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«Caras de Bar»

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Textos de Leandro Vecino y fotos de Gonzalo Celasco)

Salimos en busca del primer bar. Hace frío, garúa. Estamos llenos de incertidumbre. No siempre la gente se deja fotografiar o se presta para una entrevista.

            Tomo a esta primera salida como el inicio de una serie. Sin embargo, la constancia es un problema para mí. Espero, al menos, recorramos diez bares. Y hago cuentas sobre la cantidad de páginas de los textos y cuántas fotos debemos publicar. La cabeza me trabaja muy rápido. A veces, más que lo que puedo hacer, andar, caminar. No es ningún mérito. No es para nada saludable.

            Caminamos por la estación de trenes y nos preguntamos cómo abordar un lugar que nos es desconocido. La respuesta la encontramos en la simpleza: contar, ni más ni menos, a qué vamos.

            Llegamos a la puerta. Entramos. Reacciono como he visto que lo hacen los habitué: saludo con un “Buenas noches” general, aunque no muy altisonante. Responden todos con la misma frase. Atrás viene Gonzalo, con su mochila y su cámara. También les dice “Buenas noches”, como hice yo hace segundos, y añade un coloquial “¿Cómo va?”.

            “Bien. ¿De qué otra manera vamos a estar, acá, calentitos, jugando a las cartas y tomando algo?”. Escucho esa respuesta de uno de los cuatro jugadores de mus, mientras toma su cuarta carta para otra mano, y siento que tenemos parte del camino allanado.

            Nos acercamos al mostrador. Detrás están Yolanda y Susy. “Órdago a chica”, dice uno, mientras les contamos a madre e hija para qué venimos. No ponen reparos, pero creo que estaremos por unos minutos en período de estudio. Risas, otra vez a mis espaldas; giro, mientras Gonzalo pide una cerveza. Uno de los jugadores junta las amarras y se excusa ante su compañero: “Si no les echo, se salían”. Quiero estar a un costado de la mesa, también. El mus me apasiona.

            Yolanda empieza a contarnos la historia, como un cuento. El bar está en este lugar, donde funcionara el bazar “Los Andes”, desde 1991. Antes, pasó por un local de la calle Pasteur. Susy le toca el antebrazo derecho, le pide permiso para interrumpir: “Nos vinimos a Tandil por un problemita de salud que yo tengo. Soy diabética”, cuenta, locuaz y levantando la voz porque la partida de mus gana en efervescencia. “Es que si me tomaba un ataque de diabetes donde estábamos, en el medio del campo, mis padres tenían que salir a las corridas para Tandil”.

            Susy habla con una sonrisa perenne. La escucho con atención, pero, a la vez, una parte de mi pensamiento se pregunta cómo hace su boca para hablar y estar de manera constante en forma de medialuna.

            A los diez años sufrió un coma diabético. Estuvo con sondas; el cuerpo, paralizado. El trance le dejó secuelas en el sistema nervioso. “Si vos me mirás el cuerpo, tengo todas marcas de pinchazos, por la insulina”, dice, mientras recorre su torso con las manos, sin tocarlo, sus manos van y vienen en el aire.

            Años más tarde, perdió un embarazo. Su salud volvió a un punto crítico. Anémica, hipertensa, descalcificada, perdió la visión del ojo izquierdo, con el que sólo ve un cinco por ciento. “Pero, como yo digo, me manejo con mi amigo ‘El Flaco’, que es el bastón blanco: me lleva, me trae y no me abandona. Lo tengo siempre en la cartera”. Lo cuenta sonriente y se emociona cuando recuerda a un chico de guardapolvo blanco, de escuela primaria, que la ayudó a cruzar la calle.

            Desde la mesa en la que juegan a las cartas, piden una cerveza. Susy se levanta, va hasta la heladera, toma la botella y cruza el mostrador. Le cuento a Yolanda que nos llamó la atención ver a una mujer al frente del bar. “Si tengo que poner orden, lo hago igual que un varón”, asevera. “El otro día tuve que sacar a uno a la rastra. Se hizo el tonto. Cuando estaba por cerrar, dijo: ‘Me tiro al suelo y me quedo acá calentito’. ‘Tengo que cerrar’, le dije. Se levantó y se tiró al lado del pool. Lo tuve que sacar. Se quedó un rato en la vereda y después se corrió a la de los vecinos, que llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando llegaron, salió caminando como si tal cosa”.

            Susy escucha a su madre y le pide que cuente cuando evitó una pelea en La Numancia. “Fue una discusión entre dos paisanos, después de una cuadrera. Uno manoteó el cuchillo, que lo tenía en la espalda. Cuando lo sacó de la vaina, yo, que estaba atrás, se lo agarré de la hoja. ‘Largalo o me cortás’, le dije. El paisano no quería aflojar; hasta que lo convencí y así logré que no pelearan”.

            Desde la mesa llaman a Susy. Creo que le piden algo con ademanes. Estoy de espaldas, no lo veo. “No, Luis, perdone. Hace frío”, responde Susy. “Me pidió si iba a comprarle cigarrillos”, me explica. “Yo siempre les hago algún mandado”.

            Mira el reloj. Llama a su madre. Yolanda se acerca con un botiquín. Lo abre, saca una pastilla de un blister y se la da a Susy. La toma para equilibrar el funcionamiento hormonal. Mientras, observo las viejas heladeras, un reloj antiquísimo, de madera, que ostenta un trabajo de los que ya no se hacen; dos camisetas de otras épocas, de Boca y Santamarina, que tapadas por nylons cuelgan de la pared del fondo; y un trofeo, más alto que las puertas, que el bar ganó en un campeonato de fútbol a principios de los noventa.

Gonzalo saca la cámara y pide permiso para tomar fotos. A mis espaldas, los parroquianos siguen con las partidas de mus. Me quedo con Yolanda y Susy. Les pregunto por la relación con los clientes. Escuchan a muchos, aconsejan a tantos otros. Saben que están en un lugar para la descarga emocional. Y son conscientes que el bar tiene un aura especial: “Es lo que nos dice la gente: ‘Yo si quiero tomarme una cerveza o un vaso de vino en mi casa, los tomo. Pero tomarlos acá es distinto. Tienen otro gusto”, dice Yolanda.

            Se molestan cuando les hablo de los que miran a los bares con horror. Cuentan que aquí vienen matrimonios y jóvenes solas, y nadie les falta el respeto. “Hay seis o siete chicos que a mi mamá le dicen ‘Mamá’”, acota Susy, para resaltar el carácter familiar de la casa.

            Siguen los gritos y las carcajadas en la mesa de naipes. No molestan; forman parte de la pintura que es el bar, lo que vinimos a conocer.

            Totó, el dueño, el que le da el nombre, ya está en la cama. Se levanta temprano. Es el encargado de abrir por las mañanas. “¿Papá está dormido?”, pregunta Yolanda. “Está mirando boxeo”, responde Susy. Hablamos un poco sobre el deporte de los guantes. “Mi papá tiene más de mil rincones”, dice Susy. Yolanda relata que su esposo preparaba boxeadores. Los reclutaba de Barker, Claraz, Juan N. Fernández y La Numancia, donde vivía la familia en aquel tiempo. Ninguno llegó a ser profesional. Eran trabajadores y no tenían el apoyo económico para continuar con sus carreras. Inés, una de las hijas de Yolanda y Totó, entrenaba con los púgiles, y uno de ellos se quejaba porque le pegaba mucho. Eran épocas en las que las mujeres no subían al ring. En uno de esos entrenamientos, Yolanda mostró su carácter impresionable: voló un protector cabezal y ella creyó que le habían arrancado la cabeza a un boxeador.

            De La Numancia, Susy recuerda ahora a los gitanos que acamparon unos meses a metros del boliche que tenía la familia. Rememora algo que la atormentó durante la infancia: un parroquiano le decía que era hija de gitanos que la abandonaron en una canasta, y que sus padres la tuvieron que adoptar.

            Yolanda mira a su hija y sonríe, como si la viese tres décadas atrás. Sale de su abstracción: “Las chicas gitanas se habían hecho muy amigas de nuestras hijas. Siempre se quedaban en casa a dormir. Cuando levantaron campamento, una de ellas se quiso quedar. Yo le dije a la madre ‘Dejámela, siempre va a ser tu hija, va a estar acá’. Y ella me dijo ‘bueno, pero nosotros tenemos una manera de tratar: el que deja a una hija, se tiene que llevar otra’. Obviamente le dije que no. La chica se fue llorando”.

            Son las once. Yolanda se apresta a controlarle la diabetes a Susy. “Vas a ver cómo habla la gallega”, me dice, sobre la voz que va a emitir el aparato. Gonzalo toma fotos. Todo es inimaginable hasta que uno lo ve. Los niveles de azúcar en sangre son los normales.

            Yolanda ya guardó el dispositivo. Ahora Susy me explica cómo se inyecta la insulina con el flexpen. Se acostumbró hace años a llevarla consigo. Es indispensable para su vida. Cuando iba a bailar, llevaba pegada a la cintura una caja con las jeringas. Los hombres que bailaban con ella le preguntaban si escondía una bomba.

            Se escuchan los que serán los últimos gritos y carcajadas en la mesa de cartas. Los parroquianos que jugaban al mus se acercan al mostrador. Un par paga y empieza la retirada. Los otros dos se suman a nuestra charla. Uno de los que se puso en la ronda le pregunta al primero que encara la puerta: “¿No te duele el lomo?”. Todos reímos. Y se escucha el portazo.

            Pagan la deuda y la copa del estribo. Les explico qué hacemos acá. Enseguida me cuentan cómo quieren a este lugar. No necesito pedirles la entrevista. Son conversadores por naturaleza; Luis, el santiagueño, sobre todo; Ricardo, “El Flaco”, es más callado, prefiere escuchar.

            Luis nació en La Higuera, un pueblo pequeño de Santiago del Estero. Tiene la piel renegrida, curtida en las cosechas y en la construcción. Sus manos son las de un laburante. Vino a Tandil para trabajar en el campo. Ahora se dedica a la albañilería. “A veces no me dan cinco porque soy santiagueño; pero cuando quieras venir a mis obras para ver cómo trabajo, estás invitado”, me dice. Susy lo observa y sonríe. Tiene el mismo gesto que su madre cuando, abstraída, la imaginó a ella tres décadas atrás. “Yo le enseñé a bailar –dice–. Cuando bailaba conmigo, era delgado y buen mozo”. Reímos.

            “Yo, en cambio, bajé mucho de peso”, dice Ricardo, desde la punta del mostrador. “Me mató mi mujer”, sentencia, con ironía. Volvemos a reír. Ricardo nos cuenta: “Un día salí de acá en bicicleta, como a las diez de la noche. En la bajada de Vicente López, se quebró la horquilla. Caí contra el paragolpes de un Falcon. Desperté a las dos de la mañana, tirado en la calle. Me quebré cuatro costillas. Casi me perforan el pulmón. ‘Tenés un dios aparte’, me dijeron los médicos. Tenía el dorsal como una morcilla. Estuve cinco meses acostado, en mi casa. No me podía mover y me costaba mucho respirar. Ahí fue cuando se me achicó el estómago”.

            Luis recuerda la época en la que Ricardo se ausentó del bar. “Es que venir acá es como venir a ver a mi familia”, dice. Susy cuenta que el año pasado, cuando sus padres se fueron al norte, la paraba por la calle y le preguntaba cuándo volvían, cuándo abría otra vez el bar. “Sí, señor, es verdad”, asiente Luis. “Aquí, por ejemplo, pasamos un fin de año con la familia, algunos de los que venimos”.

            Gonzalo sigue sacando fotos. A unos metros, de vez en cuando les hace algún comentario.  Yo hablo con ellos sobre el ojo que tienen los fotógrafos, una capacidad de observación diferente.

