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EL FUTBOL NO LO OLVIDA

Mundial en Brasil. Pensamos en los brasileños que hicieron grande al fútbol. Pensamos en los que no están. Como Garrincha. Como Sócrates. Sobre este último, recordamos un texto del periodista y escritor Eric Nepomuceno, amigo del “Doctor”.

El miércoles se cumplieron dos años del fallecimiento de Sócrates, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol brasileño. Fue la muerte joven de un ícono, por su manera de entender el fútbol, como un arte, y su manera de mirar la sociedad.

Lo recordamos mientras veíamos el sorteo del Mundial. Cuánto habría disfrutado el “Doctor” de ver a la máxima cita del fútbol en su país. Y tal vez habría estado en el sorteo de esta tarde, aunque siempre libró una lucha sin cuartel contra los poderosos.

Traemos, entonces, el texto que le dedicó su amigo Eric Nepomuceno a raíz de su fallecimiento. Vale cada una de sus palabras.

 

***

 

Adiós, amigo

 

Tenía un nombre casi tan grande como su talento: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. De haber aguantado hasta el 19 de febrero de 2012, hubiera cumplido 58 años. Se fue absurdamente antes. Ha sido un jugador elegante, imprevisible, altivo, siempre con la cabeza alta y la mirada digna, feroz, que veía cosas que nadie más parecía ver. Fue el artífice y el capitán de la última selección realmente brillante que el mundo pudo ver, la brasileña de 1982. Defendía el fútbol-arte por una razón tan sencilla como indiscutible: estaba seguro de que el jugador es un artista. Ha sido, por encima de todo, un gran tipo.

Nos conocimos, ya no recuerdo bien cómo, en 1985. Nos hicimos amigos. Yo le hablaba de fútbol, él me hablaba de libros. Era un brasileño preocupado por su tiempo, su gente. Recuerdo nuestros encuentros con actores, con cineastas, con compositores. Recuerdo nuestras conversaciones en mi casa con Chico Buarque, futbolero emérito. Chico se empeñaba a fondo para hablar de fútbol. Sócrates quería saber cómo ayudar a que la izquierda ganase espacio en Brasil.

Recuerdo el día en que Sócrates supo que yo era amigo de Eduardo Galeano. Por años, mientras Sócrates vivía en Río, cada vez que Galeano venía, íbamos a almorzar a su casa. Galeano ha sido el único tipo con quien vi a Sócrates hablando de fútbol.

Sabía que era un ídolo, y aprovechaba esa circunstancia –que reconocía como efímera– para defender ideas que ningún ídolo del fútbol suele defender. Iba a las calles, a las plazas, se juntaba con los movimientos por el retorno de las elecciones, por la democracia, se la jugaba contra dirigentes deportivos que pretendían limitarlo a su condición de mero jugador.

“La fama tiene su precio. Y si tengo que pagar ese precio, que al menos me dejen usar mi fama en defensa de lo que creo”, me dijo una vez. Y así ha sido siempre.

La usó, a la fama, todo el tiempo. En aquellos años en que en Brasil se defendía el derecho al voto, es decir, el derecho a enterrar de una vez la dictadura, Sócrates era figura permanente, para desespero y furia de los dirigentes deportivos. “El jugador es una persona, un ciudadano, y no un atleta y punto final. No, no, yo defiendo mi derecho a fumar, a tomar cerveza, pero principalmente mi derecho a pensar”, decía. Y pensaba en grande: quería un mundo de iguales.

En la cancha era de una elegancia sin par, de una osadía que desconocía límites y reglas, de una frialdad que ocultaba una pasión desmesurada. Se hizo ídolo en el Corinthians y de inmediato aprovechó su fama para defender la “democracia corinthiana”, en los comienzos de los años ’80, en plena dictadura. En el Corinthians, jugadores, porteros, utileros, masajistas, todos participaban de las decisiones junto a la dirección técnica y a los grandes caciques del club. El fútbol era, para Sócrates, una gran metáfora del país. “Somos artistas”, decía con relación a sus compañeros de equipo. Y preguntaba: “¿Qué dirigente puede tener más peso que un artista?” Era una forma de decir que el pueblo es el artista, que debe tener la palabra final sobre su propio destino.

Nos vimos por última vez hace tres años. Yo presentaba un libro en San Pablo. No quiso venir a la presentación: robaría las atenciones. Vino a verme después. Hablamos de fútbol y de escribir. Me dijo: “Uno no juega para ganar. Juega para que no te olviden”. Y me preguntó para qué uno escribe. Le dije lo que cierta vez dijo García Márquez: “Para que los amigos me quieran más”. Concluimos que se juega por las mismas razones que se escribe.

Ayer, el Corinthians se consagró campeón brasileño. Al iniciarse el partido, los jugadores hicieron un círculo y repitieron el gesto clásico de Sócrates: irguieron el brazo izquierdo, el puño cerrado.

Ojalá sepan lo que ese gesto significó en los años duros, cuando Sócrates se imponía como ciudadano, como hombre íntegro, angustiadamente comprometido con el futuro. Un futuro que el país conquistó, de la misma forma que, en el día de su muerte, su equipo supo conquistar el título nacional.

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