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«Dejás de ser un gitano de lujo»

Una lesión cortó su carrera en su mejor momento. Hoy sueña con llegar a lo más alto como entrenadora. La historia de Mariana Pérez Roldán. (Linda entrevista realizada por Silvina Fiszer Adler para Perfil).

“Tenía la virtud de tener muchísima garra”, dice cuando repasa su época de tenista profesional, y el tiempo verbal suena equivocado. También queda en deuda el recorte temporal: la perseverancia, esa fuerza interna para seguir adelante, aparece, sin que la mencione, como eje de su relato. Sentada en uno de los bancos linderos a la cancha de fútbol del Club Hípico de Tandil, Mariana Pérez Roldánhace un recuento de su carrera. El viento le golpea la cara mientras ella, en diálogo con 442, se relaja y habla. Habla mucho, con seguridad, y no titubea ni escatima respuestas: sabe a la perfección los altibajos del camino recorrido, esa experiencia que, analizada al detalle y en perspectiva, forjó la base de sus objetivos, y sus sueños.

Primeros pasos. Mariana empezó a jugar tenis desde muy chica. Su padre, Raúl Pérez Roldán, trasladó a su familia a Tandil -ella es oriunda de la Ciudad de Buenos Aires- a principios de los 70, y allí comenzó a incursionar en el mundo del tenis: viajó a Estados Unidos y a Suecia, sacó lo mejor de cada escuela, aprendió de Felipe Locicero -entrenador en aquel entonces de Guillermo Vilas- y abrió su propia escuelita en la ciudad serrana. Mariana tenía siete años. Guillermo, su hermano -también extenista-, cinco. El camino, entonces, se hizo desde abajo, de a poco, y a pulmón. Ocho años después, Raúl, sus dos hijos, Franco Davin y Patricia Tarabini enfrentaron su primera gira europea. “Encaramos el viaje sin tener ningún apoyo de ningún lado, los cuatro solos, con el sacrificio que puede llegar a hacer cualquier familia de clase media”, repasa.

Hasta donde da el cuerpo. Con el norte definido, Mariana pasó ocho años de veranos alternados entre Argentina y Europa: poco descanso, pretemporadas y circuito. Así forjó a una jugadora, según ella define, de mucha garra. “Yo no fui nunca talentosa. Era una de las jugadoras más bajitas del circuito, pero tenía la virtud de tener muchísima garra. Mi tenis era mucho más mental y físico que virtuoso”, explica. Los resultados no demoraron en llegar: fue campeona nacional a los 14 años, un año después campeona sudamericana, se coronó en el ITF de Lyon y en Fidenza, alcanzó en dobles el puesto número uno junto a Patricia Tarabini, logró la final del WTA de Bregen y festejó en Lyon.

Su mejor momento, paradójicamente, coincidió con el final. Corría el año 88, había escalado en el ranking WTA hasta el puesto 39, había cosechado victorias ante jugadoras “Top Ten” como Mary Joe Fernández y Larisa Savchenko. Decidió bajarse de la semifinal de Ginebra para preservarse de cara a Roland Garros. Ese día, Mariana no sabía que el cuerpo estaba cerca de decirle basta. “Cuando entro a la cancha a jugar contra una estadounidense, gano el primer set y voy cuatro iguales cuando corro a buscar una pelota siento un dolor impresionante en la rodilla izquierda. Esa misma voluntad, garra, sacrificio, me permiten seguir jugando. Cuando salgo de la cancha me enfrío en dos minutos. No pude caminar más. Tenía fractura y desplazamiento de rótula”.

Sabatini, récord positivo y el backstage. Si bien nunca fueron amigas, Mariana asegura que mantiene una muy buena relación con las otras tenistas argentinas con las que compartió circuito: Bettina Fulco, Patricia Tarabini, Mercedes Paz y Gabriela Sabatini, con quien tiene un récord particular: “Sí, tengo un historial a favor, soy la única argentina que le ganó ocho veces ¡Y de eso no me muevo eh!”, dice, y se ríe. Además de recordarla como una excelente jugadora, habla con cariño de la que era, y es, Gabriela como persona: “Con ella compartimos un montón de cosas, y nosotras, la camada de ella, la queremos un montón. Siempre fue nuestra nena mimada, y más allá de ser nuestro referente, la protegíamos y la defendíamos”, recuerda. El cariño, hasta hoy, es recíproco. “Cualquier reunión que tengamos o que necesitemos que Gaby esté, está. Seguimos teniendo una relación linda con ella”.

