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Un pelotudo importante en el Country

La nota más leída de 2012 en el sitio La Tandilura.

(Por Gerónimo Solané) El técnico en electrodomésticos se llama Enrique. Toda su vida trabajó en lo mismo. En el taller y en la calle, arreglando esos artefactos milagrosos, heladeras, lavarropas y afines, desde los más vetustos hasta los más modernos. Hace dos meses la empresa de reparaciones para la que trabaja lo envió a arreglar un lavavajillas en una casa del Country Gente Linda de Tandil, sito en la Avenida Fleming-Kirchner. La historia que sigue no sólo es absolutamente textual y verídica, sino que asciende las altas cumbres de una de las anécdotas más espléndidas –por su grotesco fashion- de la comarca.

La casa del country era espaciosa, con desniveles en sus ambientes, grandes ventanales y piso flotante. El técnico tocó timbre y esperó. Lo atendió un hombre de mediana edad. Mocasines de gamuza. Chaleco. Pañuelo cruzado al cuello. Camisa de Cardón. Le faltaba, se infiere, la barba candado –si es que no la tenía- para consumar el fisic du rol del garca.

El técnico entró con su caja de herramientas. Convocado a reparar el lavavajillas del hogar, preguntó dónde estaba la llave para cortar el agua. Entonces el Señor de la Casa, en un tono de ríspida suficiencia, le preguntó.

-¿Cuánto hace que te dedicás a esto?

Enrique presintió que la historia terminaría mal.

-Treinta años –dijo.

-¿Y no sabés que el lavavajillas trabaja sin agua? –disparó muy orondo.

El técnico tragó saliva y dijo sin sobresaltarse:

-Mire, no creo que su doméstica limpie los cubiertos con el vapor. Así que dígame dónde está la llave para…

El Señor de la Casa lo cortó en seco. Repiqueteando el mocasín del pie derecho de arriba hacia abajo contra el piso flotante del living, le asestó la frase matadora.

-Oíme, ¿qué parte no entendés? Si te digo que el lavavajillas trabaja sin agua es porque trabaja sin agua…

Enrique sintió que el asunto entraba en un punto sin retorno.

-Muy bien, usted se hace cargo del charco entonces…

Dejó la caja de herramientas, ubicó la manguera del lavavajilla y la sacó de su cauce. De inmediato un chorro de agua que tenía la misma intensidad que las Cataratas del Iguazú empezó a inundar la cocina. Después el comedor. Después el living. Enrique salió al jardín y se puso a fumar un cigarrillo. Miró por la ventana y entre los gritos del Señor de la Casa que le pedía a su esposa toallas, trapos de piso y el lugar donde se hallaría la maldita llave de paso, registró el paisaje acuático del hogar. El agua subía y bajaba por los desniveles, formando un manantial silvestre, y cuando los propietarios de la casa recién pudieron cerrar la llave, la altura del agua desde el piso flotante a la pared estaba en los quince centímetros.

Cuarenta y cinco minutos después, entre los charcos todavía húmedos, el técnico reparó el lavavajillas.

Por pudor evité preguntarle el nombre del Señor de la Casa. Pero el hombre lo definió con la maestría de la lengua popular.

-Era un pelotudo importante –me dijo Enrique, sin imaginar que su historia en este mismo momento comienza a ser leída y disfrutada por algo así como dos mil lectores y, quizá, hasta el mismísimo Señor de la Casa…

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Un pelotudo importante en el Country

La nota más leída de 2012 en el sitio La Tandilura.

(Por Gerónimo Solané) El técnico en electrodomésticos se llama Enrique. Toda su vida trabajó en lo mismo. En el taller y en la calle, arreglando esos artefactos milagrosos, heladeras, lavarropas y afines, desde los más vetustos hasta los más modernos. Hace dos meses la empresa de reparaciones para la que trabaja lo envió a arreglar un lavavajillas en una casa del Country Gente Linda de Tandil, sito en la Avenida Fleming-Kirchner. La historia que sigue no sólo es absolutamente textual y verídica, sino que asciende las altas cumbres de una de las anécdotas más espléndidas –por su grotesco fashion- de la comarca.

La casa del country era espaciosa, con desniveles en sus ambientes, grandes ventanales y piso flotante. El técnico tocó timbre y esperó. Lo atendió un hombre de mediana edad. Mocasines de gamuza. Chaleco. Pañuelo cruzado al cuello. Camisa de Cardón. Le faltaba, se infiere, la barba candado –si es que no la tenía- para consumar el fisic du rol del garca.

El técnico entró con su caja de herramientas. Convocado a reparar el lavavajillas del hogar, preguntó dónde estaba la llave para cortar el agua. Entonces el Señor de la Casa, en un tono de ríspida suficiencia, le preguntó.

-¿Cuánto hace que te dedicás a esto?

Enrique presintió que la historia terminaría mal.

-Treinta años –dijo.

-¿Y no sabés que el lavavajillas trabaja sin agua? –disparó muy orondo.

El técnico tragó saliva y dijo sin sobresaltarse:

-Mire, no creo que su doméstica limpie los cubiertos con el vapor. Así que dígame dónde está la llave para…

El Señor de la Casa lo cortó en seco. Repiqueteando el mocasín del pie derecho de arriba hacia abajo contra el piso flotante del living, le asestó la frase matadora.

-Oíme, ¿qué parte no entendés? Si te digo que el lavavajillas trabaja sin agua es porque trabaja sin agua…

Enrique sintió que el asunto entraba en un punto sin retorno.

-Muy bien, usted se hace cargo del charco entonces…

Dejó la caja de herramientas, ubicó la manguera del lavavajilla y la sacó de su cauce. De inmediato un chorro de agua que tenía la misma intensidad que las Cataratas del Iguazú empezó a inundar la cocina. Después el comedor. Después el living. Enrique salió al jardín y se puso a fumar un cigarrillo. Miró por la ventana y entre los gritos del Señor de la Casa que le pedía a su esposa toallas, trapos de piso y el lugar donde se hallaría la maldita llave de paso, registró el paisaje acuático del hogar. El agua subía y bajaba por los desniveles, formando un manantial silvestre, y cuando los propietarios de la casa recién pudieron cerrar la llave, la altura del agua desde el piso flotante a la pared estaba en los quince centímetros.

Cuarenta y cinco minutos después, entre los charcos todavía húmedos, el técnico reparó el lavavajillas.

Por pudor evité preguntarle el nombre del Señor de la Casa. Pero el hombre lo definió con la maestría de la lengua popular.

-Era un pelotudo importante –me dijo Enrique, sin imaginar que su historia en este mismo momento comienza a ser leída y disfrutada por algo así como dos mil lectores y, quizá, hasta el mismísimo Señor de la Casa…

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