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APARENTEMENTE HACKEARON LA TANDILURA

Desde el perfil de facebook dicho portal sostiene que al abrirse tal sitio “aparece cualquier cosa menos nuestra página”.

“POR RAZONES INEXPLICABLES DEL SERVIDOR QUE SOSTIENE NUESTRO PORTAL, AL ABRIRLO APARECE CUALQUIER COSA MENOS NUESTRA PAGINA. ESTAMOS TRATANDO DE QUE SOLUCIONARIO SIN LLEGAR AL HOMICIDIO VIRTUAL DEL PROVEEDOR DEL HOSTING QUE NOS TIENE ABSOLUTAMENTE PODRIDOS”, fue la publicación en el perfil de facebook que seguramente habrá escrito su mentor, Elías El Hage.

Y al ingresar al sitio tandiluresco por esencia uno se topa con una mirada demasiado K, que no vendría a ser precisamente la de la línea habitual que exhiben en dicho portal.

Como diría la propaganda del narigón: “Yo estuve ahí, yo estuve ahí”. A Cosa de Serranos (nariz no nos falta tampoco) le pasó, un amigo picarón (Agustín Bujacich) nos ingresó de manera interna y jugueteó un poco con algunas notas. Tras un largo rastrillaje y horas, días y meses de investigación suprema llegamos a dar con el hacker y lo felicitamos porque la movida nos trajo muchas visitas.

Lamentamos que aparentemente le haya sucedido lo mismo al sitio amigo que tanto seguimos y ojalá lo puedan subsanar pronto y no pierdan ningún tipo de material importante para ellos.

Textualmente la nota principal que colgó la mano ajena fue:

SE EXTRAÑA

No fue, como dijo Osvaldo Bayer, un revolucionario. Pero vino a romper el molde de la mediocridad políticamente correcta. Fue, quizá, la máxima transgresión que en estos tiempos se puede permitir el peronismo. Quizá, frente a su partida y a esta melancolía irremediable, se la pueda contextualizar con una frase de Perón: “No es que uno era tan bueno, sino que los otros fueron malísimos”. Por eso y por otras cosas, a casi tres meses de su muerte, se extraña tanto a Néstor Kirchner.

Tras su fallecimiento el mito político avanza a paso redoblado. La viuda elabora el duelo en soledad, sin dar espectáculos lacrimógenos, y el país pasa por esas épocas donde todo parece estar un poco mejor, o no tan mal como la mediocracia medática (Clarín, La Nación, etc.), proponen. La mediocracia es un término que inventó José Ingenieros, el autor de El hombre mediocre, un libro siempre recomendable.

De Kirchner se podrá decir cualquier cosa, menos que fue un mediocre. Su muerte, esa última e involuntaria pirueta, dejó a toda la oposición culo para arriba. Hay que ver nomás las patéticas caras icónicas de la Comisión de Enlace. No pueden creer estar tan devaluados luego de la primavera gloriosa que vivieron con la 125. Para no hablar del resto: de la caricatura de la señora Carrió; de la insolvencia de De Narváez; de la nostalgia tanguera (del tiro del final) de Duhalde; del despiste metafísico de Solá. Pobre gente que vivió de la costilla del Nestornauta hasta que cerraron su bóveda y el mundo siguió andando para todos, menos para esa entelequia llamada la oposición. Si Kirchner tuvo una muerte con cierta épica (de un infarto en plena pelea por sus causas ganadas y perdidas), Macri casi murió en su fiesta de casamiento por tragarse un bigote postizo en su caricatural imitación de Mercury. El asunto es tan patético que parece de una novela de Soriano.

Será por eso, entonces, que se extraña más todavía. Aunque uno tuviera sus cuitas con ese flaco de mocasines y jugadas políticas al límite, a menudo incomprensibles. Como la 125 que desató lo peor en el imaginario de la clase media argentina. A tal punto que a ella (a quien este escriba no soporta demasiado por su tono de maestra arrogante) la llamaron La Yegua y a él El Loco. Entonces, ¿cómo no llegar a votarlos, a La Yegua y El Loco, tragándonos algunos sapos, si del otro lado iban a estar los dinosaurios de siempre? Se extraña aún en sus contradicciones, las que le hizo ver Miguel Bonasso, su ex amigo, cuando le preguntó cómo iba a construir un proyecto nacional al lado de Moyano, por ejemplo. Y Kirchner le contestó con una frase de Perón, aduciendo que un rancho también se hace con bosta. “Entonces te irá mal, porque el rancho será irrespirable por el olor a mierda”, le dijo Bonasso. Que a esta altura sabrá que se equivocó. Como Solá, un tipo bastante egocéntrico que no podía tolerar que para Kirchner, como para cualquier otro animal político, el sistema solar tuviera un único sol: el suyo.