De los momentos que más disfrutó de su carrera, además de los triunfos, Mariana menciona el día que conoció a su ídolo, Jimmy Connors. Jugaba su primer Roland Garros, estaba en el player lounge y tenía que subir por una escalera caracol, tan angosta que solo pasaba una persona a la vez. A mitad de camino se cruza, justo, con Connors. “Primero me quedé parada porque era él. Segundo, a lo que atinás es a bajar para que pase la celebridad ¿Y éste que hace? Para, sube y me da el paso. Me dice que por favor, que pase yo. No sé si fueron dos, tres o cuatro palabras pero para mí fue como que Dios me estaba hablando”. Los vestuarios también le dejaron lindos recuerdos. “Steffi Graf quería aprender a hablar español y no le salía. Cosas que la gente por ahí no ve porque Steffi era un freezer en la cancha. Y afuera trataba de hablar español con nosotros y le enseñábamos las malas palabras, y nos reíamos. Ese año de Connors, en París, Martina Navratilova estrenaba la remera para entrenar, se la sacaba y la tiraba al tacho de basura porque le daban la ropa. Igual que las zapatillas. Y con Pato Tarabini íbamos al tacho, las sacábamos, y las llevábamos como recuerdo. Esas cosas te quedan marcadas”.

El después. Dos años, algunas operaciones y horas de rehabilitación más tarde, Mariana se dio cuenta que no quedaba otra que abandonar. “Me dolió el intentar y no poder. Me costó mucho tener una nueva vida: pasás de ser un gitano de lujo a tener una rutina totalmente diferente. Antes tenías chofer a disposición, hotel cinco estrellas, comida de restaurante, y de golpe te encontrás con que tenés que vivir en la misma casa, cocinarte, limpiar…”, recuerda. Mariana dice que no fue fácil dejar de jugar, pero inmediatamente arrancó a dar clases, “trasmitir lo que uno puede saber”. “Acompañé dos años a Mariano Zabaleta y a Eric Colombano como un segundo apoyo de entrenador. Después fui mamá y me dediqué a eso. Me alejé por motivos personales 14 años del tenis”.

De Pescara a Tandil. Problemas familiares con su entorno tenístico fueron los motivos de un alejamiento que no le costó transitar. Separada, decidió volver a su país natal pero dedicó sus energías, luego de especializarse en Europa, a montar un centro de belleza. No perdió el contacto con el tenis, aunque ni siquiera miraba partidos por televisión. Hasta que, en 2008, gracias a la final de la Copa Davis entre Argentina y España, el Municipio de Tandil la fue a buscar.  “Me pidieron que sea un poco el nexo entre lo tenístico y lo logístico, ya que jugaban dos de Tandil y ellos mucha conexión con el tenis no tenían, y me invitan a ir. Yo había rehecho mi vida sentimental y convivía con Andrés. Cuando llegamos allá se me abrieron muchas puertas. Me empiezan a decir por qué no volvía, Andrés me empieza a pinchar. ‘Negra esto es lo tuyo, fijate como te quiere la gente, el apoyo que tenés’”.

La reacción fue conjunta, e inmediata. “Dos locos de remate, empezamos a encarar la posibilidad de explotar el tenis a través de una cancha propia en Tandil. Me abrí sola y en menos de siete meses tuve 90 chicos en la escuela, con una sola cancha”, cuenta. Raqueta en mano, volvió a sentir esa pasión que gestó de niña. “Esto es lo mío, mi ambiente, mi lugar”, se decía. La escuelita creció y los obligó a buscar un espacio más grande: se instaló con sus canchas en el Club Hípico. A la par, comenzó a trabajar en el área de desarrollo de la Asociación Argentina de Tenis junto a Modesto Tito Vázquez y en el departamento femenino, donde ya realizó cuatro capitanías con nenas sub 10, sub 12 y sub 14 en competencias nacionales e internacionales. Incluso logró la clasificación para los mundiales. Del último, en República Checa, cuenta que además de la experiencia se trajo “muchas cosas valiosas para implementar en el tenis sudamericano”. La visión de Mariana va más allá de lo inmediato: para llegar al éxito, piensa en procesos a largo plazo. Y además de reforzar el tenis femenino en Argentina, su reto tiene una ilusión personal: “Quiero irme con alguna nena de las que yo le puse la raqueta en la mano a Roland Garros. Ese es mi sueño”.

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