            A Luis no se le fueron las ganas de fumar. Ya compró algunos cigarros sueltos en el bar, pero quiere su atado. Entonces le insiste a Susy para que le haga el favor. Intercambian chanzas, se ríen. Susy finalmente acepta. Se abriga, saca su bastón blanco y camina hacia la puerta. Pide que no la extrañemos.

            Les pregunto si vienen cantores al bar. Me responden que sí, que la guitarra de la casa está disponible para el que quiera templarla. Me hablan de un bombisto muy talentoso, al que todos admiran. Luis nos convida cerveza. Aceptamos. La compartimos de la botella. El sigue con la música: “En la guitarra, cada día vas a aprender una nota. Vos ves que los que tocan hacen maravillas, pero todos los días aprenden. Yo siempre vengo y observo. Del que vos menos pensás, aprendés. Siempre tenés que observar y aprender. La vida es una viola: vas observando y aprendiendo”.

            “El Santiagueño” habla de la vida con la voz del que le conoce la cara de cerca. Ricardo observa, escucha. Prende un cigarrillo. Deja un poco más a Luis el lugar del narrador.

            Y si Luis habla de la vida, habla de su familia. Su esposa, sus cuatro hijos y sus dos nietos son su máximo orgullo. Los nombra repetidamente, los tiene presentes en todo momento. Cuando habla de su familia, todo el resto se vuelve insignificante. Ricardo también cuenta: tiene cuatro hijos y dos nietos, igual que Luis. Me dice algo sobre una hija. Creo no entender. O entiendo, pero me da miedo. Prefiero el silencio.

            Vuelve Susy con los cigarros. Luis le regala el vuelto, por el mandado; siempre lo hace. Susy se quita el abrigo y va por su gato siamés, otra fiel compañía. Ni siquiera el frío le desarmó la sonrisa.

            Me propongo trazar un perfil de Ricardo. Cada vez que intervino, fue afable con nosotros y tuvo humor. Pero pasó más tiempo oyendo y pitando; la mirada reconcentrada, la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás.

            Me molesta lo que antes fue cómodo, ese silencio. Le pregunto, primero, a qué se dedica. Me dice que tiene un local de compra-venta. Le pregunto, nuevamente, por su familia. Me cuenta otra vez sobre sus cuatro hijos. Le digo que hace un rato contó un episodio sobre una hija. Se lo digo con vaguedad, con rodeos, con miedo. Me repite: “Un camión la tiró a la mierda”. No dice más nada. Le pregunto si falleció. Asiente.

            Me quedo sin palabras. Aparece el mismo silencio. Intento salvarlo, me duelen los silencios. Me sale excusarme y decirle que me llamó la atención cómo lo contó la primera vez –usó un tono demasiado natural, aunque lacónico, para decir algo semejante–. Supuse, hace minutos, que había oído mal, que me había equivocado. Y no le digo que escuché el relato como si lo narrara alguien ajeno a la historia. Caigo en la cuenta, aunque tampoco me sale expresárselo, que es cierto que el tiempo se va llevando el dolor; no lo lleva del todo, pero al menos le quita un poco de peso. Será la aceptación de lo ocurrido, la resignación que provoca una verdad triste. Entre rodeos, le repito una frase a manera de cierre, como queriendo darle un final a mi línea de diálogo: “Me llamó la atención cómo me lo contó”. “¿Y cómo querés que te lo cuente”, me dice él. Leído puede sonar fuerte, violento, pero yo sé que esas palabras tienen detrás el sentido del devenir de la vida.

            Enseguida me repite que también es abuelo. Que su nieto más chico, de un año y cuatro meses, vive con él. Y que él mismo trajo al mundo a su hijo menor, que hoy tiene once años. “Mi esposa se estaba bañando y rompió bolsa. Entonces, salimos para el hospital. A la altura de la confitería de La Movediza, el bebé empezó a sacar la cabeza”. Vida.

            Son las doce. Decidimos partir. Nos despedimos con un beso a cada una de las mujeres y un apretón de manos en el caso de los hombres. Yolanda no nos cobra la cerveza. Prometemos volver. Cómo no volver. 

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«Caras de Bar»

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Textos de Leandro Vecino y fotos de Gonzalo Celasco)

Salimos en busca del primer bar. Hace frío, garúa. Estamos llenos de incertidumbre. No siempre la gente se deja fotografiar o se presta para una entrevista.

            Tomo a esta primera salida como el inicio de una serie. Sin embargo, la constancia es un problema para mí. Espero, al menos, recorramos diez bares. Y hago cuentas sobre la cantidad de páginas de los textos y cuántas fotos debemos publicar. La cabeza me trabaja muy rápido. A veces, más que lo que puedo hacer, andar, caminar. No es ningún mérito. No es para nada saludable.

            Caminamos por la estación de trenes y nos preguntamos cómo abordar un lugar que nos es desconocido. La respuesta la encontramos en la simpleza: contar, ni más ni menos, a qué vamos.

            Llegamos a la puerta. Entramos. Reacciono como he visto que lo hacen los habitué: saludo con un “Buenas noches” general, aunque no muy altisonante. Responden todos con la misma frase. Atrás viene Gonzalo, con su mochila y su cámara. También les dice “Buenas noches”, como hice yo hace segundos, y añade un coloquial “¿Cómo va?”.

            “Bien. ¿De qué otra manera vamos a estar, acá, calentitos, jugando a las cartas y tomando algo?”. Escucho esa respuesta de uno de los cuatro jugadores de mus, mientras toma su cuarta carta para otra mano, y siento que tenemos parte del camino allanado.

            Nos acercamos al mostrador. Detrás están Yolanda y Susy. “Órdago a chica”, dice uno, mientras les contamos a madre e hija para qué venimos. No ponen reparos, pero creo que estaremos por unos minutos en período de estudio. Risas, otra vez a mis espaldas; giro, mientras Gonzalo pide una cerveza. Uno de los jugadores junta las amarras y se excusa ante su compañero: “Si no les echo, se salían”. Quiero estar a un costado de la mesa, también. El mus me apasiona.

            Yolanda empieza a contarnos la historia, como un cuento. El bar está en este lugar, donde funcionara el bazar “Los Andes”, desde 1991. Antes, pasó por un local de la calle Pasteur. Susy le toca el antebrazo derecho, le pide permiso para interrumpir: “Nos vinimos a Tandil por un problemita de salud que yo tengo. Soy diabética”, cuenta, locuaz y levantando la voz porque la partida de mus gana en efervescencia. “Es que si me tomaba un ataque de diabetes donde estábamos, en el medio del campo, mis padres tenían que salir a las corridas para Tandil”.

            Susy habla con una sonrisa perenne. La escucho con atención, pero, a la vez, una parte de mi pensamiento se pregunta cómo hace su boca para hablar y estar de manera constante en forma de medialuna.

            A los diez años sufrió un coma diabético. Estuvo con sondas; el cuerpo, paralizado. El trance le dejó secuelas en el sistema nervioso. “Si vos me mirás el cuerpo, tengo todas marcas de pinchazos, por la insulina”, dice, mientras recorre su torso con las manos, sin tocarlo, sus manos van y vienen en el aire.

            Años más tarde, perdió un embarazo. Su salud volvió a un punto crítico. Anémica, hipertensa, descalcificada, perdió la visión del ojo izquierdo, con el que sólo ve un cinco por ciento. “Pero, como yo digo, me manejo con mi amigo ‘El Flaco’, que es el bastón blanco: me lleva, me trae y no me abandona. Lo tengo siempre en la cartera”. Lo cuenta sonriente y se emociona cuando recuerda a un chico de guardapolvo blanco, de escuela primaria, que la ayudó a cruzar la calle.

            Desde la mesa en la que juegan a las cartas, piden una cerveza. Susy se levanta, va hasta la heladera, toma la botella y cruza el mostrador. Le cuento a Yolanda que nos llamó la atención ver a una mujer al frente del bar. “Si tengo que poner orden, lo hago igual que un varón”, asevera. “El otro día tuve que sacar a uno a la rastra. Se hizo el tonto. Cuando estaba por cerrar, dijo: ‘Me tiro al suelo y me quedo acá calentito’. ‘Tengo que cerrar’, le dije. Se levantó y se tiró al lado del pool. Lo tuve que sacar. Se quedó un rato en la vereda y después se corrió a la de los vecinos, que llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando llegaron, salió caminando como si tal cosa”.

            Susy escucha a su madre y le pide que cuente cuando evitó una pelea en La Numancia. “Fue una discusión entre dos paisanos, después de una cuadrera. Uno manoteó el cuchillo, que lo tenía en la espalda. Cuando lo sacó de la vaina, yo, que estaba atrás, se lo agarré de la hoja. ‘Largalo o me cortás’, le dije. El paisano no quería aflojar; hasta que lo convencí y así logré que no pelearan”.

            Desde la mesa llaman a Susy. Creo que le piden algo con ademanes. Estoy de espaldas, no lo veo. “No, Luis, perdone. Hace frío”, responde Susy. “Me pidió si iba a comprarle cigarrillos”, me explica. “Yo siempre les hago algún mandado”.

            Mira el reloj. Llama a su madre. Yolanda se acerca con un botiquín. Lo abre, saca una pastilla de un blister y se la da a Susy. La toma para equilibrar el funcionamiento hormonal. Mientras, observo las viejas heladeras, un reloj antiquísimo, de madera, que ostenta un trabajo de los que ya no se hacen; dos camisetas de otras épocas, de Boca y Santamarina, que tapadas por nylons cuelgan de la pared del fondo; y un trofeo, más alto que las puertas, que el bar ganó en un campeonato de fútbol a principios de los noventa.

Gonzalo saca la cámara y pide permiso para tomar fotos. A mis espaldas, los parroquianos siguen con las partidas de mus. Me quedo con Yolanda y Susy. Les pregunto por la relación con los clientes. Escuchan a muchos, aconsejan a tantos otros. Saben que están en un lugar para la descarga emocional. Y son conscientes que el bar tiene un aura especial: “Es lo que nos dice la gente: ‘Yo si quiero tomarme una cerveza o un vaso de vino en mi casa, los tomo. Pero tomarlos acá es distinto. Tienen otro gusto”, dice Yolanda.

            Se molestan cuando les hablo de los que miran a los bares con horror. Cuentan que aquí vienen matrimonios y jóvenes solas, y nadie les falta el respeto. “Hay seis o siete chicos que a mi mamá le dicen ‘Mamá’”, acota Susy, para resaltar el carácter familiar de la casa.

            Siguen los gritos y las carcajadas en la mesa de naipes. No molestan; forman parte de la pintura que es el bar, lo que vinimos a conocer.

            Totó, el dueño, el que le da el nombre, ya está en la cama. Se levanta temprano. Es el encargado de abrir por las mañanas. “¿Papá está dormido?”, pregunta Yolanda. “Está mirando boxeo”, responde Susy. Hablamos un poco sobre el deporte de los guantes. “Mi papá tiene más de mil rincones”, dice Susy. Yolanda relata que su esposo preparaba boxeadores. Los reclutaba de Barker, Claraz, Juan N. Fernández y La Numancia, donde vivía la familia en aquel tiempo. Ninguno llegó a ser profesional. Eran trabajadores y no tenían el apoyo económico para continuar con sus carreras. Inés, una de las hijas de Yolanda y Totó, entrenaba con los púgiles, y uno de ellos se quejaba porque le pegaba mucho. Eran épocas en las que las mujeres no subían al ring. En uno de esos entrenamientos, Yolanda mostró su carácter impresionable: voló un protector cabezal y ella creyó que le habían arrancado la cabeza a un boxeador.

            De La Numancia, Susy recuerda ahora a los gitanos que acamparon unos meses a metros del boliche que tenía la familia. Rememora algo que la atormentó durante la infancia: un parroquiano le decía que era hija de gitanos que la abandonaron en una canasta, y que sus padres la tuvieron que adoptar.

