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«Estoy amparado en la sutil mentira del arte»

Chang es el nombre del mago chino que le cambió la vida. René Lavand recuerda con nitidez el día que su tía lo llevó a ver a este hombre que hacía innumerables juegos con las cartas.

En ese entonces, Lavand, el ilusionista más grande de Argentina, sólo tenía lugar para el asombro. Quedó obsesionado con el trabajo de Chang y por eso se acercó a un amigo de su papá, quien le enseñó más juegos que ya de grande fueron la base de su carrera.  El destino quiso que un desafortunado accidente en plena euforia del carnaval le quitara su mano derecha cuando apenas tenía nueve años. Pero de eso René prefiere no hablar aunque durante muchos años pesó sobre él el mote de "el mago de una sola mano". "No me hubiera dedicado a esto si hubiera tenido las dos manos", dice tajante el creador de la frase "no se puede hacer más lento". "Yo sé que todos preguntan por eso, pero a mí ya no me gusta hablar", dice Lavand.

 
“El gran simulador” lo tiene como protagonista. El director Néstor Frenkel pasó unos días en la casa Milagro verde y el documental es producto de varias jornadas de visita y casi convivencia con Lavand. "Le agradezco mucho al director la idea y el desarrollo del documental", dice René, y cuenta: "Ya estoy cansado, pero hay que ayudar a esta producción", murmura y se entusiasma explicando que está a punto de salir de gira por Europa donde tendrá cuatro actuaciones con las que se despedirá del escenario y luego hará un espectáculo en Salta. "Me da vergüenza decir que no conozco Salta después de haber ido a cinco continentes, pero ahora voy a conocer", afirma.  
–Son muchos años de carrera, ¿cómo se vive esta época de cosecha?
–Vengo sembrando y cosechando desde los 30 años, haciendo una larga vida profesional. Llevo una larga, larga vida porque cumplo 85 en septiembre. Ha sido por cierto muy plena, de manera que debo ir pensando en un retiro. Aunque hace diez años que digo lo mismo. 
–Hay un punto en el que tal vez el retiro voluntario no exista…
–Cuando digo retiro es el de las tablas, pero no de la inquietud creativa de lo que significan para mí esos “40 talismanes pintados de cartón”, como dijo Borges refiriéndose a la baraja española, en un alejandrino perfecto. Seguiré creando, seguiré jugando en un ambiente muy lindo que es donde vivo, en Tandil. Es el momento de aceptar la etapa que me toca.
–¿Se pensó mucho fuera de las tablas?
–Sí, lo he pensado varias veces. Pero es que me hacen propuestas tentadoras no sólo desde la parte económica, sino también moralmente. Por ejemplo esta última gira, es el reencuentro con la vieja historia de Europa, con la vieja cultura, con los lindos amigos. Todos son encuentros con alguna parte de la familia. Ahora, por ejemplo, voy a verme con mis hijos y mis nietas en Galicia y luego visitar a Sevilla, un lugar que para mí significa mucho. Son lugares que tienen una historia de muchos años, una cultura que a mí me deja maravillado, además de un paisaje humano que me causa fascinación. 
–¿Cuánto tiempo trabaja usted en su laboratorio?
–No son horas prefijadas, cuando tengo ganas lo hago, cuando no tengo ganas no lo hago. Pero llevo adelante la consigna del genio del siglo pasado, de Pablo Picasso, que decía "cuando llegue la inspiración prefiero que me agarre trabajando". Hay que trabajar así llega más fácil la inspiración.
–¿Y qué pasa si lo interrumpen demasiado?
–No me molesta demasiado que me interrumpan, sí me molesta que me interrumpan demasiado… (risas)
 
 
Nuevamente en la 
pantalla grande
René Lavand a veces puede intimidar. Sus silencios son profundos, tanto como sus pensamientos. A veces vuelve a charlar desde alguna broma. Otras veces, el silencio desaparece detrás de una reflexión aguda. Así es como se lo ve en el documental de Frenkel: “No, ésta no es la remisería", dice por lo menos seis veces durante la filmación, cuando el ring del teléfono de la casa interrumpe la charla pidiendo un auto. "Estuvo muy bien que pusieran eso, pero mire, el número de mi casa y el de la remisería tienen dos cifras de diferencia, entonces ya hay un momento en que se pierde la paciencia. El director me atrapó justo cuando me quedé sin paciencia, pero ya no aguantaba más", cuenta un Lavand sonriente acerca de una de las escenas finales de su propia película. 
También, en los primeros minutos, explica que aborrece que lo llamen "mago" y que a cada uno de sus juegos, se refieran en general como "trucos". 
 –Estuvo con muchas entrevistas estos días, ¿le dijeron mago muchas veces?
–¡Sí! ¡Muchas! Pero lo tengo que corregir. Mago y truco son dos palabras para mí bastardas. Composiciones, si le parece que merecen las mías que se les llame así. Y en lugar de mago, ilusionista. Es, además, una palabra mucho más bonita. Yo estoy amparado en la sutil mentira del arte, hago ilusionismo, engaño sin engañar. Soy ilusionista y hago composiciones dentro del ilusionismo,   esa es mi manera de comunicarme artísticamente y humanamente. 
–Es un artista integral, sabe mucho de literatura, música, plástica… ¿Es propio de su generación o los nuevos ilusionistas también tienen todo ese abanico?
–Eso habría que preguntárselo a ellos porque no quiero entrar en algo que no me gustaría. Lo que yo digo es que no hay artista sin estilo; que lo busquen y ojalá lo encuentren, como por suerte lo encontré yo con el correr de los años. A los 30 ó 35 años, yo no tenía estilo, era un mago, ahora soy un artista especializado en cartas.
–Hay muchos ilusionistas hombres. ¿Qué pasa con las mujeres?
–Hay alguna que otra mujer que hace algunas especialidades dentro del ilusionismo, pero una mujer cartómana no, no conozco. Parece que no fuera femenino…  La baraja es más varonil. 
–Decía que está agotado de los viajes, pero ¿qué cosas se extrañan?
–Mire, lo que más extraño yo cuando estoy de gira es el terruño, mi casa, mi ambiente, algún amigo original que todavía me queda por milagro y el contacto con la juventud que me regenera neuronas y hace que se mueva la creatividad. De las giras se extrañan cosas y el ritmo, pero es el momento de saber que tengo que tener paz. Con zeta no con x. Tengo que aceptar la etapa que me toca vivir. 
–¿Cómo son sus días en Tandil?
–Compro horas de ocio, pero no de tedio. Como me gustan los clásicos, compro DVD y CD y veo los contrapuntos de Bach, los in crescendo de Beethoven, escucho a Mozart. Tengo un escape para matar el tedio, para que no exista y tendré un alimento para el espíritu para que me haga placentera la vida con paz con z, repito. 
–¿Siente la misma adrenalina de la primera vez cuando sube al escenario hoy?
–Concretamente sí. ¿Y sabe por qué? Porque sigo siendo el mismo artista responsable. Quien diga que no siente nada, que no siente una inquietud o no siente un bichito que lo está poniendo nervioso, no es un artista.

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