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HERMANITO

Tratándose de un homenaje, nos tomamos el atrevimiento de copiar y pegar un muy lindo texto de Marcos González que pinta de cuerpo entero al gran Pato Di Paola.

Uno, que viene pensando vaya a saber en qué cosa mientras camina, que va metido en su propio mundo, por ahí escucha un `chau hermanito´. Y no es necesario mirar las sierras al fondo de una esquina ni ver el empedrado que se pierde calle abajo para darse cuenta de que está en Tandil.

Porque ese `chau hermanito´ -mitad saludo, mitad alegría- es como un santo y seña, un salvoconducto, un código de tandilidad. Es el Pato Dipaola, que se nos ha cruzado por el camino.

El Pato, que si no fuera tan inquieto, si no anduviera siempre como una ráfaga con su oficina de mochilas y bolsos al hombro, sería un monumento, un monolito, una pirámide de Tandil. Tan nuestro como la Pierda, el murallón, el estadio.

Eso es Dipaola. El hombre que de tanto en tanto se pone un traje y es un académico, pero que por lo general anda de zapatos gastados, pantalón indefinible y campera multicolor. Y es, entonces, un obrero.

Es uno y es otro. Un trabajador de la cultura, pero en serio. Porque lo suyo no es la comodidad de los escritores ni la solemnidad de los despachos. Sus lugares son las esquinas donde se arremolina el polvo suburbano, el barro de las calles que ni siquiera tienen nombre, los bares donde surgen historias que no florecen en otro lado. Y que si él no estuviera ahí, nadie sabría de sus aromas silvestres.

Se inició en el periodismo cubriendo el fútbol de la campaña. Volvía a la redacción en los atardeceres domingueros, luego de ver los partidos de primera y las inferiores. Jornada completa. Pero tenía que esperar que se desocupara una máquina para hacer la crónica. Derecho de piso, que le dicen, y que el Pato pagó gustoso.

Como buen periodista de pueblo, pasó por todas las secciones: deportes, policiales, política, cultura… Se hizo con los maestros: Octavio Alfaro, Ambrosio Renis, Juan Salceda, Ernesto Palazzo. Con los años, tomó la posta. El periodismo lo hizo maestro; la universidad, profesor. Una conjunción que dio sus frutos en numerosos libros.

Amante de las causas nobles, de las noches que se estiran, del tango y del folclore, de los poetas comprometidos y los tintos compañeros. Su pasión por la cultura popular lo llevó a enamorarse del Uruguay, del que ya se siente parte, y a través de él, nosotros también.

Las casualidades –que bien sabemos que no existen- le hicieron fundar su Centro Cultural Chapaleofú en la calle Montevideo, en su casa paterna.

Y así como tantas noches fue el anfitrión de cantores y poetas, de payadores y artistas, de sabios y escritores, hoy le toca a él ser el agasajado.

Algunos de sus muchos amigos han decidido homenajearlo. Porque, dicen, los gustos hay que dárselos en vida. Y los homenajes también. Será en el Club Defensa, a partir de las ocho de la noche, con entrada libre y gratuita.

Ana Bayerque, Nito Franco y Carlos Mansilla son los impulsores de esta movida. Pero son unos cuantos más los que se prendieron.

No será un sábado más, como el de Chico Navarro. Habrá de estirarse en guitarras, en anécdotas, en emociones. Hasta que el domingo despunte tempranero y el Pato, mitad saludo y mitad sonrisa, nos salude con su santo y seña: chau hermanito.

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