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Adela (Bar «Rocha», segunda parte)

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Por Leandro Vecino. Fotos: Gonzalo Celasco).

Adela no hace más que escucharnos. Quiero hablar un poco con ella. Otra vez encontramos a una mujer detrás del mostrador y no deja de extrañarnos. Pero “A” y “B” ya nos dijeron que Adela sabe manejar la casa.

“A” toma el último trago y se va. “B” charla con Gonzalo, en la otra punta de la barra. Me quedo mano a mano con Adela.

“Si viene uno nuevo, lo primero que le digo es ‘si yo le hago gesto de silencio, usted cállese la boca, tenga o no tenga razón. Porque la que manda, de la puerta para adentro, soy yo. Si no le gusta, váyase a otro lado. Yo no lo llamé’. No lo voy a echar en la primera metida de pata, porque cualquiera se puede equivocar una vez”, dice.

Adela tiene 84 años. Es baja, enjuta, parece débil. Al verla, me despierta la ternura y la fragilidad de las abuelas. Me cuenta que siempre estuvo en el bar. “Desgraciadamente”, aclara.

Nació en Entre Ríos. Creció en un campo a seis leguas de Gualeguaychú. Sus padres tenían un almacén de ramos generales. Cuando se casó se fue a vivir a Lomas de Zamora, porque su esposo consiguió trabajo en una fábrica de vidrio. “Usted no sabe cómo extrañé cuando me vine desde el campo al pueblo. Vivir en el campo y vivir en la ciudad, imagínese. Usted se despertaba y escuchaba el ruido de los animales”, recuerda.

            En 1962, vinieron a vivir a Tandil, otra vez un viaje por un puesto para su esposo. Más de una década después, él volvió a quedarse sin trabajo. “Alquilamos un bar en Mitre entre 14 de Julio y San Lorenzo. Ahí estuvimos dos años y medio. Y de ahí, compramos acá y nos vinimos”, cuenta.

            Escucho la voz de Adela mezclada con los tangos de la radio. Habla bajo, en un tono monocorde que jamás levanta. A veces no me oye bien y tengo que repetirle mis palabras. Sola, sin que se lo pregunte, me dice que atiende el bar todos los días para tener una obligación. Sola, desde hace treinta años, cuando falleció su esposo. (“Verá mi amada, feliz y enamorada / Sentir sus labios o besar con besos sabios / Y el devaneo, sentir con más deseo / Cuando sus ojos veo sedientos de pasión”) .

“Mientras mi esqueleto aguante, yo voy a seguir en el bar. Imagínese, a mí no me gusta salir a pasear. Si yo cierro el bar, ¿qué hago? Me levanto, voy a la cocina, me doy manija a la cabeza. Aunque haga la limpieza de la casa, si no hay criaturas dura todo más limpio. Yo no voy a la casa de mis vecinos, porque me parece que molesto. No me gusta salir. Y a las casas de mis hijos, tampoco voy: les digo que ellos vengan acá”.

Tiene seis hijos, quince nietos y trece bisnietos; el trece, para ella, el número de la suerte. “Yo nací un martes 13. Para los papeles, soy del 19. Mis padres estaban en el campo, y antes cobraban multa si se anotaban tarde los nacimientos”.

            Adela me dice que se trabaja poco y por eso no echa a los clientes: espera hasta que se vaya el último. “No pierdo plata, pero tampoco se hace la América –me explica–. Las cosas subieron y la gente cuida el bolsillo”.

En este bar también hay una relación especial con los habitué: “Son casi familiares. Hace años que están y siempre se portaron bien. Uno les tiene confianza”.

“Dame el humo de tu boca / Dame, que mi pasión provoca / Corre, que quiero enloquecer de placer / Sintiendo ese calor, del humo embriagador /Que acaba por prender la llama ardiente del amor”.

Hay una heladera inmensa, blanca, reluciente, contra una pared lateral. Le pregunto a Adela si todavía funciona. “Sí, pero no la tengo prendida –me dice–. La tengo para poner cosas. Esto es para una carnicería. Mi esposo no pensó que era tan grande. ¿Para qué la queremos? La usamos el primer tiempo, mientras él estuvo. Después, ya no”.

Tomo un trago de cerveza y me voy con el tango (“No es que esté arrepentido de haberte querido tanto / Lo que me apena es tu olvido / Y tu traición, me sume en amargo llanto”). Observo el cuadro de un caballo y las guardas que empapelan las paredes, también con caballos; cimarrones, presumo, imagino sobre esas pinturas; libres.

“Me encantan los caballos. Cuando pintaron acá, mis hijos me pusieron, de sorpresa, las guardas. El que es criado en el campo, bichos y plantas no le faltan”, sostiene Adela. (“Si vieras, estoy tan triste que canto por no llorar / Si para tu bien te fuiste, para tu bien yo te debo perdonar”).

            Y entre la voz de Adela, de Angel Vargas y el murmullo de la otra conversación, se escucha un cantar distinto, pero opaco por la distancia, las paredes y las puertas. La miro a Adela, le pregunto con un gesto de sorpresa: “Tengo una cotorrita australiana, una lora, un lorito de campo, común, que algo habla; un loro que no habla y un cardenal colorado”.