            Yolanda mira a su hija y sonríe, como si la viese tres décadas atrás. Sale de su abstracción: “Las chicas gitanas se habían hecho muy amigas de nuestras hijas. Siempre se quedaban en casa a dormir. Cuando levantaron campamento, una de ellas se quiso quedar. Yo le dije a la madre ‘Dejámela, siempre va a ser tu hija, va a estar acá’. Y ella me dijo ‘bueno, pero nosotros tenemos una manera de tratar: el que deja a una hija, se tiene que llevar otra’. Obviamente le dije que no. La chica se fue llorando”.

            Son las once. Yolanda se apresta a controlarle la diabetes a Susy. “Vas a ver cómo habla la gallega”, me dice, sobre la voz que va a emitir el aparato. Gonzalo toma fotos. Todo es inimaginable hasta que uno lo ve. Los niveles de azúcar en sangre son los normales.

            Yolanda ya guardó el dispositivo. Ahora Susy me explica cómo se inyecta la insulina con el flexpen. Se acostumbró hace años a llevarla consigo. Es indispensable para su vida. Cuando iba a bailar, llevaba pegada a la cintura una caja con las jeringas. Los hombres que bailaban con ella le preguntaban si escondía una bomba.

            Se escuchan los que serán los últimos gritos y carcajadas en la mesa de cartas. Los parroquianos que jugaban al mus se acercan al mostrador. Un par paga y empieza la retirada. Los otros dos se suman a nuestra charla. Uno de los que se puso en la ronda le pregunta al primero que encara la puerta: “¿No te duele el lomo?”. Todos reímos. Y se escucha el portazo.

            Pagan la deuda y la copa del estribo. Les explico qué hacemos acá. Enseguida me cuentan cómo quieren a este lugar. No necesito pedirles la entrevista. Son conversadores por naturaleza; Luis, el santiagueño, sobre todo; Ricardo, “El Flaco”, es más callado, prefiere escuchar.

            Luis nació en La Higuera, un pueblo pequeño de Santiago del Estero. Tiene la piel renegrida, curtida en las cosechas y en la construcción. Sus manos son las de un laburante. Vino a Tandil para trabajar en el campo. Ahora se dedica a la albañilería. “A veces no me dan cinco porque soy santiagueño; pero cuando quieras venir a mis obras para ver cómo trabajo, estás invitado”, me dice. Susy lo observa y sonríe. Tiene el mismo gesto que su madre cuando, abstraída, la imaginó a ella tres décadas atrás. “Yo le enseñé a bailar –dice–. Cuando bailaba conmigo, era delgado y buen mozo”. Reímos.

            “Yo, en cambio, bajé mucho de peso”, dice Ricardo, desde la punta del mostrador. “Me mató mi mujer”, sentencia, con ironía. Volvemos a reír. Ricardo nos cuenta: “Un día salí de acá en bicicleta, como a las diez de la noche. En la bajada de Vicente López, se quebró la horquilla. Caí contra el paragolpes de un Falcon. Desperté a las dos de la mañana, tirado en la calle. Me quebré cuatro costillas. Casi me perforan el pulmón. ‘Tenés un dios aparte’, me dijeron los médicos. Tenía el dorsal como una morcilla. Estuve cinco meses acostado, en mi casa. No me podía mover y me costaba mucho respirar. Ahí fue cuando se me achicó el estómago”.

            Luis recuerda la época en la que Ricardo se ausentó del bar. “Es que venir acá es como venir a ver a mi familia”, dice. Susy cuenta que el año pasado, cuando sus padres se fueron al norte, la paraba por la calle y le preguntaba cuándo volvían, cuándo abría otra vez el bar. “Sí, señor, es verdad”, asiente Luis. “Aquí, por ejemplo, pasamos un fin de año con la familia, algunos de los que venimos”.

            Gonzalo sigue sacando fotos. A unos metros, de vez en cuando les hace algún comentario.  Yo hablo con ellos sobre el ojo que tienen los fotógrafos, una capacidad de observación diferente.

            A Luis no se le fueron las ganas de fumar. Ya compró algunos cigarros sueltos en el bar, pero quiere su atado. Entonces le insiste a Susy para que le haga el favor. Intercambian chanzas, se ríen. Susy finalmente acepta. Se abriga, saca su bastón blanco y camina hacia la puerta. Pide que no la extrañemos.

            Les pregunto si vienen cantores al bar. Me responden que sí, que la guitarra de la casa está disponible para el que quiera templarla. Me hablan de un bombisto muy talentoso, al que todos admiran. Luis nos convida cerveza. Aceptamos. La compartimos de la botella. El sigue con la música: “En la guitarra, cada día vas a aprender una nota. Vos ves que los que tocan hacen maravillas, pero todos los días aprenden. Yo siempre vengo y observo. Del que vos menos pensás, aprendés. Siempre tenés que observar y aprender. La vida es una viola: vas observando y aprendiendo”.

            “El Santiagueño” habla de la vida con la voz del que le conoce la cara de cerca. Ricardo observa, escucha. Prende un cigarrillo. Deja un poco más a Luis el lugar del narrador.

            Y si Luis habla de la vida, habla de su familia. Su esposa, sus cuatro hijos y sus dos nietos son su máximo orgullo. Los nombra repetidamente, los tiene presentes en todo momento. Cuando habla de su familia, todo el resto se vuelve insignificante. Ricardo también cuenta: tiene cuatro hijos y dos nietos, igual que Luis. Me dice algo sobre una hija. Creo no entender. O entiendo, pero me da miedo. Prefiero el silencio.

            Vuelve Susy con los cigarros. Luis le regala el vuelto, por el mandado; siempre lo hace. Susy se quita el abrigo y va por su gato siamés, otra fiel compañía. Ni siquiera el frío le desarmó la sonrisa.

            Me propongo trazar un perfil de Ricardo. Cada vez que intervino, fue afable con nosotros y tuvo humor. Pero pasó más tiempo oyendo y pitando; la mirada reconcentrada, la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás.

            Me molesta lo que antes fue cómodo, ese silencio. Le pregunto, primero, a qué se dedica. Me dice que tiene un local de compra-venta. Le pregunto, nuevamente, por su familia. Me cuenta otra vez sobre sus cuatro hijos. Le digo que hace un rato contó un episodio sobre una hija. Se lo digo con vaguedad, con rodeos, con miedo. Me repite: “Un camión la tiró a la mierda”. No dice más nada. Le pregunto si falleció. Asiente.

            Me quedo sin palabras. Aparece el mismo silencio. Intento salvarlo, me duelen los silencios. Me sale excusarme y decirle que me llamó la atención cómo lo contó la primera vez –usó un tono demasiado natural, aunque lacónico, para decir algo semejante–. Supuse, hace minutos, que había oído mal, que me había equivocado. Y no le digo que escuché el relato como si lo narrara alguien ajeno a la historia. Caigo en la cuenta, aunque tampoco me sale expresárselo, que es cierto que el tiempo se va llevando el dolor; no lo lleva del todo, pero al menos le quita un poco de peso. Será la aceptación de lo ocurrido, la resignación que provoca una verdad triste. Entre rodeos, le repito una frase a manera de cierre, como queriendo darle un final a mi línea de diálogo: “Me llamó la atención cómo me lo contó”. “¿Y cómo querés que te lo cuente”, me dice él. Leído puede sonar fuerte, violento, pero yo sé que esas palabras tienen detrás el sentido del devenir de la vida.

            Enseguida me repite que también es abuelo. Que su nieto más chico, de un año y cuatro meses, vive con él. Y que él mismo trajo al mundo a su hijo menor, que hoy tiene once años. “Mi esposa se estaba bañando y rompió bolsa. Entonces, salimos para el hospital. A la altura de la confitería de La Movediza, el bebé empezó a sacar la cabeza”. Vida.

            Son las doce. Decidimos partir. Nos despedimos con un beso a cada una de las mujeres y un apretón de manos en el caso de los hombres. Yolanda no nos cobra la cerveza. Prometemos volver. Cómo no volver. 

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«Caras de Bar»

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Textos de Leandro Vecino y fotos de Gonzalo Celasco)

Salimos en busca del primer bar. Hace frío, garúa. Estamos llenos de incertidumbre. No siempre la gente se deja fotografiar o se presta para una entrevista.

            Tomo a esta primera salida como el inicio de una serie. Sin embargo, la constancia es un problema para mí. Espero, al menos, recorramos diez bares. Y hago cuentas sobre la cantidad de páginas de los textos y cuántas fotos debemos publicar. La cabeza me trabaja muy rápido. A veces, más que lo que puedo hacer, andar, caminar. No es ningún mérito. No es para nada saludable.

            Caminamos por la estación de trenes y nos preguntamos cómo abordar un lugar que nos es desconocido. La respuesta la encontramos en la simpleza: contar, ni más ni menos, a qué vamos.

            Llegamos a la puerta. Entramos. Reacciono como he visto que lo hacen los habitué: saludo con un “Buenas noches” general, aunque no muy altisonante. Responden todos con la misma frase. Atrás viene Gonzalo, con su mochila y su cámara. También les dice “Buenas noches”, como hice yo hace segundos, y añade un coloquial “¿Cómo va?”.

            “Bien. ¿De qué otra manera vamos a estar, acá, calentitos, jugando a las cartas y tomando algo?”. Escucho esa respuesta de uno de los cuatro jugadores de mus, mientras toma su cuarta carta para otra mano, y siento que tenemos parte del camino allanado.

            Nos acercamos al mostrador. Detrás están Yolanda y Susy. “Órdago a chica”, dice uno, mientras les contamos a madre e hija para qué venimos. No ponen reparos, pero creo que estaremos por unos minutos en período de estudio. Risas, otra vez a mis espaldas; giro, mientras Gonzalo pide una cerveza. Uno de los jugadores junta las amarras y se excusa ante su compañero: “Si no les echo, se salían”. Quiero estar a un costado de la mesa, también. El mus me apasiona.

            Yolanda empieza a contarnos la historia, como un cuento. El bar está en este lugar, donde funcionara el bazar “Los Andes”, desde 1991. Antes, pasó por un local de la calle Pasteur. Susy le toca el antebrazo derecho, le pide permiso para interrumpir: “Nos vinimos a Tandil por un problemita de salud que yo tengo. Soy diabética”, cuenta, locuaz y levantando la voz porque la partida de mus gana en efervescencia. “Es que si me tomaba un ataque de diabetes donde estábamos, en el medio del campo, mis padres tenían que salir a las corridas para Tandil”.

            Susy habla con una sonrisa perenne. La escucho con atención, pero, a la vez, una parte de mi pensamiento se pregunta cómo hace su boca para hablar y estar de manera constante en forma de medialuna.

            A los diez años sufrió un coma diabético. Estuvo con sondas; el cuerpo, paralizado. El trance le dejó secuelas en el sistema nervioso. “Si vos me mirás el cuerpo, tengo todas marcas de pinchazos, por la insulina”, dice, mientras recorre su torso con las manos, sin tocarlo, sus manos van y vienen en el aire.

            Años más tarde, perdió un embarazo. Su salud volvió a un punto crítico. Anémica, hipertensa, descalcificada, perdió la visión del ojo izquierdo, con el que sólo ve un cinco por ciento. “Pero, como yo digo, me manejo con mi amigo ‘El Flaco’, que es el bastón blanco: me lleva, me trae y no me abandona. Lo tengo siempre en la cartera”. Lo cuenta sonriente y se emociona cuando recuerda a un chico de guardapolvo blanco, de escuela primaria, que la ayudó a cruzar la calle.

            Desde la mesa en la que juegan a las cartas, piden una cerveza. Susy se levanta, va hasta la heladera, toma la botella y cruza el mostrador. Le cuento a Yolanda que nos llamó la atención ver a una mujer al frente del bar. “Si tengo que poner orden, lo hago igual que un varón”, asevera. “El otro día tuve que sacar a uno a la rastra. Se hizo el tonto. Cuando estaba por cerrar, dijo: ‘Me tiro al suelo y me quedo acá calentito’. ‘Tengo que cerrar’, le dije. Se levantó y se tiró al lado del pool. Lo tuve que sacar. Se quedó un rato en la vereda y después se corrió a la de los vecinos, que llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando llegaron, salió caminando como si tal cosa”.

