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El último personaje

Ahora la pluma de Elías El Hage juega para El Diario de Tandil. Chusmeá las líneas que le dedicó al querido Macoco.

Un hombre sin edad se acerca a la mesa de café donde el articulista intenta escribir los primeras páginas de algo que aún no sabemos qué será. Se sienta, estira las piernas, se frota las manos y dice: “Buenas, ahora que el pueblo ya nunca más volverá a ser lo que era, ¿quién es para usted el último personaje?
 
No quedan, en estos días, grandes personajes en la comarca. Es un tiempo de relatos sin personajes. Un masa informe camina los sábados al mediodía por la peatonal bipolar mientras los melancólicos, en trance de contemplación existencial ante tanto rostro sin empatía local, murmuran con fastidio: “Carajo, ya no conocemos a nadie”.
 
La cuarta inmigración (la que comenzó a llegar en los 90) cambió el rango de ciudad-grande por ciudad-intermedia. No es lo mismo. Esa transición mandó al baúl de los recuerdos los añorados fetiches del Tandil de los años felices, expresión que también puede ser leída con cierta ironía.
 
La tiranía de la moda desterró al óxido del  olvido, entre tantas cosas, al personaje. Ser literario por naturaleza, con ADN en el útero real de la sociedad lugareña nacida y criada en la cosmovisión del pueblo chico, el personaje entró en extinción en todas sus formas: desde la variante del Loco Lindo (inofensivo) al Loco Malo o también llamado Chapita. Los unos y los otros se fueron yendo con la llegada del personaje antítesis: El Homo Careta, portador del pensamiento políticamente correcto, que exhibe a la impostura como idiosincrasia mental y despliega los nuevos ritos de la sociabilidad urbana donde el personaje desentona más que nunca. (Digresión: cuando abrió las puertas el Supermercado Norte, allá a mediados de los 90, el Homo Careta solía practicar un rito social digno del castigo del Purgatorio: llenaba el carro hasta el tope de mercadería, se paseaba por entre las góndolas exhibiendo muy orondo ante sus vecinos el changuito próspero, y al rato, subrepticiamente, lo abandonaba en un rincón del salón para darse a la fuga sin, siquiera, un rollo de papel higiénico en la bolsa). Volvamos: el personaje desentona por su sinceridad. Por carecer de hipocresía. O por negarse a la binaria opción borgeana tan en boga en estos tiempos: Figuración o Muerte. El personaje, lo sabemos, nunca será un figuretti.
 
De estos temas conversa el articulista con el hombre que, sentado a la mesa del bar, disparó una pregunta que no le importa a nadie, dado que la agenda temática de los vecinos hoy se corresponde con estos dos tópicos centrales: 1) A quién le robaron hace dos horas. 2) El congelamiento de los precios en supermercados y almacenes de barrio. Pero en esta palabra que también es un concepto, en el barrio como cultura y cosmogonía, habría que rastrear las huellas indelebles del último personaje, hoy ausente de las calles de la comarca: Macoco.
 
Su caso se corresponde con la definición de fantasma que Joyce explica en su Ulysses: Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.
 
Macoco no ha muerto. Se ha desvanecido de las calles tandileras hasta convertirse en un ser impalpable. El cambio de costumbres de la ciudad de la postmodernidad ha sido tan brutal que hoy su figura representa un furibundo anticlímax. ¿Qué podía hacer esa especie de linye andrajoso con una botella de cualquier alcohol bajo el brazo entre la atmósfera cero donde camina hacia su sepulcro el Pensamiento Oficial del Mundo? Macoco es el último personaje y –a diferencia de tantos otros personajes como él que, lisa y llanamente, se murieron sin más- su alma impávida quedó flotando en las esquinas y en los intersticios de los adoquines que hoy no lo ven pasar. Pero que no lo veamos pasar, no significa que no esté.
 
Macoco es el epígono de Cachafaz, de la Globera, del Bicho Moro, de Culito, de la Negrita María, de Carlitos del Campo, de Archipetre, El Hombre Orquesta, de Camilo Borga. Es la pesadilla confrontativa a tanto “bebedor social” escondido entre las cuatro paredes de su casa. Macoco es la botella que se convirtió en barrilete. Es el personaje que trascendió a sí mismo. No lo vemos. No está pero no se murió ni se exilió ni se convirtió, de golpe, en un vecino normal, como cualquiera. No está y sin embargo ahora, en la mesa de café, mientras se sienta, estira las piernas y se frota las manos, le pregunta al articulista: “¿Quién es para usted el último personaje”?

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