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Nino: ni noción para el deporte

Anécdota sobre Nicolás Cursi contada por el “Tano” Saccone.

El Tano Saccone es un caso especial, puesto que toda su vida hizo deporte de la manera más recomendable, saludable y reconfortable que pueda existir: para cagarse de risa entre amigos.

Siempre, pero siempre, calentón y todo buscó reírse y cargar a algún rival. Abocado al tenis y al fútbol, con la raqueta hizo estragos y robó de a puntos, games y cuentan que un día casi se afana un set. Agarró al rival medio desorientado y casi le manda un 6-3 a su favor. Notable, pícaro, una vez que asumía la mentira como realidad había que discutir muchísimo para intentar hacerle entrar en razón o pedirle que afloje un poco, pero el tipo te tanteaba y en base a eso veía de cuánto podía adueñarse.

Una noche, en la que son las actuales canchas de hockey sintético del club Independiente, jugaba al fútbol con amigos (en un lugar donde no podía jugarse, je) y como era tan de noche y no se veía nada probó con una nueva maña: llevar la pelota con la mano hasta el arco rival y patear desde cerca. Increíblemente los rivales, cortos de vista todos, no se percataban (¡cómo estaría de oscuro!) y revirtió el partido hasta que un poste de la vereda se encendió de manera automática y lo agarraron con las manos en la pelota. Hay… la indignación del Negro Ibarra.

Pero una de las mejores es ésta: Nicolás Cursi había llegado, creemos, desde Necochea a la ciudad. Se instaló como un ciudadano más poniendo una despensa. Y la mujer del Tano solía comprar allí. Y le comentaba que su marido iba al club, que esto, que lo otro. Entonces Cursi una vuelta le pregunta: “¿a qué vas tanto al club, Tano?”. “Jugamos al fútbol con los muchachos. También al tenis, comemos asado. En fin, nos divertimos de lo lindo. ¿Por qué no te venís?”. Muchas veces para el recién llegado Tandil no es una ciudad fácil y Saccone lo incluyó de inmediato. Cursi, encantado. Pero le aclaró: “Mirá que yo para el deporte… no agarro una”. Saccone le explicó que la idea era divertirse pero tomó nota del dato.

Esa misma tarde Cursi se estaba vendando en el vestuario del Club Independiente y cae Roberto Calles, una de las figuras de aquellos picados. Eran tantos, solía ocurrir, que se armaban cuatro equipos y entraban y salían al son de las anotaciones. Y por ahí ocurría que pasaba media hora que no se hacían goles y los otros dos equipos esperando afuera. Calles le preguntó por lo bajo al Tano “¿y ese Gordo quién es?”. Y Saccone desplegó toda su picardía: “Es un recién llegado a Tandil, se vino a vivir. Estuvo en River. Te imaginás…”.

-¿En River?

-Sí, Nicolás Cursi. ¿No te suena?

-Puede ser.

Llegaba el momento de armar los equipos y Calles solía elegir. Entonces, el Tano le dice: “Arrancá vos, dale”. Y Roberto señala a Cursi: “Acá, al señor”. Cursi abrió los ojos sorprendidísimo, pero lo tomó como un gesto de camaradería.

Antes de comenzar, Calles le consulta sobre su ubicación predilecta dentro de la cancha. A lo que Cursi contesta: “Por acá estoy bien, gracias”. Ah, es defensor, supuso Roberto y se dispusieron a comenzar. Con seguridad, Calles tomó el balón y se lo pasó fuerte hacia atrás a Cursi que empezó a trastabillar y repiquetear de los nervios, la bola le pasó de caño y se metió en el arco. Saccone se descostillaba a carcajadas al grito: “Afuera que entramos nosotros”. Y Calles lo puteaba por lo bajo, para no quedar mal con el tal Cursi. Cuando posteriormente estaban comiendo el asado, Roberto le reprocha a Saccone: “¡Me dijiste que estuvo en River!”.

-Sí, lo que no te dije es que era cantinero…

 

Desde aquella tarde, Nicolás Cursi se convirtió en Nino: ni noción. Y cuentan que se hizo un verdadero habitué, infaltable en los picados. Hasta se puso canchero, con el tiempo, para poner el cuerpo y marcar. Una buena persona que se hizo querer. Lo increíble es que el apodo se impuso de tal forma que en todo Tandil y hasta sus nietos, en su propia casa, lo pasaron a llamar así.

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