            Susy escucha a su madre y le pide que cuente cuando evitó una pelea en La Numancia. “Fue una discusión entre dos paisanos, después de una cuadrera. Uno manoteó el cuchillo, que lo tenía en la espalda. Cuando lo sacó de la vaina, yo, que estaba atrás, se lo agarré de la hoja. ‘Largalo o me cortás’, le dije. El paisano no quería aflojar; hasta que lo convencí y así logré que no pelearan”.

            Desde la mesa llaman a Susy. Creo que le piden algo con ademanes. Estoy de espaldas, no lo veo. “No, Luis, perdone. Hace frío”, responde Susy. “Me pidió si iba a comprarle cigarrillos”, me explica. “Yo siempre les hago algún mandado”.

            Mira el reloj. Llama a su madre. Yolanda se acerca con un botiquín. Lo abre, saca una pastilla de un blister y se la da a Susy. La toma para equilibrar el funcionamiento hormonal. Mientras, observo las viejas heladeras, un reloj antiquísimo, de madera, que ostenta un trabajo de los que ya no se hacen; dos camisetas de otras épocas, de Boca y Santamarina, que tapadas por nylons cuelgan de la pared del fondo; y un trofeo, más alto que las puertas, que el bar ganó en un campeonato de fútbol a principios de los noventa.

Gonzalo saca la cámara y pide permiso para tomar fotos. A mis espaldas, los parroquianos siguen con las partidas de mus. Me quedo con Yolanda y Susy. Les pregunto por la relación con los clientes. Escuchan a muchos, aconsejan a tantos otros. Saben que están en un lugar para la descarga emocional. Y son conscientes que el bar tiene un aura especial: “Es lo que nos dice la gente: ‘Yo si quiero tomarme una cerveza o un vaso de vino en mi casa, los tomo. Pero tomarlos acá es distinto. Tienen otro gusto”, dice Yolanda.

            Se molestan cuando les hablo de los que miran a los bares con horror. Cuentan que aquí vienen matrimonios y jóvenes solas, y nadie les falta el respeto. “Hay seis o siete chicos que a mi mamá le dicen ‘Mamá’”, acota Susy, para resaltar el carácter familiar de la casa.

            Siguen los gritos y las carcajadas en la mesa de naipes. No molestan; forman parte de la pintura que es el bar, lo que vinimos a conocer.

            Totó, el dueño, el que le da el nombre, ya está en la cama. Se levanta temprano. Es el encargado de abrir por las mañanas. “¿Papá está dormido?”, pregunta Yolanda. “Está mirando boxeo”, responde Susy. Hablamos un poco sobre el deporte de los guantes. “Mi papá tiene más de mil rincones”, dice Susy. Yolanda relata que su esposo preparaba boxeadores. Los reclutaba de Barker, Claraz, Juan N. Fernández y La Numancia, donde vivía la familia en aquel tiempo. Ninguno llegó a ser profesional. Eran trabajadores y no tenían el apoyo económico para continuar con sus carreras. Inés, una de las hijas de Yolanda y Totó, entrenaba con los púgiles, y uno de ellos se quejaba porque le pegaba mucho. Eran épocas en las que las mujeres no subían al ring. En uno de esos entrenamientos, Yolanda mostró su carácter impresionable: voló un protector cabezal y ella creyó que le habían arrancado la cabeza a un boxeador.

            De La Numancia, Susy recuerda ahora a los gitanos que acamparon unos meses a metros del boliche que tenía la familia. Rememora algo que la atormentó durante la infancia: un parroquiano le decía que era hija de gitanos que la abandonaron en una canasta, y que sus padres la tuvieron que adoptar.

            Yolanda mira a su hija y sonríe, como si la viese tres décadas atrás. Sale de su abstracción: “Las chicas gitanas se habían hecho muy amigas de nuestras hijas. Siempre se quedaban en casa a dormir. Cuando levantaron campamento, una de ellas se quiso quedar. Yo le dije a la madre ‘Dejámela, siempre va a ser tu hija, va a estar acá’. Y ella me dijo ‘bueno, pero nosotros tenemos una manera de tratar: el que deja a una hija, se tiene que llevar otra’. Obviamente le dije que no. La chica se fue llorando”.

            Son las once. Yolanda se apresta a controlarle la diabetes a Susy. “Vas a ver cómo habla la gallega”, me dice, sobre la voz que va a emitir el aparato. Gonzalo toma fotos. Todo es inimaginable hasta que uno lo ve. Los niveles de azúcar en sangre son los normales.

            Yolanda ya guardó el dispositivo. Ahora Susy me explica cómo se inyecta la insulina con el flexpen. Se acostumbró hace años a llevarla consigo. Es indispensable para su vida. Cuando iba a bailar, llevaba pegada a la cintura una caja con las jeringas. Los hombres que bailaban con ella le preguntaban si escondía una bomba.

            Se escuchan los que serán los últimos gritos y carcajadas en la mesa de cartas. Los parroquianos que jugaban al mus se acercan al mostrador. Un par paga y empieza la retirada. Los otros dos se suman a nuestra charla. Uno de los que se puso en la ronda le pregunta al primero que encara la puerta: “¿No te duele el lomo?”. Todos reímos. Y se escucha el portazo.

            Pagan la deuda y la copa del estribo. Les explico qué hacemos acá. Enseguida me cuentan cómo quieren a este lugar. No necesito pedirles la entrevista. Son conversadores por naturaleza; Luis, el santiagueño, sobre todo; Ricardo, “El Flaco”, es más callado, prefiere escuchar.

            Luis nació en La Higuera, un pueblo pequeño de Santiago del Estero. Tiene la piel renegrida, curtida en las cosechas y en la construcción. Sus manos son las de un laburante. Vino a Tandil para trabajar en el campo. Ahora se dedica a la albañilería. “A veces no me dan cinco porque soy santiagueño; pero cuando quieras venir a mis obras para ver cómo trabajo, estás invitado”, me dice. Susy lo observa y sonríe. Tiene el mismo gesto que su madre cuando, abstraída, la imaginó a ella tres décadas atrás. “Yo le enseñé a bailar –dice–. Cuando bailaba conmigo, era delgado y buen mozo”. Reímos.

            “Yo, en cambio, bajé mucho de peso”, dice Ricardo, desde la punta del mostrador. “Me mató mi mujer”, sentencia, con ironía. Volvemos a reír. Ricardo nos cuenta: “Un día salí de acá en bicicleta, como a las diez de la noche. En la bajada de Vicente López, se quebró la horquilla. Caí contra el paragolpes de un Falcon. Desperté a las dos de la mañana, tirado en la calle. Me quebré cuatro costillas. Casi me perforan el pulmón. ‘Tenés un dios aparte’, me dijeron los médicos. Tenía el dorsal como una morcilla. Estuve cinco meses acostado, en mi casa. No me podía mover y me costaba mucho respirar. Ahí fue cuando se me achicó el estómago”.

            Luis recuerda la época en la que Ricardo se ausentó del bar. “Es que venir acá es como venir a ver a mi familia”, dice. Susy cuenta que el año pasado, cuando sus padres se fueron al norte, la paraba por la calle y le preguntaba cuándo volvían, cuándo abría otra vez el bar. “Sí, señor, es verdad”, asiente Luis. “Aquí, por ejemplo, pasamos un fin de año con la familia, algunos de los que venimos”.

            Gonzalo sigue sacando fotos. A unos metros, de vez en cuando les hace algún comentario.  Yo hablo con ellos sobre el ojo que tienen los fotógrafos, una capacidad de observación diferente.

            A Luis no se le fueron las ganas de fumar. Ya compró algunos cigarros sueltos en el bar, pero quiere su atado. Entonces le insiste a Susy para que le haga el favor. Intercambian chanzas, se ríen. Susy finalmente acepta. Se abriga, saca su bastón blanco y camina hacia la puerta. Pide que no la extrañemos.

            Les pregunto si vienen cantores al bar. Me responden que sí, que la guitarra de la casa está disponible para el que quiera templarla. Me hablan de un bombisto muy talentoso, al que todos admiran. Luis nos convida cerveza. Aceptamos. La compartimos de la botella. El sigue con la música: “En la guitarra, cada día vas a aprender una nota. Vos ves que los que tocan hacen maravillas, pero todos los días aprenden. Yo siempre vengo y observo. Del que vos menos pensás, aprendés. Siempre tenés que observar y aprender. La vida es una viola: vas observando y aprendiendo”.

            “El Santiagueño” habla de la vida con la voz del que le conoce la cara de cerca. Ricardo observa, escucha. Prende un cigarrillo. Deja un poco más a Luis el lugar del narrador.

            Y si Luis habla de la vida, habla de su familia. Su esposa, sus cuatro hijos y sus dos nietos son su máximo orgullo. Los nombra repetidamente, los tiene presentes en todo momento. Cuando habla de su familia, todo el resto se vuelve insignificante. Ricardo también cuenta: tiene cuatro hijos y dos nietos, igual que Luis. Me dice algo sobre una hija. Creo no entender. O entiendo, pero me da miedo. Prefiero el silencio.

            Vuelve Susy con los cigarros. Luis le regala el vuelto, por el mandado; siempre lo hace. Susy se quita el abrigo y va por su gato siamés, otra fiel compañía. Ni siquiera el frío le desarmó la sonrisa.

            Me propongo trazar un perfil de Ricardo. Cada vez que intervino, fue afable con nosotros y tuvo humor. Pero pasó más tiempo oyendo y pitando; la mirada reconcentrada, la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás.

            Me molesta lo que antes fue cómodo, ese silencio. Le pregunto, primero, a qué se dedica. Me dice que tiene un local de compra-venta. Le pregunto, nuevamente, por su familia. Me cuenta otra vez sobre sus cuatro hijos. Le digo que hace un rato contó un episodio sobre una hija. Se lo digo con vaguedad, con rodeos, con miedo. Me repite: “Un camión la tiró a la mierda”. No dice más nada. Le pregunto si falleció. Asiente.

            Me quedo sin palabras. Aparece el mismo silencio. Intento salvarlo, me duelen los silencios. Me sale excusarme y decirle que me llamó la atención cómo lo contó la primera vez –usó un tono demasiado natural, aunque lacónico, para decir algo semejante–. Supuse, hace minutos, que había oído mal, que me había equivocado. Y no le digo que escuché el relato como si lo narrara alguien ajeno a la historia. Caigo en la cuenta, aunque tampoco me sale expresárselo, que es cierto que el tiempo se va llevando el dolor; no lo lleva del todo, pero al menos le quita un poco de peso. Será la aceptación de lo ocurrido, la resignación que provoca una verdad triste. Entre rodeos, le repito una frase a manera de cierre, como queriendo darle un final a mi línea de diálogo: “Me llamó la atención cómo me lo contó”. “¿Y cómo querés que te lo cuente”, me dice él. Leído puede sonar fuerte, violento, pero yo sé que esas palabras tienen detrás el sentido del devenir de la vida.

            Enseguida me repite que también es abuelo. Que su nieto más chico, de un año y cuatro meses, vive con él. Y que él mismo trajo al mundo a su hijo menor, que hoy tiene once años. “Mi esposa se estaba bañando y rompió bolsa. Entonces, salimos para el hospital. A la altura de la confitería de La Movediza, el bebé empezó a sacar la cabeza”. Vida.

            Son las doce. Decidimos partir. Nos despedimos con un beso a cada una de las mujeres y un apretón de manos en el caso de los hombres. Yolanda no nos cobra la cerveza. Prometemos volver. Cómo no volver. 