(“Aquella tarde que te vi, tu estampa me gustó, pebeta de arrabal / Y sin saber por qué, yo te seguí / Y el corazón te di y fue tan sólo pa’ mi mal”). “Ni ellos se metieron en mi vida, ni yo me metí en la de ellos”, me dice Adela sobre la relación de los vecinos con el bar. Me habla de un incidente menor que tuvo con unos parroquianos, pero no recuerda problemas mayores.

            El año pasado, el bar estuvo cerrado siete meses. Adela se enfermó de neumonía. Pasó tres días internada. El resto, en su casa pero cuidándose. “B” recuerda que todos los parroquianos estaban avisados sobre la situación. Y la chicanea con que a veces también miente para no abrirles. “Yo no miento. Yo digo la verdad. Si no les abro, es porque no tengo ganas”, se defiende (“Mirá si fue sincero mi querer, que nunca imaginé la hiel de tu traición / Qué solo y triste, piba, me quedé sin amor y sin fe / Y derrotado el corazón”).

            “B” toma el último trago y se despide. “La dejo con los muchachos, que aparentan ser buena gente”. Le preguntamos a Adela si deja tomarse unas fotos. No acepta. Le insistimos. No cede. “Ni siquiera a las manos, me saquen”. Adela es la imagen que querríamos llevarnos. Tendrán que imaginarla.

            Gonzalo toma fotos al lugar antes de irnos y de que Adela cierre. En la puerta para un taxi. El pasajero nos observa unos segundos a los tres, le paga al chofer y entra al bar. “¿Habrá tiempo para una cañita?”, pregunta. Adela accede. Cumple con lo que me dijo.

-Usted no me conoce –dice el hombre, bajo, con el pelo corto y cano.

-No sé –dice Adela, se encoge de hombros y hace un gesto de duda con los labios.

-Mi hijo me pidió que pase por acá y le deje un saludo. Yo soy el papá de Chirola.

-Ah…

Adela me mira y me explica: “Un cliente”.

-Está en Tucumán –cuenta el hombre.

-Mándele saludos.

Ahora entra otro, más joven. Es alto, flaco, de piel oscura y lleva el pelo largo. También pide una caña. Son dos generaciones distantes. Enseguida empiezan a hablar. Coinciden y disienten alternadamente. Así los dejamos, en plena conversación, como los ven en las fotos. Imágenes de bar.

 

-Por Leandro Vecino para Caras de Bar

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Adela (Bar «Rocha», segunda parte)

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Por Leandro Vecino. Fotos: Gonzalo Celasco).

Adela no hace más que escucharnos. Quiero hablar un poco con ella. Otra vez encontramos a una mujer detrás del mostrador y no deja de extrañarnos. Pero “A” y “B” ya nos dijeron que Adela sabe manejar la casa.

“A” toma el último trago y se va. “B” charla con Gonzalo, en la otra punta de la barra. Me quedo mano a mano con Adela.

“Si viene uno nuevo, lo primero que le digo es ‘si yo le hago gesto de silencio, usted cállese la boca, tenga o no tenga razón. Porque la que manda, de la puerta para adentro, soy yo. Si no le gusta, váyase a otro lado. Yo no lo llamé’. No lo voy a echar en la primera metida de pata, porque cualquiera se puede equivocar una vez”, dice.

Adela tiene 84 años. Es baja, enjuta, parece débil. Al verla, me despierta la ternura y la fragilidad de las abuelas. Me cuenta que siempre estuvo en el bar. “Desgraciadamente”, aclara.

Nació en Entre Ríos. Creció en un campo a seis leguas de Gualeguaychú. Sus padres tenían un almacén de ramos generales. Cuando se casó se fue a vivir a Lomas de Zamora, porque su esposo consiguió trabajo en una fábrica de vidrio. “Usted no sabe cómo extrañé cuando me vine desde el campo al pueblo. Vivir en el campo y vivir en la ciudad, imagínese. Usted se despertaba y escuchaba el ruido de los animales”, recuerda.

            En 1962, vinieron a vivir a Tandil, otra vez un viaje por un puesto para su esposo. Más de una década después, él volvió a quedarse sin trabajo. “Alquilamos un bar en Mitre entre 14 de Julio y San Lorenzo. Ahí estuvimos dos años y medio. Y de ahí, compramos acá y nos vinimos”, cuenta.

            Escucho la voz de Adela mezclada con los tangos de la radio. Habla bajo, en un tono monocorde que jamás levanta. A veces no me oye bien y tengo que repetirle mis palabras. Sola, sin que se lo pregunte, me dice que atiende el bar todos los días para tener una obligación. Sola, desde hace treinta años, cuando falleció su esposo. (“Verá mi amada, feliz y enamorada / Sentir sus labios o besar con besos sabios / Y el devaneo, sentir con más deseo / Cuando sus ojos veo sedientos de pasión”) .

