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DE FERREYRA A DE GENARO

Por Marcos Vistalli (mvistalli@hotmail.com)

No deben ser muchos los que recuerden el arribo de Alberto a la estación del ferrocarril, abrazando a su madre en medio de una multitud que lo aclamaba, lo vivaba y hacía flamear las banderas de algunos clubes que se adhirieron a la celebración. Tampoco recordarán el trayecto en el mateo seguido de una caravana de entusiastas hasta el estadio del Club Ramón Santamarina, donde se le brindó el reconocimiento final con las gradas llenas y los aplausos atronando el recinto.

Si las razones han sido políticas, nada hay que decir, sabido es que si entran en colisión la política con la justicia, es esta última la que pierde. A Alberto Ferreyra podrán haberlo ignorado, mirar sin ver las cuatro tapas de “El Gráfico”, cuando se reservaba solamente para los verdaderamente grandes. Pero nadie le va a poder sacar ni su medalla de oro, ni sus pergaminos ni su hora de gloria, ni el imborrable recuerdo de sus triunfos de los que vivimos su época de gloria. La amarga sensación de esa injusta postergación no será sólo de Alberto, sino de todos aquellos que lo consideran el máximo ídolo del ciclismo local.

Leonardo De Genaro fue el epítome del dirigente deportivo y algo más. Fue la figura más destacada que tuvo el Club Santamarina. El colaborador más eficiente y leal que jamás tuvo club alguno. Que lo defendió a capa y espada y fue un factor preponderante en el crecimiento geométrico de la masa de asociados, en la presentación de los mayores exponentes artísticos del momento, en la conformación de los equipos de fútbol que ganaron varios campeonatos. Acompañó en su consagración a Daher y a Angerami y montó impensados espectáculos boxísticos de nivel internacional.

Hace unos días tuvimos una conversación informal con Gener, Pedro Fuentes, el “Negro” Quinteros y otros socios del viejo club que se adhirieron a la idea de financiarle una tumba digna a quién nos dejó recuerdos imborrables en su paso por el club.

Quinteros se encargó de ir al cementerio para ubicar donde descansaban sus restos como etapa inicial de nuestro cometido. La noticia que trajo no pudo ser peor. Los restos de Leonardo De Genaro fueron a parar al osario común.

El club Santamarina tenía el compromiso de pagar el arrendamiento. El encargado de hacerlo, una vez que se remató el club del que vivió y en el que vivió, nunca comunicó a nadie la modalidad del trámite. Y el estandarte del club Santamarina al que le dedicó su vida, ese club que del que De Genaro tuvo la culpa de ser tan grande, se olvidó de respetarlo en la muerte.

No hay un solo culpable, podemos incluirnos entre los que nos acordamos tarde. El pecado que no cargamos es la de la indolencia.

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