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«Caras de Bar»

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Textos de Leandro Vecino y fotos de Gonzalo Celasco)

Salimos en busca del primer bar. Hace frío, garúa. Estamos llenos de incertidumbre. No siempre la gente se deja fotografiar o se presta para una entrevista.

            Tomo a esta primera salida como el inicio de una serie. Sin embargo, la constancia es un problema para mí. Espero, al menos, recorramos diez bares. Y hago cuentas sobre la cantidad de páginas de los textos y cuántas fotos debemos publicar. La cabeza me trabaja muy rápido. A veces, más que lo que puedo hacer, andar, caminar. No es ningún mérito. No es para nada saludable.

            Caminamos por la estación de trenes y nos preguntamos cómo abordar un lugar que nos es desconocido. La respuesta la encontramos en la simpleza: contar, ni más ni menos, a qué vamos.

            Llegamos a la puerta. Entramos. Reacciono como he visto que lo hacen los habitué: saludo con un “Buenas noches” general, aunque no muy altisonante. Responden todos con la misma frase. Atrás viene Gonzalo, con su mochila y su cámara. También les dice “Buenas noches”, como hice yo hace segundos, y añade un coloquial “¿Cómo va?”.

            “Bien. ¿De qué otra manera vamos a estar, acá, calentitos, jugando a las cartas y tomando algo?”. Escucho esa respuesta de uno de los cuatro jugadores de mus, mientras toma su cuarta carta para otra mano, y siento que tenemos parte del camino allanado.

            Nos acercamos al mostrador. Detrás están Yolanda y Susy. “Órdago a chica”, dice uno, mientras les contamos a madre e hija para qué venimos. No ponen reparos, pero creo que estaremos por unos minutos en período de estudio. Risas, otra vez a mis espaldas; giro, mientras Gonzalo pide una cerveza. Uno de los jugadores junta las amarras y se excusa ante su compañero: “Si no les echo, se salían”. Quiero estar a un costado de la mesa, también. El mus me apasiona.

            Yolanda empieza a contarnos la historia, como un cuento. El bar está en este lugar, donde funcionara el bazar “Los Andes”, desde 1991. Antes, pasó por un local de la calle Pasteur. Susy le toca el antebrazo derecho, le pide permiso para interrumpir: “Nos vinimos a Tandil por un problemita de salud que yo tengo. Soy diabética”, cuenta, locuaz y levantando la voz porque la partida de mus gana en efervescencia. “Es que si me tomaba un ataque de diabetes donde estábamos, en el medio del campo, mis padres tenían que salir a las corridas para Tandil”.

            Susy habla con una sonrisa perenne. La escucho con atención, pero, a la vez, una parte de mi pensamiento se pregunta cómo hace su boca para hablar y estar de manera constante en forma de medialuna.

            A los diez años sufrió un coma diabético. Estuvo con sondas; el cuerpo, paralizado. El trance le dejó secuelas en el sistema nervioso. “Si vos me mirás el cuerpo, tengo todas marcas de pinchazos, por la insulina”, dice, mientras recorre su torso con las manos, sin tocarlo, sus manos van y vienen en el aire.

            Años más tarde, perdió un embarazo. Su salud volvió a un punto crítico. Anémica, hipertensa, descalcificada, perdió la visión del ojo izquierdo, con el que sólo ve un cinco por ciento. “Pero, como yo digo, me manejo con mi amigo ‘El Flaco’, que es el bastón blanco: me lleva, me trae y no me abandona. Lo tengo siempre en la cartera”. Lo cuenta sonriente y se emociona cuando recuerda a un chico de guardapolvo blanco, de escuela primaria, que la ayudó a cruzar la calle.

            Desde la mesa en la que juegan a las cartas, piden una cerveza. Susy se levanta, va hasta la heladera, toma la botella y cruza el mostrador. Le cuento a Yolanda que nos llamó la atención ver a una mujer al frente del bar. “Si tengo que poner orden, lo hago igual que un varón”, asevera. “El otro día tuve que sacar a uno a la rastra. Se hizo el tonto. Cuando estaba por cerrar, dijo: ‘Me tiro al suelo y me quedo acá calentito’. ‘Tengo que cerrar’, le dije. Se levantó y se tiró al lado del pool. Lo tuve que sacar. Se quedó un rato en la vereda y después se corrió a la de los vecinos, que llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando llegaron, salió caminando como si tal cosa”.

            Susy escucha a su madre y le pide que cuente cuando evitó una pelea en La Numancia. “Fue una discusión entre dos paisanos, después de una cuadrera. Uno manoteó el cuchillo, que lo tenía en la espalda. Cuando lo sacó de la vaina, yo, que estaba atrás, se lo agarré de la hoja. ‘Largalo o me cortás’, le dije. El paisano no quería aflojar; hasta que lo convencí y así logré que no pelearan”.

            Desde la mesa llaman a Susy. Creo que le piden algo con ademanes. Estoy de espaldas, no lo veo. “No, Luis, perdone. Hace frío”, responde Susy. “Me pidió si iba a comprarle cigarrillos”, me explica. “Yo siempre les hago algún mandado”.

            Mira el reloj. Llama a su madre. Yolanda se acerca con un botiquín. Lo abre, saca una pastilla de un blister y se la da a Susy. La toma para equilibrar el funcionamiento hormonal. Mientras, observo las viejas heladeras, un reloj antiquísimo, de madera, que ostenta un trabajo de los que ya no se hacen; dos camisetas de otras épocas, de Boca y Santamarina, que tapadas por nylons cuelgan de la pared del fondo; y un trofeo, más alto que las puertas, que el bar ganó en un campeonato de fútbol a principios de los noventa.

Gonzalo saca la cámara y pide permiso para tomar fotos. A mis espaldas, los parroquianos siguen con las partidas de mus. Me quedo con Yolanda y Susy. Les pregunto por la relación con los clientes. Escuchan a muchos, aconsejan a tantos otros. Saben que están en un lugar para la descarga emocional. Y son conscientes que el bar tiene un aura especial: “Es lo que nos dice la gente: ‘Yo si quiero tomarme una cerveza o un vaso de vino en mi casa, los tomo. Pero tomarlos acá es distinto. Tienen otro gusto”, dice Yolanda.

            Se molestan cuando les hablo de los que miran a los bares con horror. Cuentan que aquí vienen matrimonios y jóvenes solas, y nadie les falta el respeto. “Hay seis o siete chicos que a mi mamá le dicen ‘Mamá’”, acota Susy, para resaltar el carácter familiar de la casa.

            Siguen los gritos y las carcajadas en la mesa de naipes. No molestan; forman parte de la pintura que es el bar, lo que vinimos a conocer.

            Totó, el dueño, el que le da el nombre, ya está en la cama. Se levanta temprano. Es el encargado de abrir por las mañanas. “¿Papá está dormido?”, pregunta Yolanda. “Está mirando boxeo”, responde Susy. Hablamos un poco sobre el deporte de los guantes. “Mi papá tiene más de mil rincones”, dice Susy. Yolanda relata que su esposo preparaba boxeadores. Los reclutaba de Barker, Claraz, Juan N. Fernández y La Numancia, donde vivía la familia en aquel tiempo. Ninguno llegó a ser profesional. Eran trabajadores y no tenían el apoyo económico para continuar con sus carreras. Inés, una de las hijas de Yolanda y Totó, entrenaba con los púgiles, y uno de ellos se quejaba porque le pegaba mucho. Eran épocas en las que las mujeres no subían al ring. En uno de esos entrenamientos, Yolanda mostró su carácter impresionable: voló un protector cabezal y ella creyó que le habían arrancado la cabeza a un boxeador.

            De La Numancia, Susy recuerda ahora a los gitanos que acamparon unos meses a metros del boliche que tenía la familia. Rememora algo que la atormentó durante la infancia: un parroquiano le decía que era hija de gitanos que la abandonaron en una canasta, y que sus padres la tuvieron que adoptar.

            Yolanda mira a su hija y sonríe, como si la viese tres décadas atrás. Sale de su abstracción: “Las chicas gitanas se habían hecho muy amigas de nuestras hijas. Siempre se quedaban en casa a dormir. Cuando levantaron campamento, una de ellas se quiso quedar. Yo le dije a la madre ‘Dejámela, siempre va a ser tu hija, va a estar acá’. Y ella me dijo ‘bueno, pero nosotros tenemos una manera de tratar: el que deja a una hija, se tiene que llevar otra’. Obviamente le dije que no. La chica se fue llorando”.

            Son las once. Yolanda se apresta a controlarle la diabetes a Susy. “Vas a ver cómo habla la gallega”, me dice, sobre la voz que va a emitir el aparato. Gonzalo toma fotos. Todo es inimaginable hasta que uno lo ve. Los niveles de azúcar en sangre son los normales.

            Yolanda ya guardó el dispositivo. Ahora Susy me explica cómo se inyecta la insulina con el flexpen. Se acostumbró hace años a llevarla consigo. Es indispensable para su vida. Cuando iba a bailar, llevaba pegada a la cintura una caja con las jeringas. Los hombres que bailaban con ella le preguntaban si escondía una bomba.

            Se escuchan los que serán los últimos gritos y carcajadas en la mesa de cartas. Los parroquianos que jugaban al mus se acercan al mostrador. Un par paga y empieza la retirada. Los otros dos se suman a nuestra charla. Uno de los que se puso en la ronda le pregunta al primero que encara la puerta: “¿No te duele el lomo?”. Todos reímos. Y se escucha el portazo.

            Pagan la deuda y la copa del estribo. Les explico qué hacemos acá. Enseguida me cuentan cómo quieren a este lugar. No necesito pedirles la entrevista. Son conversadores por naturaleza; Luis, el santiagueño, sobre todo; Ricardo, “El Flaco”, es más callado, prefiere escuchar.

            Luis nació en La Higuera, un pueblo pequeño de Santiago del Estero. Tiene la piel renegrida, curtida en las cosechas y en la construcción. Sus manos son las de un laburante. Vino a Tandil para trabajar en el campo. Ahora se dedica a la albañilería. “A veces no me dan cinco porque soy santiagueño; pero cuando quieras venir a mis obras para ver cómo trabajo, estás invitado”, me dice. Susy lo observa y sonríe. Tiene el mismo gesto que su madre cuando, abstraída, la imaginó a ella tres décadas atrás. “Yo le enseñé a bailar –dice–. Cuando bailaba conmigo, era delgado y buen mozo”. Reímos.

            “Yo, en cambio, bajé mucho de peso”, dice Ricardo, desde la punta del mostrador. “Me mató mi mujer”, sentencia, con ironía. Volvemos a reír. Ricardo nos cuenta: “Un día salí de acá en bicicleta, como a las diez de la noche. En la bajada de Vicente López, se quebró la horquilla. Caí contra el paragolpes de un Falcon. Desperté a las dos de la mañana, tirado en la calle. Me quebré cuatro costillas. Casi me perforan el pulmón. ‘Tenés un dios aparte’, me dijeron los médicos. Tenía el dorsal como una morcilla. Estuve cinco meses acostado, en mi casa. No me podía mover y me costaba mucho respirar. Ahí fue cuando se me achicó el estómago”.

            Luis recuerda la época en la que Ricardo se ausentó del bar. “Es que venir acá es como venir a ver a mi familia”, dice. Susy cuenta que el año pasado, cuando sus padres se fueron al norte, la paraba por la calle y le preguntaba cuándo volvían, cuándo abría otra vez el bar. “Sí, señor, es verdad”, asiente Luis. “Aquí, por ejemplo, pasamos un fin de año con la familia, algunos de los que venimos”.

            Gonzalo sigue sacando fotos. A unos metros, de vez en cuando les hace algún comentario.  Yo hablo con ellos sobre el ojo que tienen los fotógrafos, una capacidad de observación diferente.

