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¿Cuelga las barajas el tremendo ilusionista René Lavand?

Otra linda entrevista de Gentile para El Eco de Tandil. Pasó por el diván y dijo: “Está lindo para dejar”.

-Siempre se dijo que René Lavand es uno de esos argentinos que logró reconocimiento a nivel internacional antes que en su país. ¿En qué momento cambiaron las cosas?

-En ningún momento. Yo siempre fui feliz teniendo no digamos “triunfo” –me suena demasiado esa palabra- pero sí éxitos, desde el momento que debuté en el “Show de Pinocho”, primero en ratting de la historia de la televisión argentina.

-¿No es cierto entonces que fue reconocido primero afuera que acá?

-Nunca. Absolutamente. Incluso no pagué derecho de piso en las tablas. El derecho de piso lo pagué estando diez años y cuatro meses en el Banco Nación, trabajando, esperando la buena oportunidad que al final se dio en el correr del tiempo. ¿Sabe qué pasa? hay muchas frases que no tienen sentido lógico y corren de generación en generación y van quedando, se transmiten; como eso de que “la mano es más rápida que la vista”, disparates de esa naturaleza.

-Lo cierto es que Lavand quedará en la historia como un artista genial. ¿Se siente genio?

-En absoluto.

-Vamos, díganos la verdad. Si todos sabemos que no le anda con vueltas al narcisismo.

-En absoluto. Por la especialidad mía he hecho, económicamente hablando, por mí y por mi familia, todo lo que pude hacer. Que me califique el público. Tampoco quiero pasar por falso modesto, que no lo soy. Yo me siento feliz de haber hecho las cosas bien, de ahí a genio hay una distancia abismal, dejemos ese calificativo para Juan Sebastián Bach, para Beethoven, para Mozart, que está probado psicológicamente que fueron un genio.

-Al menos en lo suyo usted llegó lejos, muy lejos.

-Lejos llegó Neil Armstrong y no era un genio, fue un gran astronauta (risas). Yo he sido un buen ilusionista, sí, un hombre que tuvo la ventaja de no poder copiarle a nadie, de tener que crear sus propias técnicas, hacerse autodidacta. Eso favoreció la venida de un estilo con los años y a raíz del estilo, el artista. Porque no hay artista sin estilo. Hay magos o hay artistas.

-Como sea, hay una cuestión que en las entrevistas se suele esquivar ante usted, se la mencioné a la pasada: su narcisismo, René.

-Todos tenemos una cuota de narcisismo pero yo no creo tenerlo tan alto, en absoluto. Al contrario: amigos míos que me conocen de toda una vida, y que todavía alguno existe –otros se han ido- siempre me decían lo mismo “¡Cómo te subestimás flaco vos!” Y yo le decía siempre la misma respuesta: “mejor que sea así, porque he visto muchos que se sobreestimaron y terminaron muy mal”.

-¿Nunca le dijeron siquiera que pareciera tener la estima muy arriba?

-No. Lo que tengo es dignidad (levanta la voz), orgullo. Y tengo derecho a tenerlo, porque me lo he ganado. Ahora de ahí a la soberbia, ¿A la sobreestima? ¡No! Estoy lejos. Muy lejos. Al contrario, le aclaro algo más: mi padre fue un soberbio. Y terminó muy mal. Y de mi madre heredé la mejor herencia que podía heredar: la humildad. ¡Pavada de herencia! Qué no se logra en esta vida con humildad.

-Debe ser entonces lo que transmite su estilo entonces, tan seguro.

-Sí, me siento seguro, por una cuestión de oficio, de años, de tablas, de experiencia, de profesionalismo: si me voy a poner a temblar ahora… los temblequeos eran para cuando debuté en el teatro Nacional.

-O tal vez dé esa imagen por su afán de seductor.

-¿No se estará equivocando de entrevistado? Yo no estoy enterado de eso.

.-¿La obsesión es buena para llegar lejos?

 -Es necesaria. Sí. Concretamente.

-¿Le fastidian los admiradores cuando le distraen la atención?

-Hay dos cosas que me molestan: que me pidan autógrafos. ¡Y que no me pidan autógrafos!

-¿A qué le tendrá miedo un René Lavand?

-No tengo miedo. Puedo sentir cierta pena pensando que me queda un poco de hilo en el carretel y la vida esta es tan hermosa… Acabo de cumplir 85. Y tampoco diría que es miedo a la muerte si no pena de dejar una vida tan linda, tan plena; bueno, creo que es normal eso, ¿no?