Acá en Tandil se extraña más todavía. Porque ningún referente histórico –quizá con la excepción de Jorge San Miguel, que en sus tiempos de juventud solía citar al Che Guevara en sus discursos contra el aparato peroncho local-, ninguno, digámoslo, se lo bancó demasiado. Ni Escudero, ni mucho menos el filoradical y menemista Néstor Auza, ni el propio Diego Bossio –a quien el peronismo no reconoce como un par-, ni mucho menos Mouillerón, ni Ferrer, aunque ahora se disfrace del primer kirchnerista. Nadie, de la estructura conocida, se lo bancó nunca. Pero hubo gente que en su momento se atrevió a decirlo: Javier Levigna, por ejemplo.

Se extraña su personalidad, según la medicina paciente clase A. O sea: irascible, calentón, generador constante de adrenalina que le fue quemando el cuore. O sea la antítesis de Scioli. Se lo extraña, también, porque el futuro es aún más sombrío: si no va ella, el kirchnerismo cometerá el suicidio político de dejarle la sartén por el mango al paciente ex motonauta menemista. Con lo cual, adiós kirchnerismo. Esto, dicen algunos, es un sofisma, ya que suponen que el kirchnerismo murió con Kirchner.

Se extraña su pobre oratoria, su imposibilidad de frenar la lengua para verduguear a algún periodista de Clarín en una conferencia de prensa o tirarle con un  balde de mierda a Magnetto. Se extraña su espontaneidad y hasta su extremidad política en el Poder: al amigo todo; al enemigo, nada. Fue, sin duda, el presidente más unitario de la historia argentina, en especial para aquellos gobernadores e intendentes que no se transformaron en radicales Kash, la más grotesca concesión del traidor congénito. Como Cobos. Hasta a Cobos se le apagó la estrella. Hoy parece un portero de escuela que está esperando la jubilación.

Nada sin Kirchner es lo mismo. Es todo más aburrido, más previsible. Hemos perdido un ejemplar de los que no abundan. Ahora viene el clonado Ricardo Alfonsín, que declara en Clarín preferir el uso de los zapatos en la playa (¡Dios mio! ¡Si un hombre elige los zapatos para la playa mejor no imaginar su perfomance en la cama!). Viene De Narváez con su dentadura perfecta y  un hueco en el cráneo. Viene Sor Michetti que ya aburre con su hiperquinesia verbal. El último diferente que queda es Aníbal Fernández, que está pendiente de un hilo.

Ni siquiera Cristina es la misma. Ya no levanta el índice acusador. Ya no se pelea contra una caricatura, como hizo contra Menchi Sábat. Ahora anda como una estadista por Kuwait de la mano de Flor, lo que no presagia nada bueno. Cada vez que aparecen los hijos de los presidentes, algo fulero nos aguarda. Y si no pensar en Carlitos Juniors, Zulemita, Antonito, en fin… La cosa está tan planchada que no sabemos, realmente, cómo hacen los de 678 para seguir adelante con la prédica del profeta inmolado. ¿Contra quién pelean si enfrente no hay nadie?

Se extraña Kirchner. Como sujeto político, como personaje, como animal político, como el último de los apasionados que, aun flaco y estrábico, se quedó con la más linda del baile hace ya como cuarenta años. Ella también, en esas horas cuando el protocolo le da un sosiego, tendrá sus quiebres, sus vacíos. La melancolía, dicen, tiene que ver con el amor perdido. Para mucha gente, Kirchner fue eso. La muerte, la nostalgia y cierto cuidado marketing emocional están construyendo día a día el mito político. Es probable que para las futuras generaciones, Kirchner vaya a ser Gardel.

Para otros hombres y mujeres de este tiempo, el Nestornauta seguirá siendo ese flaco desgarbado que llegó al poder para tratar, en poco o en mucho, de cambiar la eterna mala suerte de tanta gente en la lona.

 

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