            A Luis no se le fueron las ganas de fumar. Ya compró algunos cigarros sueltos en el bar, pero quiere su atado. Entonces le insiste a Susy para que le haga el favor. Intercambian chanzas, se ríen. Susy finalmente acepta. Se abriga, saca su bastón blanco y camina hacia la puerta. Pide que no la extrañemos.

            Les pregunto si vienen cantores al bar. Me responden que sí, que la guitarra de la casa está disponible para el que quiera templarla. Me hablan de un bombisto muy talentoso, al que todos admiran. Luis nos convida cerveza. Aceptamos. La compartimos de la botella. El sigue con la música: “En la guitarra, cada día vas a aprender una nota. Vos ves que los que tocan hacen maravillas, pero todos los días aprenden. Yo siempre vengo y observo. Del que vos menos pensás, aprendés. Siempre tenés que observar y aprender. La vida es una viola: vas observando y aprendiendo”.

            “El Santiagueño” habla de la vida con la voz del que le conoce la cara de cerca. Ricardo observa, escucha. Prende un cigarrillo. Deja un poco más a Luis el lugar del narrador.

            Y si Luis habla de la vida, habla de su familia. Su esposa, sus cuatro hijos y sus dos nietos son su máximo orgullo. Los nombra repetidamente, los tiene presentes en todo momento. Cuando habla de su familia, todo el resto se vuelve insignificante. Ricardo también cuenta: tiene cuatro hijos y dos nietos, igual que Luis. Me dice algo sobre una hija. Creo no entender. O entiendo, pero me da miedo. Prefiero el silencio.

            Vuelve Susy con los cigarros. Luis le regala el vuelto, por el mandado; siempre lo hace. Susy se quita el abrigo y va por su gato siamés, otra fiel compañía. Ni siquiera el frío le desarmó la sonrisa.

            Me propongo trazar un perfil de Ricardo. Cada vez que intervino, fue afable con nosotros y tuvo humor. Pero pasó más tiempo oyendo y pitando; la mirada reconcentrada, la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás.

            Me molesta lo que antes fue cómodo, ese silencio. Le pregunto, primero, a qué se dedica. Me dice que tiene un local de compra-venta. Le pregunto, nuevamente, por su familia. Me cuenta otra vez sobre sus cuatro hijos. Le digo que hace un rato contó un episodio sobre una hija. Se lo digo con vaguedad, con rodeos, con miedo. Me repite: “Un camión la tiró a la mierda”. No dice más nada. Le pregunto si falleció. Asiente.

            Me quedo sin palabras. Aparece el mismo silencio. Intento salvarlo, me duelen los silencios. Me sale excusarme y decirle que me llamó la atención cómo lo contó la primera vez –usó un tono demasiado natural, aunque lacónico, para decir algo semejante–. Supuse, hace minutos, que había oído mal, que me había equivocado. Y no le digo que escuché el relato como si lo narrara alguien ajeno a la historia. Caigo en la cuenta, aunque tampoco me sale expresárselo, que es cierto que el tiempo se va llevando el dolor; no lo lleva del todo, pero al menos le quita un poco de peso. Será la aceptación de lo ocurrido, la resignación que provoca una verdad triste. Entre rodeos, le repito una frase a manera de cierre, como queriendo darle un final a mi línea de diálogo: “Me llamó la atención cómo me lo contó”. “¿Y cómo querés que te lo cuente”, me dice él. Leído puede sonar fuerte, violento, pero yo sé que esas palabras tienen detrás el sentido del devenir de la vida.

            Enseguida me repite que también es abuelo. Que su nieto más chico, de un año y cuatro meses, vive con él. Y que él mismo trajo al mundo a su hijo menor, que hoy tiene once años. “Mi esposa se estaba bañando y rompió bolsa. Entonces, salimos para el hospital. A la altura de la confitería de La Movediza, el bebé empezó a sacar la cabeza”. Vida.

            Son las doce. Decidimos partir. Nos despedimos con un beso a cada una de las mujeres y un apretón de manos en el caso de los hombres. Yolanda no nos cobra la cerveza. Prometemos volver. Cómo no volver. 

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«Caras de Bar»

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Textos de Leandro Vecino y fotos de Gonzalo Celasco)

Salimos en busca del primer bar. Hace frío, garúa. Estamos llenos de incertidumbre. No siempre la gente se deja fotografiar o se presta para una entrevista.

            Tomo a esta primera salida como el inicio de una serie. Sin embargo, la constancia es un problema para mí. Espero, al menos, recorramos diez bares. Y hago cuentas sobre la cantidad de páginas de los textos y cuántas fotos debemos publicar. La cabeza me trabaja muy rápido. A veces, más que lo que puedo hacer, andar, caminar. No es ningún mérito. No es para nada saludable.

            Caminamos por la estación de trenes y nos preguntamos cómo abordar un lugar que nos es desconocido. La respuesta la encontramos en la simpleza: contar, ni más ni menos, a qué vamos.

            Llegamos a la puerta. Entramos. Reacciono como he visto que lo hacen los habitué: saludo con un “Buenas noches” general, aunque no muy altisonante. Responden todos con la misma frase. Atrás viene Gonzalo, con su mochila y su cámara. También les dice “Buenas noches”, como hice yo hace segundos, y añade un coloquial “¿Cómo va?”.

            “Bien. ¿De qué otra manera vamos a estar, acá, calentitos, jugando a las cartas y tomando algo?”. Escucho esa respuesta de uno de los cuatro jugadores de mus, mientras toma su cuarta carta para otra mano, y siento que tenemos parte del camino allanado.

            Nos acercamos al mostrador. Detrás están Yolanda y Susy. “Órdago a chica”, dice uno, mientras les contamos a madre e hija para qué venimos. No ponen reparos, pero creo que estaremos por unos minutos en período de estudio. Risas, otra vez a mis espaldas; giro, mientras Gonzalo pide una cerveza. Uno de los jugadores junta las amarras y se excusa ante su compañero: “Si no les echo, se salían”. Quiero estar a un costado de la mesa, también. El mus me apasiona.

            Yolanda empieza a contarnos la historia, como un cuento. El bar está en este lugar, donde funcionara el bazar “Los Andes”, desde 1991. Antes, pasó por un local de la calle Pasteur. Susy le toca el antebrazo derecho, le pide permiso para interrumpir: “Nos vinimos a Tandil por un problemita de salud que yo tengo. Soy diabética”, cuenta, locuaz y levantando la voz porque la partida de mus gana en efervescencia. “Es que si me tomaba un ataque de diabetes donde estábamos, en el medio del campo, mis padres tenían que salir a las corridas para Tandil”.

            Susy habla con una sonrisa perenne. La escucho con atención, pero, a la vez, una parte de mi pensamiento se pregunta cómo hace su boca para hablar y estar de manera constante en forma de medialuna.

            A los diez años sufrió un coma diabético. Estuvo con sondas; el cuerpo, paralizado. El trance le dejó secuelas en el sistema nervioso. “Si vos me mirás el cuerpo, tengo todas marcas de pinchazos, por la insulina”, dice, mientras recorre su torso con las manos, sin tocarlo, sus manos van y vienen en el aire.

            Años más tarde, perdió un embarazo. Su salud volvió a un punto crítico. Anémica, hipertensa, descalcificada, perdió la visión del ojo izquierdo, con el que sólo ve un cinco por ciento. “Pero, como yo digo, me manejo con mi amigo ‘El Flaco’, que es el bastón blanco: me lleva, me trae y no me abandona. Lo tengo siempre en la cartera”. Lo cuenta sonriente y se emociona cuando recuerda a un chico de guardapolvo blanco, de escuela primaria, que la ayudó a cruzar la calle.

            Desde la mesa en la que juegan a las cartas, piden una cerveza. Susy se levanta, va hasta la heladera, toma la botella y cruza el mostrador. Le cuento a Yolanda que nos llamó la atención ver a una mujer al frente del bar. “Si tengo que poner orden, lo hago igual que un varón”, asevera. “El otro día tuve que sacar a uno a la rastra. Se hizo el tonto. Cuando estaba por cerrar, dijo: ‘Me tiro al suelo y me quedo acá calentito’. ‘Tengo que cerrar’, le dije. Se levantó y se tiró al lado del pool. Lo tuve que sacar. Se quedó un rato en la vereda y después se corrió a la de los vecinos, que llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando llegaron, salió caminando como si tal cosa”.

            Susy escucha a su madre y le pide que cuente cuando evitó una pelea en La Numancia. “Fue una discusión entre dos paisanos, después de una cuadrera. Uno manoteó el cuchillo, que lo tenía en la espalda. Cuando lo sacó de la vaina, yo, que estaba atrás, se lo agarré de la hoja. ‘Largalo o me cortás’, le dije. El paisano no quería aflojar; hasta que lo convencí y así logré que no pelearan”.

            Desde la mesa llaman a Susy. Creo que le piden algo con ademanes. Estoy de espaldas, no lo veo. “No, Luis, perdone. Hace frío”, responde Susy. “Me pidió si iba a comprarle cigarrillos”, me explica. “Yo siempre les hago algún mandado”.

            Mira el reloj. Llama a su madre. Yolanda se acerca con un botiquín. Lo abre, saca una pastilla de un blister y se la da a Susy. La toma para equilibrar el funcionamiento hormonal. Mientras, observo las viejas heladeras, un reloj antiquísimo, de madera, que ostenta un trabajo de los que ya no se hacen; dos camisetas de otras épocas, de Boca y Santamarina, que tapadas por nylons cuelgan de la pared del fondo; y un trofeo, más alto que las puertas, que el bar ganó en un campeonato de fútbol a principios de los noventa.

Gonzalo saca la cámara y pide permiso para tomar fotos. A mis espaldas, los parroquianos siguen con las partidas de mus. Me quedo con Yolanda y Susy. Les pregunto por la relación con los clientes. Escuchan a muchos, aconsejan a tantos otros. Saben que están en un lugar para la descarga emocional. Y son conscientes que el bar tiene un aura especial: “Es lo que nos dice la gente: ‘Yo si quiero tomarme una cerveza o un vaso de vino en mi casa, los tomo. Pero tomarlos acá es distinto. Tienen otro gusto”, dice Yolanda.

            Se molestan cuando les hablo de los que miran a los bares con horror. Cuentan que aquí vienen matrimonios y jóvenes solas, y nadie les falta el respeto. “Hay seis o siete chicos que a mi mamá le dicen ‘Mamá’”, acota Susy, para resaltar el carácter familiar de la casa.

            Siguen los gritos y las carcajadas en la mesa de naipes. No molestan; forman parte de la pintura que es el bar, lo que vinimos a conocer.

            Totó, el dueño, el que le da el nombre, ya está en la cama. Se levanta temprano. Es el encargado de abrir por las mañanas. “¿Papá está dormido?”, pregunta Yolanda. “Está mirando boxeo”, responde Susy. Hablamos un poco sobre el deporte de los guantes. “Mi papá tiene más de mil rincones”, dice Susy. Yolanda relata que su esposo preparaba boxeadores. Los reclutaba de Barker, Claraz, Juan N. Fernández y La Numancia, donde vivía la familia en aquel tiempo. Ninguno llegó a ser profesional. Eran trabajadores y no tenían el apoyo económico para continuar con sus carreras. Inés, una de las hijas de Yolanda y Totó, entrenaba con los púgiles, y uno de ellos se quejaba porque le pegaba mucho. Eran épocas en las que las mujeres no subían al ring. En uno de esos entrenamientos, Yolanda mostró su carácter impresionable: voló un protector cabezal y ella creyó que le habían arrancado la cabeza a un boxeador.

            De La Numancia, Susy recuerda ahora a los gitanos que acamparon unos meses a metros del boliche que tenía la familia. Rememora algo que la atormentó durante la infancia: un parroquiano le decía que era hija de gitanos que la abandonaron en una canasta, y que sus padres la tuvieron que adoptar.

