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Esto publicó El Eco de Tandil sobre el gran Fermín Daguzán

«Una de las máximas plumas que dio la ciudad y que trabajo por más de una década en El Diario El Eco de Tandil».

Con apenas 43 años y tras padecer una corta pero terminal enfermedad, la notable pluma que por 15 años ocupó la secretaría de la Redacción de este Diario falleció, dejando un profundo dolor en sus familiares, como en aquellos que supieron compartir su amistad a lo largo de sus días, así como el trabajo cotidiano en este oficio de periodista que él supo enaltecer.

Sin dudas, su paso por esta Redacción no pasó desapercibido, dejó una huella imborrable en aquellos que supieron aprovecharse de su enorme generosidad a la hora de transmitir sus conocimientos y experiencia, en un rol de docente que hoy sus “humildes discípulos” saben reconocer y homenajear cómo y cuándo pueden.
 
No sólo se trató de un gran profesional de exquisita pluma que hizo un culto del bajo perfil y la ética. Su persona de bien se trasladó a cada acto cotidiano, a cada gesto. Un cultor de la amistad y de los códigos de la buena gente, que los transfirió en toda circunstancia vivida por él a quienes lo rodearon.
 
Se trató tal vez del último exponente de aquellos días felices del periodismo y la bohemia, cuando cada cierre de edición se cargaba de adrenalina e insulto por la noticia de último momento y la crónica por escribir, para luego entregarse a la dulce espera del diario en la calle, entre whiskys y debates sobre lo que pasó ayer, y que hoy todos hablarán.   
 
Le tocó en suerte volver a la ciudad recién recibido de periodista y en el ’93, por obra y gracia del director Rogelio Rotonda, quedó al frente de una redacción mientras se daba lo que el propio Rotonda llamó la ‘segunda fundación’ del Diario. Allí, junto a otros talentos, supo conducir a un grupo de personas que recién hacía sus primeros pasos en el oficio. 
 
Mentor de una mística singular -si hasta parecía un caballero de los de antes-, que le valió incluso el mote de personaje en las entrañas de un diario, como en los bares de la ciudad, fue querido y respetado por todos, sin distinción de credos, haciendo honor a lo que se conoce por nobleza.
 
Allá por 2005, a propósito de aquel periodista y la celebración del día de la profesión, Fermín escribía: “Sigo creyendo, y no soy el único, en el destino mágico de los globos de gas y de los pájaros en viaje hacia su última morada.
En la necesidad de vender cara la derrota y salir al encuentro de las causas perdidas. Por algo de eso, y no por otra cosa, debe ser que sigo creyendo que merece la pena ser periodista”.
 
Como no podía ser de otra manera, su propia pluma resume su talento, su pensamiento. Se lo extraña…

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