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Fue a hacerse masajes y se encontró con un lindo gatito

Afectado de una molesta tortícolis, el hombre acudió a un departamento privado de Tandil donde lo aguardaba la mayúscula sorpresa. Leyó literalmente un artículo de El Eco.

“Oiga, soy colectivero de toda la vida. De una línea que pasa cada día de mi vida por la Avenida España. El hecho me lleva a dos actos al mismo tiempo: girar el cuello a  derecha e izquierda de la avenida para ver si no viene nadie y santiguarme frente al Cristo del Monte Calvario”, contó a ElDariodeTandil nuestro vecino, en una suerte de introducción de su microhistoria personal donde la cuestión laboral resultó determinante en el episodio que lo tuvo como involuntario protagonista.

Nuestro colectivero señaló que durante el tiempo de descanso en las paradas, los choferes suelen acortar esos minutos leyendo el diario. “Hace unos días leí un aviso en El Eco que decía ‘Masajes relajatorios’, entonces pensé que me vendría muy bien para el cogote. Como le conté, vengo arrastrando una tortícolis de la gran siete que yo supongo tiene que ver con una de las rutinas de los choferes: torcer el cuello a derecha e izquierda en las avenidas antes de cruzar. Es un acto reflejo ¿sabe? Como acelerar, frenar, abrir la puerta al pasajero o cortar el boleto, pero que con el tiempo va mellando la salud. Sobre todo la salud del cogote. Un pariente me dijo que él ya había dejado las barras de azufre de lado, y me recomendó una sesión de masajes para aliviar la contractura”, contó el colectivero.

Así las cosas, nuestro personaje –tras la lectura del pequeño aviso- llamó al celular consignado y pautó un turno con la voz de la persona que lo atendió al otro lado del teléfono… “una señora muy cordial que enseguida me dio la dirección y la hora para el masaje. El precio me pareció un poco caro pero como no tengo idea del tema tampoco me iba a poner a discutirle los honorarios”.

Grande fue el desconcierto del colectivero cuando llegó al departamento –ubicado en pleno centro de la comarca- y se encontró con una morocha escultural, cuyas intenciones estaban muy lejos de pretender elajarle la contractura del cuello. “¿Soy un gil? Y capaz que sí. Pero ¿sabe? Yo me crié en el otro Tandil donde a las cosas se las llamaban por su nombre. O sea, donde un cabarute era un cabarute. ¿Cómo me iba a imaginar que en el aviso me la iban a vender cambiada? Y le aclaro que no soy un santo, pero lo que me indignó fue sentirme un pelotudo…”, confió el hombre que todavía no sale de su asombro ante lo vivido.

Tres estudiados eufemismos que se utilizan para transgredir la normativa de la difusión de la prostitución en los medios, encubrían los avisos que confundieron al colectivero: Masajes Relajatorios, en su caso; y los otros dos en la misma página: Momentos únicos y Asistente Personal. El hecho le valió las bromas pesadas de sus compañeros de trabajo. “El Beto, un turro de aquellos, me dijo que si elegía el aviso de ‘Asistente Personal’ iba a creer que se trataba de un personal trainer que me iba a llevar a dar la vuelta al Dique… Los muchachos me están cargando por el campeonato…”, cerró nuestro atribulado chofer.

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