            Yolanda mira a su hija y sonríe, como si la viese tres décadas atrás. Sale de su abstracción: “Las chicas gitanas se habían hecho muy amigas de nuestras hijas. Siempre se quedaban en casa a dormir. Cuando levantaron campamento, una de ellas se quiso quedar. Yo le dije a la madre ‘Dejámela, siempre va a ser tu hija, va a estar acá’. Y ella me dijo ‘bueno, pero nosotros tenemos una manera de tratar: el que deja a una hija, se tiene que llevar otra’. Obviamente le dije que no. La chica se fue llorando”.

            Son las once. Yolanda se apresta a controlarle la diabetes a Susy. “Vas a ver cómo habla la gallega”, me dice, sobre la voz que va a emitir el aparato. Gonzalo toma fotos. Todo es inimaginable hasta que uno lo ve. Los niveles de azúcar en sangre son los normales.

            Yolanda ya guardó el dispositivo. Ahora Susy me explica cómo se inyecta la insulina con el flexpen. Se acostumbró hace años a llevarla consigo. Es indispensable para su vida. Cuando iba a bailar, llevaba pegada a la cintura una caja con las jeringas. Los hombres que bailaban con ella le preguntaban si escondía una bomba.

            Se escuchan los que serán los últimos gritos y carcajadas en la mesa de cartas. Los parroquianos que jugaban al mus se acercan al mostrador. Un par paga y empieza la retirada. Los otros dos se suman a nuestra charla. Uno de los que se puso en la ronda le pregunta al primero que encara la puerta: “¿No te duele el lomo?”. Todos reímos. Y se escucha el portazo.

            Pagan la deuda y la copa del estribo. Les explico qué hacemos acá. Enseguida me cuentan cómo quieren a este lugar. No necesito pedirles la entrevista. Son conversadores por naturaleza; Luis, el santiagueño, sobre todo; Ricardo, “El Flaco”, es más callado, prefiere escuchar.

            Luis nació en La Higuera, un pueblo pequeño de Santiago del Estero. Tiene la piel renegrida, curtida en las cosechas y en la construcción. Sus manos son las de un laburante. Vino a Tandil para trabajar en el campo. Ahora se dedica a la albañilería. “A veces no me dan cinco porque soy santiagueño; pero cuando quieras venir a mis obras para ver cómo trabajo, estás invitado”, me dice. Susy lo observa y sonríe. Tiene el mismo gesto que su madre cuando, abstraída, la imaginó a ella tres décadas atrás. “Yo le enseñé a bailar –dice–. Cuando bailaba conmigo, era delgado y buen mozo”. Reímos.

            “Yo, en cambio, bajé mucho de peso”, dice Ricardo, desde la punta del mostrador. “Me mató mi mujer”, sentencia, con ironía. Volvemos a reír. Ricardo nos cuenta: “Un día salí de acá en bicicleta, como a las diez de la noche. En la bajada de Vicente López, se quebró la horquilla. Caí contra el paragolpes de un Falcon. Desperté a las dos de la mañana, tirado en la calle. Me quebré cuatro costillas. Casi me perforan el pulmón. ‘Tenés un dios aparte’, me dijeron los médicos. Tenía el dorsal como una morcilla. Estuve cinco meses acostado, en mi casa. No me podía mover y me costaba mucho respirar. Ahí fue cuando se me achicó el estómago”.

            Luis recuerda la época en la que Ricardo se ausentó del bar. “Es que venir acá es como venir a ver a mi familia”, dice. Susy cuenta que el año pasado, cuando sus padres se fueron al norte, la paraba por la calle y le preguntaba cuándo volvían, cuándo abría otra vez el bar. “Sí, señor, es verdad”, asiente Luis. “Aquí, por ejemplo, pasamos un fin de año con la familia, algunos de los que venimos”.

            Gonzalo sigue sacando fotos. A unos metros, de vez en cuando les hace algún comentario.  Yo hablo con ellos sobre el ojo que tienen los fotógrafos, una capacidad de observación diferente.

            A Luis no se le fueron las ganas de fumar. Ya compró algunos cigarros sueltos en el bar, pero quiere su atado. Entonces le insiste a Susy para que le haga el favor. Intercambian chanzas, se ríen. Susy finalmente acepta. Se abriga, saca su bastón blanco y camina hacia la puerta. Pide que no la extrañemos.

            Les pregunto si vienen cantores al bar. Me responden que sí, que la guitarra de la casa está disponible para el que quiera templarla. Me hablan de un bombisto muy talentoso, al que todos admiran. Luis nos convida cerveza. Aceptamos. La compartimos de la botella. El sigue con la música: “En la guitarra, cada día vas a aprender una nota. Vos ves que los que tocan hacen maravillas, pero todos los días aprenden. Yo siempre vengo y observo. Del que vos menos pensás, aprendés. Siempre tenés que observar y aprender. La vida es una viola: vas observando y aprendiendo”.

            “El Santiagueño” habla de la vida con la voz del que le conoce la cara de cerca. Ricardo observa, escucha. Prende un cigarrillo. Deja un poco más a Luis el lugar del narrador.

            Y si Luis habla de la vida, habla de su familia. Su esposa, sus cuatro hijos y sus dos nietos son su máximo orgullo. Los nombra repetidamente, los tiene presentes en todo momento. Cuando habla de su familia, todo el resto se vuelve insignificante. Ricardo también cuenta: tiene cuatro hijos y dos nietos, igual que Luis. Me dice algo sobre una hija. Creo no entender. O entiendo, pero me da miedo. Prefiero el silencio.

            Vuelve Susy con los cigarros. Luis le regala el vuelto, por el mandado; siempre lo hace. Susy se quita el abrigo y va por su gato siamés, otra fiel compañía. Ni siquiera el frío le desarmó la sonrisa.

            Me propongo trazar un perfil de Ricardo. Cada vez que intervino, fue afable con nosotros y tuvo humor. Pero pasó más tiempo oyendo y pitando; la mirada reconcentrada, la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás.

            Me molesta lo que antes fue cómodo, ese silencio. Le pregunto, primero, a qué se dedica. Me dice que tiene un local de compra-venta. Le pregunto, nuevamente, por su familia. Me cuenta otra vez sobre sus cuatro hijos. Le digo que hace un rato contó un episodio sobre una hija. Se lo digo con vaguedad, con rodeos, con miedo. Me repite: “Un camión la tiró a la mierda”. No dice más nada. Le pregunto si falleció. Asiente.

            Me quedo sin palabras. Aparece el mismo silencio. Intento salvarlo, me duelen los silencios. Me sale excusarme y decirle que me llamó la atención cómo lo contó la primera vez –usó un tono demasiado natural, aunque lacónico, para decir algo semejante–. Supuse, hace minutos, que había oído mal, que me había equivocado. Y no le digo que escuché el relato como si lo narrara alguien ajeno a la historia. Caigo en la cuenta, aunque tampoco me sale expresárselo, que es cierto que el tiempo se va llevando el dolor; no lo lleva del todo, pero al menos le quita un poco de peso. Será la aceptación de lo ocurrido, la resignación que provoca una verdad triste. Entre rodeos, le repito una frase a manera de cierre, como queriendo darle un final a mi línea de diálogo: “Me llamó la atención cómo me lo contó”. “¿Y cómo querés que te lo cuente”, me dice él. Leído puede sonar fuerte, violento, pero yo sé que esas palabras tienen detrás el sentido del devenir de la vida.

            Enseguida me repite que también es abuelo. Que su nieto más chico, de un año y cuatro meses, vive con él. Y que él mismo trajo al mundo a su hijo menor, que hoy tiene once años. “Mi esposa se estaba bañando y rompió bolsa. Entonces, salimos para el hospital. A la altura de la confitería de La Movediza, el bebé empezó a sacar la cabeza”. Vida.

            Son las doce. Decidimos partir. Nos despedimos con un beso a cada una de las mujeres y un apretón de manos en el caso de los hombres. Yolanda no nos cobra la cerveza. Prometemos volver. Cómo no volver. 

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«Caras de Bar»

Un periodista y un fotógrafo recorren los miércoles distintos bares de Tandil, en busca de historias de grandes personas escondidas… (Textos de Leandro Vecino y fotos de Gonzalo Celasco)

Salimos en busca del primer bar. Hace frío, garúa. Estamos llenos de incertidumbre. No siempre la gente se deja fotografiar o se presta para una entrevista.

            Tomo a esta primera salida como el inicio de una serie. Sin embargo, la constancia es un problema para mí. Espero, al menos, recorramos diez bares. Y hago cuentas sobre la cantidad de páginas de los textos y cuántas fotos debemos publicar. La cabeza me trabaja muy rápido. A veces, más que lo que puedo hacer, andar, caminar. No es ningún mérito. No es para nada saludable.

            Caminamos por la estación de trenes y nos preguntamos cómo abordar un lugar que nos es desconocido. La respuesta la encontramos en la simpleza: contar, ni más ni menos, a qué vamos.

            Llegamos a la puerta. Entramos. Reacciono como he visto que lo hacen los habitué: saludo con un “Buenas noches” general, aunque no muy altisonante. Responden todos con la misma frase. Atrás viene Gonzalo, con su mochila y su cámara. También les dice “Buenas noches”, como hice yo hace segundos, y añade un coloquial “¿Cómo va?”.

            “Bien. ¿De qué otra manera vamos a estar, acá, calentitos, jugando a las cartas y tomando algo?”. Escucho esa respuesta de uno de los cuatro jugadores de mus, mientras toma su cuarta carta para otra mano, y siento que tenemos parte del camino allanado.

            Nos acercamos al mostrador. Detrás están Yolanda y Susy. “Órdago a chica”, dice uno, mientras les contamos a madre e hija para qué venimos. No ponen reparos, pero creo que estaremos por unos minutos en período de estudio. Risas, otra vez a mis espaldas; giro, mientras Gonzalo pide una cerveza. Uno de los jugadores junta las amarras y se excusa ante su compañero: “Si no les echo, se salían”. Quiero estar a un costado de la mesa, también. El mus me apasiona.

            Yolanda empieza a contarnos la historia, como un cuento. El bar está en este lugar, donde funcionara el bazar “Los Andes”, desde 1991. Antes, pasó por un local de la calle Pasteur. Susy le toca el antebrazo derecho, le pide permiso para interrumpir: “Nos vinimos a Tandil por un problemita de salud que yo tengo. Soy diabética”, cuenta, locuaz y levantando la voz porque la partida de mus gana en efervescencia. “Es que si me tomaba un ataque de diabetes donde estábamos, en el medio del campo, mis padres tenían que salir a las corridas para Tandil”.

            Susy habla con una sonrisa perenne. La escucho con atención, pero, a la vez, una parte de mi pensamiento se pregunta cómo hace su boca para hablar y estar de manera constante en forma de medialuna.

            A los diez años sufrió un coma diabético. Estuvo con sondas; el cuerpo, paralizado. El trance le dejó secuelas en el sistema nervioso. “Si vos me mirás el cuerpo, tengo todas marcas de pinchazos, por la insulina”, dice, mientras recorre su torso con las manos, sin tocarlo, sus manos van y vienen en el aire.

            Años más tarde, perdió un embarazo. Su salud volvió a un punto crítico. Anémica, hipertensa, descalcificada, perdió la visión del ojo izquierdo, con el que sólo ve un cinco por ciento. “Pero, como yo digo, me manejo con mi amigo ‘El Flaco’, que es el bastón blanco: me lleva, me trae y no me abandona. Lo tengo siempre en la cartera”. Lo cuenta sonriente y se emociona cuando recuerda a un chico de guardapolvo blanco, de escuela primaria, que la ayudó a cruzar la calle.

