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GLADIADORES NO VENCIDOS

Nos estamos enamorando de Tefa Schegtel Torres. Una chica que escribe así de profundo y lindo para el admirado sitio 21 por ciento.com.ar.

Hasta el momento en que se cuelga esta nota, un muro en Facebook parece tornarse con la misma dimensión de la Muralla China, con miles y miles de mensajes, debatidos entre el dolor, un extraño halo de esperanza y un dejo de tristeza y de “hasta luego”. Janito, el enorme gladiador que le peleó hasta el último segundo a un cáncer tempranero e injusto, partió hacia algún punto incierto del cosmos. Mientras, otros muy jovencitos atajan el escudo y toman su posta en la batalla, y algunos elijen, entre inconcientes y adredes, el desgaste de un suicidio lento y egoísta.

Una mezcla de sensaciones se respiró en el aire del segundo piso del Sanatorio Tandil, en el habitado pasillo que lleva derecho a Terapia Intensiva, en la tarde de este viernes 15. Angustia, paradoja y desazón. Por un lado, la muerte de Janito, abrazado por cuanta cadena de oración surgió en el camino. Hasta el mediodía de ese mismo viernes, las redes sociales y los celulares se poblaban, incesantes, de mensajes pidiendo por el sembradío de ese recurso que, para bien o para mal (todo depende del cristal con que se mire, dicen por ahí), es el último en perderse: la esperanza. Sin embargo, un par de horas después, el pequeño corazoncito de Jano se retiró del ring, luego de meses de una pelea técnicamente desigual. 

La otra cara de la moneda, o bien, una pelea nueva, con diferentes contrincantes, un mismo escenario y un mismo premio por el que luchar: la vida. Casi quince abriles contra una sorpresiva meningitis, y la fortaleza de un cuerpo joven que mientras pulsa no da el brazo a torcer. Manuel Deltin, más conocido como Manu, en un cuerpo a cuerpo que no retrocede, con el acompañamiento de unos padres que hacen desde lo imposible hasta lo indecible por recuperar a ese hijo que hace un par de semanas se movía por la vida con la inexistente preocupación por la finitud existencial. Porque a los quince años, ni siquiera en las situaciones más extremas, se cree ni se piensa en la posibilidad de la muerte. Algunos se desayunan de su inevitable interceptada en el andar al pensar cómo será la Argentina en su Tricentenario; en medio de un colectivo, mientras se escucha en el MP3, la canción “Quinto Centenario” de los Fabulosos Cadillacs, hecha para el histórico momento de 1992, para así, en un segundo, caer en la cuenta de que no se estará para el sexto; en el entierro de un Baúl de la Memoria a abrirse váyase a saber en cuántos años y ahí, recién ahí, percatarse de la posibilidad de no saber jamás qué había dentro.

Con el acompañamiento de centenares de amigos, de los de carne y hueso, invadiendo cada rincón del Sanatorio, y con la misma imagen romántica de la serenata a lo Romeo y Julieta, recibiendo el canto enérgico y esperanzado, tan fuerte como poderosamente movilizador, de que “Manu no se va”, dejando en el resto del internado un llanto atragantado y el involuntario estado de “la piel de gallina”. con el acompañamiento de la virtualidad, de un Facebook desbordado, y de una energía especial, que supera esa barrera del sistema binario configurado por ceros y unos para lograr una materialidad invisible, imposible de explicar pero sí de sentir. 

En ese camino arduo que es la vida y en esa suerte de libro omnipresente que es el destino, se escriben capítulos inesperados, que en algunos ocupan el epílogo, sin un mínimo centímetro de lugar para la elección. Ahí está Manu, pero también Katherina, saliendo de la ansiada operación del implante de médula. Y cuando lo convencional no surte efecto, entra en juego el alcance de la fe y la solidaridad, en ese envío de buenas y reparadoras ondas, que hacen declinar al más férreo de los ateos. Las cadenas de oración nuevamente se posicionan en el centro del pedido. Principalmente, cuando esa intervención supone la etapa final de un proceso de sangre, sudor, lágrimas, desesperación y dolor, como lo es el padecimiento de un cáncer de huesos y tejido blando, en el caso de Kathi. Supone también la revisión de lo hecho, de momentos de comezón y carbure mental, para intentar entender el por qué de esa situación que se debe sortear como familia y como pequeñez de apenas cuatro años que debe transitar por semejante mal. 

“Le implantan la médula nueva y después viene la baja de defensas que dura alrededor de 15 días. Luego, hasta que empieza a prender la médula, puede pasar un mes o un mes y medio. Igual tenemos que estar acá, porque suelen tener altibajos, salen y entran, se les bajan las defensas, vuelven a subir, y les agarran picos de fiebre. Todos los casos son distintos, pero dentro de la estadística que hay es así. Después de esto le tienen que hacer rayos. Hay que aplastar el tumor como sea, con todas las armas para que no vuelva", detalló la mama de Kathi. "Paralelamente estamos haciendo una medicina alternativa y según el doctor que la está atendiendo ya está curada. Yo tengo mucha fe en él, pero uno cuando está en esto trata de hacer todo", agregó.