-Sí. Más aún si uno la pasó bien.

-Si pasarla bien es luchar para recoger cosas lindas, bueno, la he pasado muy bien. La disfruté y la sigo disfrutando. Pero ya no tengo más necesidad de tablas. En absoluto. Acabo de recibir propuestas del País Vasco, de Sevilla y Andalucía y ya contesté que no.

-¿Está hablando de retirarse en serio?

-Un “retiro”, sí, entre comillas. Porque estoy en el mejor momento de creatividad. Posiblemente me vaya a dar unas conferencias, eso sí me gusta y no requiere adrenalina de mi parte.

-¿Qué habrá sucedido para tomar esta decisión?

-Después de los shows que di en Galicia, Sevilla y en Salta, que salieron redondos –re-don-dos-, un amigo colega me dijo “¿Cómo vas a dejar? Es un desperdicio económico y moral”. Y le dije “es lindo plantarse con siete y medio antes que el mismo público lo plante a uno con cuatro, con cinco.

Entonces le dije a mi mujer tres veces: “está lindo para dejar así”. Yo no concibo esos artistas, esas vedetes que tienen la necesidad de hacer cámara permanentemente, que ya no saben cómo estirarse la piel para seguir siendo jóvenes y lindas y la cámara es para ellas una necesidad imperiosa.

-A la mayor parte de la gente la idea de retirarse no le agrada, Lavand.

-No los entiendo. Pero me entiendo a mí: teniendo una mujer como tengo, una relación con mis hijos como tengo, rodeado de esta naturaleza, viviendo en una ciudad que quiero mucho y es bellísima como Tandil y rodeado por la juventud y con algún amigo original que todavía me queda –todas son reiteraciones en esta interlocución- ¿Para qué más?

-Supongamos que soy un chico que quiere empezar a hacer ilusionismo. ¿Qué consejo me da?

-Respeté a los públicos. Transpiré mucho. Emulé a los grandes. Y de la diversidad logré la unidad

-Y si le digo que me parece muy difícil, imposible.

-Le digo que hay otras actividades. El otro día un chico argentino, mago, me dijo: “¿Cómo hay que hacer?” Y yo le dije “no sé si es cómo hay que hacer sino cómo hay que ser”. Si le parece imposible, ¿sabe qué? Hay otras actividades. Muy dignas. A mí me gusta el lustrador de zapatos que sabe lustrar zapatos y no el ingeniero al que se le mueve la casa a los cinco años.

 

Fuera de sesión

Cada día lo hace más lento

A los 85 años y en ocasión nada menos que del retiro, René Lavand da fe que atraviesa un momento en el que le resulta más fácil crear. “Ahora tengo la experiencia de una larga vida, de una larga profesión y de un largo oficio. A los 30 años era mucho más difícil”.

Rodeado de un “paraíso botánico” cuya belleza constituye otra de las razones –a la vista, realmente válida- para alejarse de las tablas como él dice, y disfrutando a buen volumen de Las Variaciones Goldberg de J. S. Bach, Lavand no piensa dejar su arte, menos aún en el momento en que aún puede inventar su mejor composición, eso sí,  “mientras el cerebro me dé”, advierte, “hoy le doy fe de eso. Dentro de seis meses, si volvemos a vernos a lo mejor no se lo puedo corroborar. O sí, equivocadamente, porque uno no se da cuenta cuando la gotita deja de caer armoniosamente en el cerebro”.

Diga lo que diga el destino, él insistirá hasta el final en que no tiene sentido saber cómo se hacen no los trucos –palabra que detesta- sino sus juegos, que, como las composiciones musicales que tanto admira “logran el equilibrio armónico entre la palabra y el hacer”.

A usted no le gusta, pero ¿acaso está mal sentir curiosidad por saber cómo lo hace?

-Es normal. No sé si está bien o mal visto, pero si de algo me jacto es de haber logrado que después de la actuación la gente se vaya impactada, cargada de ciertas emociones y sin importarles -para nada- cómo lo hice. Es una consigna que me creé -mucho más importante que “no se puede hacer más lento” y de que no descubran el juego-: que no les importe saber cómo lo hago.

Y como la verdad no existe voy a confesar lo que me sucedió no hace mucho: fui a cobrar un cheque al banco; la cajera saco un fajo y yo ahí puse mi vista y mi cerebro para controlar cuánta plata me iba a dar. Al quinto billete me perdí: ¡La prestidigitadora era ella! Me fui sin saber cuánta plata llevaba. Caminando y pensando que, en psicología, no hay ley matemática.

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