            Desde la mesa en la que juegan a las cartas, piden una cerveza. Susy se levanta, va hasta la heladera, toma la botella y cruza el mostrador. Le cuento a Yolanda que nos llamó la atención ver a una mujer al frente del bar. “Si tengo que poner orden, lo hago igual que un varón”, asevera. “El otro día tuve que sacar a uno a la rastra. Se hizo el tonto. Cuando estaba por cerrar, dijo: ‘Me tiro al suelo y me quedo acá calentito’. ‘Tengo que cerrar’, le dije. Se levantó y se tiró al lado del pool. Lo tuve que sacar. Se quedó un rato en la vereda y después se corrió a la de los vecinos, que llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando llegaron, salió caminando como si tal cosa”.

            Susy escucha a su madre y le pide que cuente cuando evitó una pelea en La Numancia. “Fue una discusión entre dos paisanos, después de una cuadrera. Uno manoteó el cuchillo, que lo tenía en la espalda. Cuando lo sacó de la vaina, yo, que estaba atrás, se lo agarré de la hoja. ‘Largalo o me cortás’, le dije. El paisano no quería aflojar; hasta que lo convencí y así logré que no pelearan”.

            Desde la mesa llaman a Susy. Creo que le piden algo con ademanes. Estoy de espaldas, no lo veo. “No, Luis, perdone. Hace frío”, responde Susy. “Me pidió si iba a comprarle cigarrillos”, me explica. “Yo siempre les hago algún mandado”.

            Mira el reloj. Llama a su madre. Yolanda se acerca con un botiquín. Lo abre, saca una pastilla de un blister y se la da a Susy. La toma para equilibrar el funcionamiento hormonal. Mientras, observo las viejas heladeras, un reloj antiquísimo, de madera, que ostenta un trabajo de los que ya no se hacen; dos camisetas de otras épocas, de Boca y Santamarina, que tapadas por nylons cuelgan de la pared del fondo; y un trofeo, más alto que las puertas, que el bar ganó en un campeonato de fútbol a principios de los noventa.

Gonzalo saca la cámara y pide permiso para tomar fotos. A mis espaldas, los parroquianos siguen con las partidas de mus. Me quedo con Yolanda y Susy. Les pregunto por la relación con los clientes. Escuchan a muchos, aconsejan a tantos otros. Saben que están en un lugar para la descarga emocional. Y son conscientes que el bar tiene un aura especial: “Es lo que nos dice la gente: ‘Yo si quiero tomarme una cerveza o un vaso de vino en mi casa, los tomo. Pero tomarlos acá es distinto. Tienen otro gusto”, dice Yolanda.

            Se molestan cuando les hablo de los que miran a los bares con horror. Cuentan que aquí vienen matrimonios y jóvenes solas, y nadie les falta el respeto. “Hay seis o siete chicos que a mi mamá le dicen ‘Mamá’”, acota Susy, para resaltar el carácter familiar de la casa.

            Siguen los gritos y las carcajadas en la mesa de naipes. No molestan; forman parte de la pintura que es el bar, lo que vinimos a conocer.

            Totó, el dueño, el que le da el nombre, ya está en la cama. Se levanta temprano. Es el encargado de abrir por las mañanas. “¿Papá está dormido?”, pregunta Yolanda. “Está mirando boxeo”, responde Susy. Hablamos un poco sobre el deporte de los guantes. “Mi papá tiene más de mil rincones”, dice Susy. Yolanda relata que su esposo preparaba boxeadores. Los reclutaba de Barker, Claraz, Juan N. Fernández y La Numancia, donde vivía la familia en aquel tiempo. Ninguno llegó a ser profesional. Eran trabajadores y no tenían el apoyo económico para continuar con sus carreras. Inés, una de las hijas de Yolanda y Totó, entrenaba con los púgiles, y uno de ellos se quejaba porque le pegaba mucho. Eran épocas en las que las mujeres no subían al ring. En uno de esos entrenamientos, Yolanda mostró su carácter impresionable: voló un protector cabezal y ella creyó que le habían arrancado la cabeza a un boxeador.

            De La Numancia, Susy recuerda ahora a los gitanos que acamparon unos meses a metros del boliche que tenía la familia. Rememora algo que la atormentó durante la infancia: un parroquiano le decía que era hija de gitanos que la abandonaron en una canasta, y que sus padres la tuvieron que adoptar.

            Yolanda mira a su hija y sonríe, como si la viese tres décadas atrás. Sale de su abstracción: “Las chicas gitanas se habían hecho muy amigas de nuestras hijas. Siempre se quedaban en casa a dormir. Cuando levantaron campamento, una de ellas se quiso quedar. Yo le dije a la madre ‘Dejámela, siempre va a ser tu hija, va a estar acá’. Y ella me dijo ‘bueno, pero nosotros tenemos una manera de tratar: el que deja a una hija, se tiene que llevar otra’. Obviamente le dije que no. La chica se fue llorando”.

            Son las once. Yolanda se apresta a controlarle la diabetes a Susy. “Vas a ver cómo habla la gallega”, me dice, sobre la voz que va a emitir el aparato. Gonzalo toma fotos. Todo es inimaginable hasta que uno lo ve. Los niveles de azúcar en sangre son los normales.

            Yolanda ya guardó el dispositivo. Ahora Susy me explica cómo se inyecta la insulina con el flexpen. Se acostumbró hace años a llevarla consigo. Es indispensable para su vida. Cuando iba a bailar, llevaba pegada a la cintura una caja con las jeringas. Los hombres que bailaban con ella le preguntaban si escondía una bomba.

            Se escuchan los que serán los últimos gritos y carcajadas en la mesa de cartas. Los parroquianos que jugaban al mus se acercan al mostrador. Un par paga y empieza la retirada. Los otros dos se suman a nuestra charla. Uno de los que se puso en la ronda le pregunta al primero que encara la puerta: “¿No te duele el lomo?”. Todos reímos. Y se escucha el portazo.

            Pagan la deuda y la copa del estribo. Les explico qué hacemos acá. Enseguida me cuentan cómo quieren a este lugar. No necesito pedirles la entrevista. Son conversadores por naturaleza; Luis, el santiagueño, sobre todo; Ricardo, “El Flaco”, es más callado, prefiere escuchar.

            Luis nació en La Higuera, un pueblo pequeño de Santiago del Estero. Tiene la piel renegrida, curtida en las cosechas y en la construcción. Sus manos son las de un laburante. Vino a Tandil para trabajar en el campo. Ahora se dedica a la albañilería. “A veces no me dan cinco porque soy santiagueño; pero cuando quieras venir a mis obras para ver cómo trabajo, estás invitado”, me dice. Susy lo observa y sonríe. Tiene el mismo gesto que su madre cuando, abstraída, la imaginó a ella tres décadas atrás. “Yo le enseñé a bailar –dice–. Cuando bailaba conmigo, era delgado y buen mozo”. Reímos.

            “Yo, en cambio, bajé mucho de peso”, dice Ricardo, desde la punta del mostrador. “Me mató mi mujer”, sentencia, con ironía. Volvemos a reír. Ricardo nos cuenta: “Un día salí de acá en bicicleta, como a las diez de la noche. En la bajada de Vicente López, se quebró la horquilla. Caí contra el paragolpes de un Falcon. Desperté a las dos de la mañana, tirado en la calle. Me quebré cuatro costillas. Casi me perforan el pulmón. ‘Tenés un dios aparte’, me dijeron los médicos. Tenía el dorsal como una morcilla. Estuve cinco meses acostado, en mi casa. No me podía mover y me costaba mucho respirar. Ahí fue cuando se me achicó el estómago”.

            Luis recuerda la época en la que Ricardo se ausentó del bar. “Es que venir acá es como venir a ver a mi familia”, dice. Susy cuenta que el año pasado, cuando sus padres se fueron al norte, la paraba por la calle y le preguntaba cuándo volvían, cuándo abría otra vez el bar. “Sí, señor, es verdad”, asiente Luis. “Aquí, por ejemplo, pasamos un fin de año con la familia, algunos de los que venimos”.

            Gonzalo sigue sacando fotos. A unos metros, de vez en cuando les hace algún comentario.  Yo hablo con ellos sobre el ojo que tienen los fotógrafos, una capacidad de observación diferente.

            A Luis no se le fueron las ganas de fumar. Ya compró algunos cigarros sueltos en el bar, pero quiere su atado. Entonces le insiste a Susy para que le haga el favor. Intercambian chanzas, se ríen. Susy finalmente acepta. Se abriga, saca su bastón blanco y camina hacia la puerta. Pide que no la extrañemos.

            Les pregunto si vienen cantores al bar. Me responden que sí, que la guitarra de la casa está disponible para el que quiera templarla. Me hablan de un bombisto muy talentoso, al que todos admiran. Luis nos convida cerveza. Aceptamos. La compartimos de la botella. El sigue con la música: “En la guitarra, cada día vas a aprender una nota. Vos ves que los que tocan hacen maravillas, pero todos los días aprenden. Yo siempre vengo y observo. Del que vos menos pensás, aprendés. Siempre tenés que observar y aprender. La vida es una viola: vas observando y aprendiendo”.

            “El Santiagueño” habla de la vida con la voz del que le conoce la cara de cerca. Ricardo observa, escucha. Prende un cigarrillo. Deja un poco más a Luis el lugar del narrador.

            Y si Luis habla de la vida, habla de su familia. Su esposa, sus cuatro hijos y sus dos nietos son su máximo orgullo. Los nombra repetidamente, los tiene presentes en todo momento. Cuando habla de su familia, todo el resto se vuelve insignificante. Ricardo también cuenta: tiene cuatro hijos y dos nietos, igual que Luis. Me dice algo sobre una hija. Creo no entender. O entiendo, pero me da miedo. Prefiero el silencio.

            Vuelve Susy con los cigarros. Luis le regala el vuelto, por el mandado; siempre lo hace. Susy se quita el abrigo y va por su gato siamés, otra fiel compañía. Ni siquiera el frío le desarmó la sonrisa.

            Me propongo trazar un perfil de Ricardo. Cada vez que intervino, fue afable con nosotros y tuvo humor. Pero pasó más tiempo oyendo y pitando; la mirada reconcentrada, la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás.

            Me molesta lo que antes fue cómodo, ese silencio. Le pregunto, primero, a qué se dedica. Me dice que tiene un local de compra-venta. Le pregunto, nuevamente, por su familia. Me cuenta otra vez sobre sus cuatro hijos. Le digo que hace un rato contó un episodio sobre una hija. Se lo digo con vaguedad, con rodeos, con miedo. Me repite: “Un camión la tiró a la mierda”. No dice más nada. Le pregunto si falleció. Asiente.

            Me quedo sin palabras. Aparece el mismo silencio. Intento salvarlo, me duelen los silencios. Me sale excusarme y decirle que me llamó la atención cómo lo contó la primera vez –usó un tono demasiado natural, aunque lacónico, para decir algo semejante–. Supuse, hace minutos, que había oído mal, que me había equivocado. Y no le digo que escuché el relato como si lo narrara alguien ajeno a la historia. Caigo en la cuenta, aunque tampoco me sale expresárselo, que es cierto que el tiempo se va llevando el dolor; no lo lleva del todo, pero al menos le quita un poco de peso. Será la aceptación de lo ocurrido, la resignación que provoca una verdad triste. Entre rodeos, le repito una frase a manera de cierre, como queriendo darle un final a mi línea de diálogo: “Me llamó la atención cómo me lo contó”. “¿Y cómo querés que te lo cuente”, me dice él. Leído puede sonar fuerte, violento, pero yo sé que esas palabras tienen detrás el sentido del devenir de la vida.

            Enseguida me repite que también es abuelo. Que su nieto más chico, de un año y cuatro meses, vive con él. Y que él mismo trajo al mundo a su hijo menor, que hoy tiene once años. “Mi esposa se estaba bañando y rompió bolsa. Entonces, salimos para el hospital. A la altura de la confitería de La Movediza, el bebé empezó a sacar la cabeza”. Vida.

            Son las doce. Decidimos partir. Nos despedimos con un beso a cada una de las mujeres y un apretón de manos en el caso de los hombres. Yolanda no nos cobra la cerveza. Prometemos volver. Cómo no volver. 

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