Kathi la sigue peleando. A su manera y con sus límites, Manu también. Sin embargo, queda otra historia en el tintero de Terapia: un caso de boludismo agudo, en el que muchos se sumergen y pocos retornan. Un caso donde la elección, decidida, conciente y netamente voluntaria, cayó por el lado de dejarse ganar por una enfermedad tan controlable como la diabetes. Mal que, si bien sin cura (aún), ofrece un tratamiento y armas para hacer de cuenta que quien debe convivir con ella parezca y hasta logre ser una persona de lo más normal y sana. Cuestión que puede jugar con doble filo, tirándose al trampolín de los mil y un desastres, creyendo estar “haciendo la plancha”, cuando en realidad el salto termina, más temprano o más tarde, en un perfecta clavada de cabeza en el fondo cementero de la pileta. Chocarse contra la pared maciza de las consecuencias: desde el corte de algún miembro hasta la ceguera.  

Dicen que no hay peor ciego que quien no quiere ver. Se espera que esta última carta, jugada por quien esto escribe, en el panorama poco alentador de una Terapia Intensiva donde sólo tienen admisión quienes luchan en serio por la vida, sirva para apostar las fichas en el rojo casillero del cambio. Más si se tiene en cuenta que se trata de una cuestión de elección, de actitud, de autodestrucción premeditada, más que de un asunto inesquivable del destino. 

La delgadez de una pared era la distancia entre una sala de arrepentimiento conciente, de meses de absoluta inconciencia, y una sala plena de la más ardua lucha por un rato más en la vida, tal lo emprendido por Manu. Al otro lado de la pared, en medio de una helada cayendo sobre los adoquines, entrando por una ventana con vidrio escarchado, la serenata conmovedora de sus amigos, llena de expectativa y con toda la fe puesta sobre esa energía superior que, con el nombre que se le quiera rotular, existe y logra, de vez en cuando y de la manera más inexplicable, algún milagro.

Hoy, la cronista escribe de pura suerte nomás, porque yerba mala nunca muere o porque, tal vez, todavía tiene proyectos y emprendimientos por hacer en terreno de mortales, pero, por sobre todas las cosas, de vida. Hoy, esta amateur servidora de la causa de la comunicación firma su escrache público, por desafiar el delgado límite entre este más acá y el popularmente conocido como “más allá”, con la posibilidad en mano de elegir estar bien, para seguir peleándola, pateando las calles que hoy observa con emoción y con un somero julepe entre las patas, encontrando en cada adoquín algo entrañable y especial para seguir caminándolos, registrándolos, dando cuenta de su existencia… mutuamente.

En el marco de una habitación común, a metros de esa sala de Terapia (por si acaso había alguna reincidencia), llega como un baldazo de cubitos la muerte de Janito. Horas antes, el papá de Manu comenta, mientras pasa la articulista en una silla de ruedas, a los efectos del traslado a la pieza que la conecta a la cotidianeidad: “Qué bueno… por lo menos, alguien que sale de Terapia”, sin estar enterado del trasfondo de hondo egoísmo de quien, a su manera, parecía haber decidido el fin de sus días sin más detalle que la burda descuidada generalizada y el autoengaño.

Manu sigue luchando, compartiendo con Kathi toda la armadura y la fortaleza que Janito deja en su posta. Janito, el gran gladiador, que se fue. Se nos fue. Pero deja y mucho por este rincón serrano. Deja el pedido urgente por una sala de oncología infantil en el Hospital de Niños. Deja la pregunta sobrevolando sobre qué fue lo que pudo haber engendrado y despertado tamaña dolencia en ese pequeño de Cerro Leones, junto a otras tantas en otros tantos jóvenes y muy. 

Deja la semilla de una organización como “Jano por Todos”, con una muchachada entusiasta y con la mejor de las intenciones, que en principio se arrojará sobre el acompañamiento a los niños y las familias que deben atravesar por el mismo proceso de los Burelle, de los Echevarne, de los Deltin y tantos otros anónimos de los que no se sabe por los medios, pero que están, están. Deja la necesidad imperante de un estudio formal y sensato sobre el dónde puede residir el causante de estos problemas de salud de gravedad, y, en este punto, una política de salud del Estado municipal en serio y no en serie. Deja, en medio de tanta tristeza, un halo verde de ilusión: la demostración clara y concreta de la mentada solidaridad del pueblo tandilero, que cuando la circunstancia lo requiere, no duda en dar su presente.  

¿De dónde se saca la energía para salir adelante? Es la pregunta que muchas veces no encuentra respuesta, o por lo menos, explicación desde el campo de lo racional. Tal vez, todo resida en la confianza de que después de las peores lluvias, el arco iris no se hace la rabona; que del más increíble de los caos, nacieron las estrellas; y que aún en el más seco y árido de los desiertos, un punto verde, silvestre y rebelde, por el milagro de la sabia madre Natura, puede crecer y desafiar a las leyes de la probabilidad. Cuestión de no darse jamás por vencido, ni aún vencido ni dejándose vencer… No debe ser obra de la casualidad que una parte esencial de esta última frase sea de un poeta que no encontró mejor seudónimo que Almafuerte.

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