa polémica llamada Copa Davis, Juan no se aparta de un camino trazado que posee carriles perfectamente visibles y coherentes. Así, atravesó un año irregular en el primer semestre y rutilante en el segundo. Así, ya está apuntando a lo que viene en tierras australianas. Así, sin quererlo -se repite- se transformó en un espejo en donde muchos se miran.

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