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LIMPIAVIDRIOS PATOTERO EN ESPAÑA Y COLON

Lo del escritor Elías El Hage es brillante. Convierte lo que puede ser un hecho cotidiano en Capital Federal en una historieta atrapante de nuestra aldea. Conoce la idiosincrasia serrana y la transmite como nadie.

Entren todos los días a La Tandilura y leerán notas excelentes como ésta:

(Por Gerónimo Solané) El advenimiento de la ciudad intermedia trajo a las esquinas del pueblo la presencia de artistas callejeros, con mayor o menor talento, que trabajan “a voluntad”, es decir que su ganancia depende del humor, las ganas o la solidaridad del vecino. Pero en España y Colón apareció un personaje de matriz autoritaria: un limpiavidrios que, contra la opinión del automovilista, hace su trabajo de prepo y luego solicita que se le pague. Ayer el individuo conoció algunos aspectos de la idiosincrasia del ser tandilero en su máxima pureza.

Son, en su enorme mayoría, personajes sociales que lentamente se fueron incorporando al paisaje ciudadano: los malabaristas de los semáforos, los lanzafuegos, los artistas callejeros con nariz de payaso y onda clown que realizan sus acrobacias cotidianas, labores a través de las cuales se ganan la vida con la dignidad del cuentapropista que acepta las leyes del mercado, muchas veces influenciada por el buen o mal humor del vecino al volante, y otras consideraciones por el estilo, entre las que se puede contar el ontológico instinto ahorrativo de la vecindad, por decirlo elegantemente. Son respetados nuestros malabaristas de los semáforos porque, esencialmente, no incurren en la prepotencia que puede verse con total naturalidad en las grandes urbes, por citar la más cerca y aporteñada de todas: Mar del Plata.

Sin embargo, algo empezó a cambiar desde hace pocos meses a la fecha en las calles de la comarca. Un ejemplo de esta mutación del artista callejero al patotero público munido de un balde y un cepillo puede apreciarse –con disimulo, porque su táctica es la emboscada fulminante- en la esquina de España y Colón. Más precisamente, frente a la Avícola Los Pinos. Y con una metodología que sorprende porque el sujeto no suele avanzar generalmente sobre los autos que están esperando el vía libre del semáforo sino, por ejemplo, sobre el que estaciona para comprar algo en la avícola, el maxikiosco de la esquina o algún negocio cercano.

Ayer, el individuo, de alrededor de treinta años, pelo rubio cortado a serrucho, ojos celestes, contextura respetable, actuó dos veces bajo la argucia de la sorpresa. En la primera oportunidad su víctima fue un vecino de unos sesenta años que a bordo de un Clío estaba esperando a un familiar sin bajarse del auto. El Limpiavidrios Patotero –categoría sociológica hasta hace poco inexistente en la ciudad- fue derecho al parabrisas delantero y sin mediar palabra lo cubrió de una densa nube de agua con espuma grisacea que barrió a lamparazo limpio en tiempo récord. El automovilista le dijo desde adentro: “No me lo limpies, está limpio”. A lo que el sujeto le contestó con la más olímpica indiferencia. Y siguió cepillando el vidrio con total naturalidad. “¡Te dije que no lo limpies!”, gritó, entre impotente y azorado nuestro vecino, pero el tipo completó su tarea, escurrió las gotas de agua del cepillo y rodeó el auto en dirección a la ventanilla del conductor. “¿Y jefe?”, le dijo, impávido, solicitando su paga. El conductor, con un gesto de fastidio más por la actitud que todavía lo tenía  estupefacto, hurgó en el bolsillo y le entregó una moneda. Arrancó y salió a las puteadas mientras la mujer, recién subida al auto, le preguntaba con todo el candor: “¿Qué te pasa, querido? ¿Tardé mucho?”.

Enseguida llegó otro auto al estacionamiento que había dejado libre el Clío. Un Ford Fiesta. Adelante, marido y mujer en estado de deliberación conyugal. Quizá discutieran acerca de si comprar un pollo o milanesa de ternera en el negocio del amigo Artero. La discusión concluyó cuando la señora bajó y encaró, en efecto, para la avícola. Entonces el Limpiavidrios Patotero, que aguardaba como un simple peatón que está esperando para cruzar la calle, atacó el vidrio del auto. El tipo tampoco vio venir la emboscada pero cuando se dio cuenta que el vidrio del coche se llenaba de un líquido brumoso cerrándole totalmente la visión, saltó como si le hubieran metido un cohete en el culo.

-¡No quiero que me limpies el vidrio! –le dijo bajando la ventanilla de la puerta de la mujer para que el otro lo escuche.

El sujeto, es obvio, no le dio ni pelota. El tipo volvió a insistirle, esta vez subiendo una octava el tono de voz. Nada. Entonces pasó lo que tenía que pasar. Nuestro vecino bajó del auto y le preguntó:

-¿Quién carajo te enseñó educación a vos? ¡Te estoy diciendo que no quiero que me limpies el vidrio y seguís como si nada!

Impertérrito, el Limpiavidrios Patotero terminó su tarea, miró a su “cliente” y sentenció lo previsible:

-¿Y jefe? –dijo muy orondo extendiendo la mano-: ¿Hay una moneda?

-Lo que hay es la piña que te voy a pegar y la recontraputa madre que te remil parió –avanzó nuestro vecino cuyo corazón ya andaría por las 300 pulsaciones.

El Limpiavidrios Patotero dio dos pasos hacia atrás y en menos de un segundo se escabulló en la esquina, en dirección a Santamarina. Nuestro vecino quedó bufando en el aire, con su ira al borde del colapso. A los cincuenta años la gente no sólo tiene la cara que se merece sino, supuestamente, la capacidad de asombro agotada. Salvo para el caso que nos ocupa.

Este articulista tiene por costumbre pagar por la rutina del minuto artístico callejero mientras aguarda el verde del semáforo. Es una actitud de respeto a quien ofrece lo que tiene a mano para ganarse la vida sin pedir nada a cambio. Es cierto que en el valle de la tandilidad hay gente que no cultiva el desprendimiento, en ninguno de los casos. Y otra gente que tiene el enano fascista incorporado al piloto automático y siempre habrá de rechazar lo diferente. Pero, en la historia del patotero de Colón y España,  lo que indigna no es que te toquen el vidrio del auto, ni siquiera que te lo limpien. Lo que indigna es la irrespetuosidad y la impunidad, cuestión que, dicen, suele ser cosa corriente en las llamadas grandes urbes argentinas. Con la tendencia a la crispación que se observa en la vía pública, ante cualquier tontería en el tránsito, la presencia del Limpiavidrios Patotero en España y Colón y su provocadora praxis laboral amerita a pensar que en cualquier momento tenemos un caso policial absolutamente innecesario.

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