“Mientras mi esqueleto aguante, yo voy a seguir en el bar. Imagínese, a mí no me gusta salir a pasear. Si yo cierro el bar, ¿qué hago? Me levanto, voy a la cocina, me doy manija a la cabeza. Aunque haga la limpieza de la casa, si no hay criaturas dura todo más limpio. Yo no voy a la casa de mis vecinos, porque me parece que molesto. No me gusta salir. Y a las casas de mis hijos, tampoco voy: les digo que ellos vengan acá”.

Tiene seis hijos, quince nietos y trece bisnietos; el trece, para ella, el número de la suerte. “Yo nací un martes 13. Para los papeles, soy del 19. Mis padres estaban en el campo, y antes cobraban multa si se anotaban tarde los nacimientos”.

            Adela me dice que se trabaja poco y por eso no echa a los clientes: espera hasta que se vaya el último. “No pierdo plata, pero tampoco se hace la América –me explica–. Las cosas subieron y la gente cuida el bolsillo”.

En este bar también hay una relación especial con los habitué: “Son casi familiares. Hace años que están y siempre se portaron bien. Uno les tiene confianza”.

“Dame el humo de tu boca / Dame, que mi pasión provoca / Corre, que quiero enloquecer de placer / Sintiendo ese calor, del humo embriagador /Que acaba por prender la llama ardiente del amor”.

Hay una heladera inmensa, blanca, reluciente, contra una pared lateral. Le pregunto a Adela si todavía funciona. “Sí, pero no la tengo prendida –me dice–. La tengo para poner cosas. Esto es para una carnicería. Mi esposo no pensó que era tan grande. ¿Para qué la queremos? La usamos el primer tiempo, mientras él estuvo. Después, ya no”.

Tomo un trago de cerveza y me voy con el tango (“No es que esté arrepentido de haberte querido tanto / Lo que me apena es tu olvido / Y tu traición, me sume en amargo llanto”). Observo el cuadro de un caballo y las guardas que empapelan las paredes, también con caballos; cimarrones, presumo, imagino sobre esas pinturas; libres.

“Me encantan los caballos. Cuando pintaron acá, mis hijos me pusieron, de sorpresa, las guardas. El que es criado en el campo, bichos y plantas no le faltan”, sostiene Adela. (“Si vieras, estoy tan triste que canto por no llorar / Si para tu bien te fuiste, para tu bien yo te debo perdonar”).

            Y entre la voz de Adela, de Angel Vargas y el murmullo de la otra conversación, se escucha un cantar distinto, pero opaco por la distancia, las paredes y las puertas. La miro a Adela, le pregunto con un gesto de sorpresa: “Tengo una cotorrita australiana, una lora, un lorito de campo, común, que algo habla; un loro que no habla y un cardenal colorado”.

(“Aquella tarde que te vi, tu estampa me gustó, pebeta de arrabal / Y sin saber por qué, yo te seguí / Y el corazón te di y fue tan sólo pa’ mi mal”). “Ni ellos se metieron en mi vida, ni yo me metí en la de ellos”, me dice Adela sobre la relación de los vecinos con el bar. Me habla de un incidente menor que tuvo con unos parroquianos, pero no recuerda problemas mayores.

            El año pasado, el bar estuvo cerrado siete meses. Adela se enfermó de neumonía. Pasó tres días internada. El resto, en su casa pero cuidándose. “B” recuerda que todos los parroquianos estaban avisados sobre la situación. Y la chicanea con que a veces también miente para no abrirles. “Yo no miento. Yo digo la verdad. Si no les abro, es porque no tengo ganas”, se defiende (“Mirá si fue sincero mi querer, que nunca imaginé la hiel de tu traición / Qué solo y triste, piba, me quedé sin amor y sin fe / Y derrotado el corazón”).

            “B” toma el último trago y se despide. “La dejo con los muchachos, que aparentan ser buena gente”. Le preguntamos a Adela si deja tomarse unas fotos. No acepta. Le insistimos. No cede. “Ni siquiera a las manos, me saquen”. Adela es la imagen que querríamos llevarnos. Tendrán que imaginarla.

            Gonzalo toma fotos al lugar antes de irnos y de que Adela cierre. En la puerta para un taxi. El pasajero nos observa unos segundos a los tres, le paga al chofer y entra al bar. “¿Habrá tiempo para una cañita?”, pregunta. Adela accede. Cumple con lo que me dijo.

-Usted no me conoce –dice el hombre, bajo, con el pelo corto y cano.

-No sé –dice Adela, se encoge de hombros y hace un gesto de duda con los labios.

-Mi hijo me pidió que pase por acá y le deje un saludo. Yo soy el papá de Chirola.

-Ah…

Adela me mira y me explica: “Un cliente”.

-Está en Tucumán –cuenta el hombre.

-Mándele saludos.

Ahora entra otro, más joven. Es alto, flaco, de piel oscura y lleva el pelo largo. También pide una caña. Son dos generaciones distantes. Enseguida empiezan a hablar. Coinciden y disienten alternadamente. Así los dejamos, en plena conversación, como los ven en las fotos. Imágenes de bar.

 

-Por Leandro Vecino para Caras de Bar

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